Roger Chartier despide a Carlo Ginzburg como «un gran erudito, un extraordinario historiador, un ciudadano valiente y un amigo»

A menudo pensé que si existiese un premio Nobel de Historia debería estar compartido por Natalie Zemon Davis y Carlo Ginzburg. Natalie Davis murió hace tres años y Carlo Ginzburg el 17 de este mes de junio. Otros podrán describir mejor que yo su vida, la vida de un hombre nacido en 1939 cuyo padre fue torturado y asesinado por los alemanes. También deberemos explorar la inmensidad y la importancia de la obra que construyó como historiador, como intelectual, como ciudadano comprometido. Hoy, en este día de duelo y de despedida, quería solamente recordar brevemente tres tensiones que fundamentaran todo su trabajo.

«El conocimiento (incluso el conocimiento histórico) es posible». Esta frase es la última de la introducción a su libro History, Rhetoric, and Proof. Nos recuerda que el uso que hacen los historiadores de figuras retóricas o estructuras narrativas compartidas con la literatura no implica de ninguna manera una equivalencia entre la verdad de las ficciones y la verdad del conocimiento histórico. Carlo Ginzburg fue el más valiente combatiente contra la «máquina de guerra escéptica» del posmodernismo que negaba la especificidad del saber histórico. A menudo, subrayó que, desde Aristóteles y Quintiliano, prueba y retórica no son antitéticas, y, además, que, desde el Renacimiento, los historiadores han movilizado poderosos técnicas eruditas y procederes científicos que permiten establecer la verdad de los hechos y desvelar las falsedades o las falsificaciones.

En la obra de Carlo Ginzburg se encuentra una segunda tensión: entre historia y morfología. ¿Debemos atribuir a circulaciones y transmisiones las similitudes de las creencias y los pensamientos, de los rituales y las prácticas, de las formas estéticas o las instituciones políticas que se encuentran en diferentes épocas y varios lugares? ¿O bien, debemos entender estas similitudes como manifestaciones particulares de invariantes universales y como expresiones de las limitadas posibilidades que tiene la humanidad para afrontar emociones y ansiedades compartidas? Desde Los Benandanti (1966, en español 2005) hasta Historia nocturna (1989, en español 2004), desde la cosmología popular hasta la iconografía política, los libros y ensayos de Carlo Ginzburg se enfrentan a una pregunta fundamental.

Sin embargo, ninguna de sus obras empieza con la afirmación de una universalidad morfológica. Esta hipótesis surge únicamente tras un examen minucioso, paciente y erudito de todos los posibles contactos, conexiones e intercambios entre lugares e individuos. Carlo Ginzburg ha expresado en repetidas ocasiones su admiración por Aby Warburg (por ejemplo, en su libro Miedo, reverencia, terror. Cinco ensayos de iconografía política). Su Warburg era, en primer lugar, el Warburg que focalizó su atención sobre la apropiación, por parte de artistas italianos y flamencos del Renacimiento, de las fórmulas estéticas y patéticas de la Antigüedad griega. Pero el Warburg de Carlo Ginzburg era también el Warburg del Atlas Mnemosine, que identificó y puso de manifiesto invariantes antropológicas que no suponían ninguna transmisión histórica.

Carlo Ginzburg fue también el historiador que nos liberó de lo que el llamaba el «paradigma galileano». Como demostró, cuando los historiadores priorizan las regularidades, las series estadísticas y las estructuras, olvidan que lo ejemplar, lo sintomático o lo normal puede encontrarse en una singularidad excepcional, en un caso particular. La historia es conocimiento, pero es un conocimiento conjetural y presuntivo. Opera con indicios, huellas, anomalías. Semejante enfoque no invalida de ninguna manera la posibilidad de la generalización. Los Benandanti o el Menocchio de El queso y los gusanos (1976, en español en 1981) no eran extravagantes. Las creencias que expresaban de manera singular estaban presentes mucho más allá del Friuli. Como sugiere la inmensa investigación desplegada en Historia nocturna, toda la humanidad compartió sus pensamientos y rituales, sus cosmologías y sus viajes extáticos. La morfología lanza así un poderoso desafío a la historia, como Carlo Ginzburg lo reconoce con ironía: «Hace mucho tiempo me propuse demostrar experimentalmente, desde un punto de vista histórico, la inexistencia de la naturaleza humana; y hoy, veinticinco años más tarde, me veo sosteniendo una tesis exactamente contraria».

Prueba y retórica, historia y morfología, indicios y regularidades: estas tres relaciones procuran solamente el armazón de la obra densa, innovadora y provocadora de Carlo Ginzburg. Es el historiador más citado y más traducido en el mundo entero. Era un gran erudito, un extraordinario historiador, un ciudadano valiente. Y un amigo.

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