una pócima contra los males del mundo

Gustavo Santaolalla, el multipremiado músico argentino que reside en la ciudad de Los Angeles (Estados Unidos) desde 1978, brindó este lunes un recital cargado de emoción y no exento de significancia en el Teatro Colón de Buenos Aires. Fue una performance irreprochable de parte de un artista que ya lleva ganadas dos estatuillas Oscar (por la música de los filmes Secreto en la montaña y Babel) y que, a modo de viaje con mucho de espiritual, elevó a una audiencia que terminó aplaudiéndolo de pie.

Hay músicas que con el correr del tiempo van ganando en profundidad conceptual, que terminan siendo una clara radiografía del compositor y sus intenciones. Y esto le sucede hoy a Santaolalla, un referente no solo del primigenio rock argentino, sino además una figura muy respetada en el ámbito internacional, merced a una obra que cubre ya seis décadas. En esta oportunidad el ex líder de Arco Iris (allá lejos y hace mucho tiempo) presentó las canciones de Ronroco, un álbum singular que está cumpliendo 25 años desde su lanzamiento.

El vagón del subte B que corre hacia el centro de la ciudad, un lunes a las 20, muestra un paisaje uniforme y casi post apocalíptico. Dos docenas de personas desparramadas de manera apática se encuentran -cada una de ellas- conectadas a su propio celular. Universo individual que como plaga enfermiza y pegajosa tiene atrapada a la humanidad en un revoltijo de bloopers, goles de partidos lejanos e improvisados profetas de las fake news. Nadie mira al vecino. Nadie se mira por dentro.

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Salir a la superficie no cambia la escena. Como zombis hipnotizados por una tecnología vacua las personas se chocan entre si, sin saber contra qué chocaron. Nadie mira a nadie. Nadie mira nada. Se asemeja peligrosamente a un cuento de Isaac Asimov que se lee fácilmente en los rostros anodinos de los transeúntes. Y por todo esto mismo cuando faltan unos minutos para las 9 de la noche, ahí adentro del viejo y majestuoso Teatro Colón va a dar inicio algo distinto. No es un recital de música. Es un antídoto.

Gustavo Santaolalla hace arte de protesta. Así como se lee. Pero la protesta no está en las letras escasas (solamente una de estas canciones tiene versos, lo demás es todo instrumental), sino en la intencionalidad con que cada una de estas pequeñas deliciosas piezas ha sido creada. La música de Gustavo protesta contra la uniformidad y la conformidad. Protesta contra el sinsentido de las vidas vacías que nos han vendido en el infernal hipermercado de la post pandemia. Porque esta música suave grita verdades. Despierta emociones y sentires profundos. Es un alimento inmediato para las almas cansadas.

Y Santaolalla no está ajeno a ello. Por el contrario, con esa imagen de gnomo ancestral salido de algún bosque milenario, él viene a ofrecernos sus mágicas pociones. Sin estridencias, sin grandilocuencias. Solamente acompañado por un ínfimo grupo de guerreros curtidos que saben muy bien lo que están haciendo. Y lo hacen milimétricamente, a la perfección. Allí a su diestra está sentado Javier Casalla (gran chamán de esta tribu imposible) que con su violín convoca a los espíritus sanadores que apenas comenzado el recital ya están sobrevolando la platea.

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Barbarita Palacios (en percusión, autoharp, teclados y guitarra) es la Diana Cazadora que aporta frescura y tersas texturas al lienzo. En los extremos de la línea escénica los guerreros más jóvenes: Nicolas Rainone que pasa del violoncello a la guitarra y Santiago Carregal que va cambiando instrumentos a medida que las piezas lo requieren se multiplican en sus roles. Todos ellos son eximios multi instrumentistas. Y si bien podrían hacer derroche de virtuosismo y habilidades, la consigna aquí es tocar para el sonido general, aportarle a la banda en sus texturas y coloridos. No por nada Santaolalla es uno de los mas prestigiosos productores discográficos de los últimos treinta años.

El ronroco es un pequeño instrumento de cuerdas, hermano mayor del charango, que como éste nació en las regiones andinas de la América del Sur. Tiene cinco grupos de cuerdas dobles y su sonido está una octava por debajo del charango, lo cual le otorga un sonido mas dulce y cálido al momento de ser ejecutado. Santaolalla lo maneja a su antojo. Hombre e instrumento se conocen desde hace muchos años ya, pero el musico además cultiva una técnica de arpegiado por momentos endiablada, suprema. Limpia y sin fallas.

Y esto hace la diferencia. Sentado durante todo el recital por una fuerte dolencia en sus piernas desde hace ya un tiempo, Santaolalla podría prescindir absolutamente de su cuerpo (en un sentido figurado) porque cada vez más se va convirtiendo en la música que toca. Él mismo no es un ejecutante, sino la herramienta que ha elegido la musa Euterpes para expresarse entre nosotros, los humanos. Viéndolo sobre el escenario a Gustavo no hay prueba más irrefutable. No toca música. La música lo toca a él.

El recital tuvo un recorrido determinado y determinante, y fue de menor a mayor en un sentido más que nada sónico. ¿Pero cuál es el género musical que practica este hombre-gnomo? Hay momentos de música ambiental, para la que incluso él y Barbarita utilizaron como gongs…dos bandejas metálicas del Hotel Meliá (sic) o un simple caño de PVC. Hay paisajes sonoros (soundscapes) y se notan influencias de todo tipo. Desde el canto de un monje tibetano (en su propia voz) hasta una chacarera mixturada.

La trayectoria de Santaolalla está jalonada de premios y distinciones. Tiene además de sus Oscar unos 17 Premios Grammy. El mismísimo Eric Clapton le encargó en su momento la música incidental para su biopic titulada Eric Clapton: la vida en 12 compases (2017). Luego el ingles lo invitó especialmente a participar de su célebre Festival Crossroads de guitarras, que Clapton realiza en los Estados Unidos cada cuatro años.

Pero nada de esto sería verdaderamente importante si Gustavo no tuviera la humildad que derrocha arriba y debajo de los escenarios. Es un tipo auténtico que, sin embargo, fue dura (e inmerecidamente) criticado en su momento por algunas figuras oscuras del ambiente musical. Su documental Rompan todo, de 2020, disponible aún en Netflix, hizo que muchos personajes insidiosos se rasgaran las vestiduras. Pero él no se inmuta y responde con música. Cada vez mejor en calidad y en cantidad.

Los 25 años de Ronroco en el Teatro Colón fue un regalo. La concentración de los músicos en la labor (una “atenta relajación” al decir de un viejo maestro de aikido), el sutil y hermoso viaje compartido (“les propongo que este recital lo hagamos todos juntos”, propuso Gustavo). No queda más que agradecer. Que en esta era de idiotez colectiva, de indiferencia generalizada, de individualismos a ultranza, estos artistas nos hayan hecho este regalo significa que todavía podemos soñar. Aún hay esperanzas. Sólo hay que creer. Y en algún momento volverá a salir el arco iris.

Fuente

Minardi Automotores
Vinería La Carreta
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Sunchales dialogo
Municipalidad de Sunchales