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“Muchas personas llegan convencidas de que tienen TDAH, autismo o ansiedad porque se han sentido identificadas con vídeos en redes sociales”
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Los autodiagnósticos son cada vez más frecuentes en una sociedad en la que tenemos al alcance de la mano todo tipo de información sobre salud mental. Las redes sociales han ayudado a normalizar la conversación sobre estos temas y a reducir el estigma, pero también pueden llevar a confundir un malestar emocional puntual con un trastorno psicológico.
Kazuhiro Tajima, psiquiatra especializado en trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), psicosis y nuevas tecnologías aplicadas a la salud mental, advierte de los riesgos de convertir cualquier sufrimiento en una etiqueta diagnóstica. En conversación con La Vanguardia, explica cómo distinguir entre una reacción normal ante una situación difícil y un trastorno que requiere una valoración profesional.
Sí, es una tendencia que estamos viendo con más frecuencia. Muchas personas llegan convencidas de que tienen TDAH, autismo, ansiedad o un trastorno de personalidad porque se han sentido identificadas con vídeos o publicaciones en redes sociales. En algunos casos, el diagnóstico acaba confirmándose, pero en muchos otros hablamos de reacciones normales ante situaciones de estrés, duelo, rupturas o problemas laborales. Sentirse mal no significa necesariamente padecer una enfermedad mental.
Hay varios factores. Por un lado, la salud mental ha dejado de ser un tema tabú, lo cual es muy positivo. Pero al mismo tiempo, las redes sociales simplifican conceptos muy complejos. Un vídeo de un minuto puede hacer que miles de personas piensen: “eso me pasa a mí”. Además, vivimos en una sociedad con poca tolerancia al malestar. Parece que cualquier emoción desagradable debe tener una explicación médica, cuando muchas veces forma parte de la vida.
La diferencia no está solo en el síntoma, sino en su intensidad, duración y consecuencias. Todos podemos sentir ansiedad antes de un examen o tristeza tras una pérdida. Lo que valoramos los psiquiatras es si esos síntomas son desproporcionados, persisten en el tiempo, generan un sufrimiento intenso o limitan la capacidad para trabajar, estudiar o mantener relaciones personales. El contexto es tan importante como los síntomas.
El principal riesgo es interpretar toda la propia personalidad a través de una etiqueta. Eso puede generar preocupación innecesaria, retrasar el tratamiento del problema real o incluso convertirse en una profecía autocumplida. Además, algunos trastornos comparten síntomas muy parecidos y requieren una valoración especializada para diferenciarlos correctamente.
Las dos cosas. Han contribuido enormemente a reducir el estigma y a que muchas personas pidan ayuda antes, lo cual es una excelente noticia. Pero también favorecen el autodiagnóstico cuando se presentan listas de síntomas sin contexto clínico. La divulgación debe servir para orientar, no para sustituir una evaluación profesional.
Yo siempre digo que no hace falta tener un diagnóstico para pedir ayuda. Si una persona lleva semanas sintiéndose desbordada, ha dejado de disfrutar de las cosas, duerme mal, nota que su rendimiento ha caído o sufre tanto que no puede gestionar su día a día, merece la pena consultar. A veces confirmamos un trastorno y otras simplemente ofrecemos herramientas para afrontar un momento complicado. En ambos casos, acudir a consulta puede ser útil.
Una buena pregunta es: ¿esto me está impidiendo vivir como antes? Si el malestar aparece de forma puntual ante una situación difícil y poco a poco mejora, probablemente forma parte de la adaptación normal. Pero si persiste durante semanas o meses, aumenta con el tiempo, afecta al trabajo, a la familia o a las relaciones, o genera un sufrimiento importante, es recomendable consultar. Buscar ayuda no significa asumir que uno tiene una enfermedad; significa cuidar de la salud mental con la misma naturalidad con la que acudiríamos al médico por un dolor persistente.
Podría decirte que creo que hemos avanzado mucho porque hablar de salud mental ya no da vergüenza. El siguiente paso es aprender que no todo sufrimiento es una enfermedad. La tristeza, el miedo o el estrés forman parte de la experiencia humana. Nuestro objetivo como profesionales no es poner etiquetas, sino distinguir cuándo estamos ante una reacción normal y cuándo existe un trastorno que requiere tratamiento. Las redes sociales pueden ser un buen punto de partida para informarse, pero nunca deberían sustituir una valoración clínica individualizada.
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