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Siri Hustvedt reconstruye su vida con Paul Auster

“Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto”. Así empieza Siri Hustvedt: directa, informativa y con el foco puesto en el ADN de lo que va a venir. Historias de fantasmas –con traducción de Aurora Echevarría Pérez y publicado este año por Seix Barral– es un relato tan hermoso como triste. Cruza el ensayo con la memoir, aborda el formato de diario íntimo, exhibe mails, pasea por la crónica, ofrece material inédito del autor extrañado y más. Es muchos libros en un solo libro.

En ese inicio queda claro el foco. La autora va a hablar de ella, de él, de los dos juntos. Y eso hace. Cuenta –directa y cercana; sin ornamentos– los 43 años de matrimonio y el primero de viudez. Paul Auster murió de cáncer el 30 de abril de 2024. Lo habían diagnosticado casi un año y medio antes. Eso también anota Hustvedt, metódica, con fechas y detalles para dejar claro el cimiento de lo que construye luego: su forma de adaptarse al después.

“No es una biografía del abismo. Es sobre Paul y yo, y lo escribo por necesidad de hacer revivir en estas páginas alguna cosa del hombre que fue”, anota. Lo terminó en nueve meses, en el proceso de un duelo introspectivo, que incluye, pero también excede, al hombre amado y fallecido: “Sí, estoy llorando la muerte de Paul, pero la mayor parte del tiempo estoy llorando la muerte de Siri y Paul. Lloro por la muerte de y. Lloro por cómo la y me hacía sentir en el mundo. Aquella y en la que él y yo nos superponíamos”.

Una casa encantada

Por eso lo que rememora es una historia de amor, pero que pasó a ser de fantasmas, en plural. El de la ausencia tangible, el de los recuerdos y hasta el que toma forma de “presencia” después del funeral. También, tal vez el más desgarrador, el simbólico y simbiótico: “Vivo en una casa encantada, habitada por un fantasma que Paul y yo hicimos juntos, un ‘nosotros’, que ya no existe, al menos no en el presente, pero que ha impregnado todas las habitaciones. Es una figura doble que abraza, toca, hace el amor, ríe, tranquiliza, discute y habla en voz baja, una figura doble del pasado, con unos chistes y unas referencias secretas que sólo conocíamos nosotros”.

En el libro, Hustvedt va al pasado, al día puntual que se conocieron y deja huellas al paso de los años juntos, con alegrías y tragedias. También muestra el presente, que va avanzando aturdido. Y se permite atisbar el futuro, ese lugar hacia adelante, con la ausencia de su marido, pero que contiene una ilusión curiosa puesta en Miles, su nieto, que empezó su vida un poco antes de que terminara la de su abuelo paterno.

Es Auster, en cartas que estaba haciendo para el bebé con la intención de que las leyera de grande, el que abre el segundo capítulo. Desde esa página, la 57, aparece, titilante, casi como co-autor espectral, hasta casi cerrar Historias de fantasmas. Es Hustvedt la que lo comparte, en textos inéditos hasta ahora, en su libro.

“Mientras escribo estas palabras en una tarde lluviosa de finales de invierno, tú llevas sesenta y cuatro días en esta tierra. En el gran y bullicioso mundo que se extiende más allá de tu cuarto, los Mets están en Florida preparándose para la próxima temporada, los políticos carraspean preparándose para las elecciones presidenciales de otoño y la bolsa ha estado en auge, con cifras récord semana tras semana”, apuntó el abuelo, que pide lo nombren “Papa”, como él llamaba al suyo.

El autor de La trilogía de Nueva York (publicadas entre 1985 y 1987) está presente –literal y simbólicamente– en el libro de su viuda. Como otra forma de sus tantas visitas fantasmales, también anotó para Miles: “No confío en que leas pronto esta carta ni ninguna de las que espero escribirte en los próximos meses, si es que vivo tanto, pues el padre de tu madre ha estado gravemente enfermo el último año y medio”.

Auster deseaba seguir viendo la vida después de su vida. “El 27 de abril Paul dijo que quería volver como fantasma. Estoy contando historias de fantasmas. Las cartas que él escribió también son fantasmas…quiere volver para ver cómo estoy, qué estoy escribiendo”, anota Hustvedt. Fue la música del azar (elemento siempre presente en la obra del escritor, traductor, novelista, poeta, ensayista, biógrafo, guionista, director de cine, lingüista, profesor universitario, infinitos etcéteras) que la muerte del abuelo haya casi coincidido con el nacimiento del nieto.

“¿Es posible conservar burbujas de felicidad (…) mientras la tristeza te envuelve? Parece que hay que intentarlo”, escribe Hustvedt. Y entonces lo comparte al mundo. Porque en esas cartas a Miles está, como fantasma vivo, Paul Auster, el hombre que su esposa extraña tanto, pero también el escritor que sus lectores y lectoras echan en falta. Este es un libro que la autora construye como collage. Es parecido a la memoria, que no funciona de un modo ordenado ni cronológico. Los recuerdos, las reflexiones, el modo en el que la vida se desarma se parece a Historias de fantasmas, que de la tristeza –sin desconocerla– arma otra cosa.

“A mi estado mental lo he bautizado como fragmentación cognitiva. Suena como un término que podrían utilizar los científicos para referirse al duelo y la confusión que lo acompaña”, escribe Hustvedt. Por momentos, su texto incluso aúlla: “Siento a Paul como un boquete en el torso, que va del cuello a las entrañas, como si me hubieran arrancado partes de mí. Y, a la vez, siento que él debería estar ahí fuera, más allá de mi cuerpo. Quiero atraerlo hacia mí, pero no hay nada que abrazar”.

Reportes desde Cancerlandia

Hay nostalgia, remembranza, pero también anécdotas, reflexiones, mini chismes, anhelo, silencios. Y hasta humor. Por ejemplo cuando comparte los mails para amigos que escribía durante el tratamiento de Auster, enviados “desde Cancerlandia». El conjunto de correos arma una pequeña bitácora que tiene, en medio, la información de primera mano del plot twist bestial: el 30 de mayo de 2023 fueron al control del día anterior a la cirugía en la que iban a extirpar el tumor del pulmón, pero se enteraron de que no iba a suceder.

Hustvedt, después, describe ese día así: “La luz que entraba por la ventana era difusa pero intensa. La recuerdo. Noté que me ponía rígida, y Paul y yo nos miramos. No recuerdo si sucedió justo después de que el doctor I. nos diera la noticia o cuando ya había salido de la habitación y Paul y yo nos quedamos solos, pero se nos llenaron los ojos de lágrimas al mismo tiempo. Aunque ninguna llegó a caer, las lágrimas que vi en los ojos de Paul y noté en los míos se me han quedado grabadas en la memoria. Era como si me mirara en un espejo”.

El capítulo “Sobre fantasmas” es un ensayo narrativo magistral sobre el duelo, la viudez, la orfandad y la relación que continúa con los seres queridos después de su muerte. Todo está sustentado con recuerdos, artículos académicos, reflexiones brillantes y registros casi de crónica de situaciones espectrales. Por ejemplo: “Huelo a humo todos los días. Su llegada a mis fosas nasales es impredecible, pero me gusta ese olor porque lo percibo como un signo sensual de mi difunto marido. (…). Mi inhalación diaria de huno es el rastro encarnado del hombre que amé. Él quería ser un fantasma y ahora lo es para mí”.

Hustvedt, además, deja testimonio, en su libro, de cómo fue la vida ideal de una pareja que comparte literatura. Cada uno en su lugar de trabajo, que el otro no invadía, escribiendo en santuarios paralelos, dos cuartos propios. Hasta tener un manuscrito y ser los mutuos primeros lectores. “Confiaba plenamente en el criterio de Paul, en lo que hacía referencia a la forma de un libro, pero también a la prosa, de la misma forma en que él confiaba en mí”, apunta, y también: “No recuerdo ni una sola vez que ninguno de los dos rechazara la opinión del otro”.

Antes del período de Cancerlandia, en 2023 Auster escribió y publicó su última novela, Baumgartner, que se podría leer casi como una carta de amor a su esposa. Es ficción, pero cuenta el viaje por los recuerdos –muy cercanos a los reales– de toda una vida compartida entre un eminente escritor que queda viudo. Hustvedt, en su forma más erudita, racional y ensayística, hace un espejo con este libro, repleto de capas y fantasmas.

En otro eje, Hustvedt muestra varias trastiendas. Las corridas a urgencias, los turnos con el oncólogo, el cabello que se llevó la quimioterapia y el gorro que llegó en esa época, la reducción del tumor y su regreso, las estadísticas, posibilidades y especulaciones, la inmunoterapia devastadora, la silla de ruedas, la incapacidad de escribir, la dificultad para vestirse y la vitalidad, en medio de toda ese final de la vida: las últimas visitas –de Salman Rushdie y Don DeLillo dos días antes de su muerte–, los planes para un después y el después mismo.

La invención de la soledad

Paul Auster, no sólo su obra, fue muy importante a lo largo de las últimas cuatro décadas para lectores y lectoras de distintas edades y lugares del mundo. Entre otros hitos, con novelas iniciáticas como El palacio de la luna y Leviatán (ambas de 1987) se ungió como facilitador adorable del consumo voraz de libros. Héroe literario de la Generación X, sus historias de ficción y no ficción cautivaron las adolescencias de los que hoy tienen entre 40 y 60 años.

También, gracias a su paseo cinematográfico, que comenzó en 1995 con las míticas indies Cigarros(Smoke) y Blue in the Face, películas de las que fue guionista y co-director con Wayne Wang: dos gemas de culto que tienen en sus elencos figuras como William Hurt y Harvey Keitel en los protagónicos respectivos, además de pequeños papeles y/o cameos de su hijo posteriormente fallecido Daniel Auster, Michael J. Fox, Jim Jarmusch, Lou Reed, Madonna y hasta Rupaul.

Cuando Auster vino a la Argentina por primera vez, en 2002, dio una charla en Malba y la fila para conseguir entrada parecía la puerta de un recital. Hustvedt lo acompañó en ese viaje y se sentó en la primera fila del auditorio. Altos, hermosos, brillantes, pasaron varios días porteños. En Historias de fantasmas ella cuenta que encontró un saco, que él usó muchísimo, y compró en aquella visita. O tal vez en alguna de las otras dos.

“Llegar al auditorio en compañía de Paul Auster fue un problema porque había una multitud a nuestro alrededor que quería tocarlo”, recordó después J.M. Coetzee, que vino en 2014 a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires a presentar con su amigo rockstar de la literatura Aquí y ahora, que compila su intercambio epistolar.

El escritor estadounidense volvió en 2018, otra vez a la Feria y al Museo, y de paso la Universidad Nacional de San Martín le dio un doctorado honoris causa. Entre las cosas que no pudieron ser fue una cuarta visita. Sin embargo, en 2021, durante la pandemia, Auster y Hustvedt dieron una charla virtual para el cierre de la 13ª edición del Filba.

Celebración de ese hombre

Historias de fantasmas es una celebración, también, de ese hombre. Amante y esposo de la autora. Padre. Abuelo. Amigo. Cinéfilo. Lector. Fumador. Fan del béisbol. Urbano. Viajero. Hustvedt escribe y describe con tanta intimidad a su compañero que la pérdida –la de ella, pero también de quienes lo leen– se hace aún más cercana y enorme. No usaba celular, no le gustaban las computadoras ni tenía mail. Seguía grabando las películas que quería ver. Los vuelos en avión le daban ansiedad. Cuando dejó el cigarrillo y los puros, vapeó un tiempo. Eligió morir en la biblioteca de su casa. Y así fue. Lo acompañaron su mujer y su hija.

“Quería estar lo más cerca posible de su cuerpo antes de que muriera, de su cuerpo que respiraba, de su pecho que subía y bajaba, sentir su piel caliente. Le he mirado los pelos finos de la barba, grises con un toque negro, y esos ojos enormes. Ojos embrujados. Lo he besado una y otra vez, luego me he apartado para que Sophie se sentara donde yo estaba y pudiera abrazarlo, acariciarlo y besarlo también. Le he apretado las piernas y los brazos, tan flacos, flacos a causa del cáncer, los brazos y las piernas consumidos por la enfermedad, y le he acariciado la cara muerta, aún hermosa”, exhibe Hustvedt.

“Aún puedo oír su voz, que llegaba dulce y resonante de la biblioteca. Tras su muerte, oí esa bonita voz incorpórea por la radio y fue como si me clavaran un cuchillo en el esternón. Apagué el aparato”, apunta también. Historias de fantasmas, escrito meticulosa y preciosamente, es además de la invocación personal de una viuda a su amado muerto, un regalo que la escritora le hace a fans de Auster. Y la invitación ideal para volver a tener, en la vida adulta, aquel fervor literario adolescente de leer con fervor.

Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt (Seix Barral).

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