“No sirve de nada descansar o meditar dos días si vivimos los otros cinco completamente desconectados de nuestras propias necesidades”
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No ir al trabajo durante el fin de semana y dormir hasta tarde no siempre permite compensar el cansancio acumulado de lunes a viernes. “Hay personas que duermen muchas horas durante el fin de semana y, aun así, el lunes se despiertan cansadas porque el cansancio no es solamente físico; también es mental y emocional y ese estado no desaparece simplemente porque llegue el sábado”, explica a La Vanguardia Erica Di Cione, especialista en bienestar integral y autora de Yoga fuera del mat. Guía para vivir sin estrés (Editorial El Ateneo).
Di Cione, que se volcó hace más de veinte años en la práctica del yoga y en el bienestar integral después de sufrir un accidente, explica por qué muchos trabajadores se sienten agotados cuando empieza una nueva semana a pesar de haber descansado el fin de semana. Incluso, dice, hay personas que meditan y hacen yoga y siguen sintiéndose igual. Así, analiza qué hábitos entre semana dificultan el descanso y por qué la recuperación no debería concentrarse únicamente en dos días.
Muchas veces creemos que sí, pero seguimos respondiendo mensajes del trabajo, organizando la casa, haciendo compras, cumpliendo compromisos sociales o pensando constantemente en todo lo que nos espera el lunes. Es decir, cambiamos el tipo de actividad, pero no el nivel de exigencia. El cuerpo deja de trabajar, pero la mente sigue ocupada, porque nunca recibe una señal clara de que la jornada realmente ha terminado. Además, solemos confundir dos conceptos que no son exactamente lo mismo: descanso y sueño.
El sueño es la forma de descanso más profunda que tiene el organismo y nos repara, pero también existe el descanso que podemos incorporar a lo largo del día: pequeñas pausas que ayudan a disminuir la carga física y mental que vamos acumulando y que le dan al organismo un mensaje muy importante cuando llega la noche y el fin de semana: “Puedes relajarte”.
Muchas veces llegamos con la ilusión de descansar y terminamos haciendo todo aquello que no pudimos hacer durante la semana. Y mientras la mente no encuentre momentos para relajarse, el organismo va a seguir funcionando en un estado de alerta. Más que intentar recuperar toda la energía durante el fin de semana, necesitamos aprender a regular el estrés de lunes a lunes.
Aprendiendo a hacer pausas entre una actividad y otra, para que el cuerpo tenga oportunidades reales de recuperarse y el estrés no se acumule día tras día. Respirar con más conciencia, mover el cuerpo, conectar con la naturaleza, leer un libro, conversar o simplemente regalarnos unos minutos de silencio son formas concretas de descansar, aunque no estemos durmiendo.
Mucho. Dormir muchas horas no siempre significa dormir bien. Si nos acostamos con la mente acelerada, mirando pantallas hasta el último momento o preocupados por todo lo que tenemos que resolver al día siguiente, el sueño puede perder calidad y el cuerpo no logra recuperarse de la misma manera. Además, el sueño no empieza cuando apoyamos la cabeza en la almohada, sino que empieza desde que nos despertamos por la mañana. Lo que ocurre es que muchas personas creen que tienen un problema para dormir, cuando en realidad tienen hábitos cotidianos que dificultan el descanso.
Vivimos en una cultura que valora mucho la productividad, la velocidad y el hacer constante. Nos acostumbramos a responder mensajes mientras comemos, a trabajar sin hacer pausas, a mirar el móvil apenas abrimos los ojos y hasta a sentir culpa cuando no estamos haciendo algo “útil”. Poco a poco dejamos de reflexionar sobre cómo nos sentimos y empezamos a funcionar en piloto automático. Aunque estemos sentados en un sillón, nuestra mente puede seguir trabajando a la misma velocidad que durante la jornada laboral. No sirve de nada hacer descansar o meditar dos días si vivimos los otros cinco completamente desconectados de nuestras propias necesidades.
El primer hábito que todos deberíamos incorporar no es hacer más cosas, sino desarrollar la capacidad de observarnos. Preguntarnos: ¿Cómo estoy respirando? ¿Dónde siento tensión en el cuerpo? ¿Qué emoción me está acompañando en este momento? ¿Tengo hambre, sed o sueño? ¿Hace cuánto que no me levanto de la silla? Reconocer lo que me está haciendo daño es justamente lo que tengo que cambiar.
Dice que “el cuerpo no está en nuestra contra. Muchas veces está intentando decirnos aquello que nosotros todavía no estamos preparados para escuchar.”
Muchas veces las primeras señales son despertarnos cansados, respirar de manera superficial, sentir la mandíbula apretada, tensión en el cuello o en los hombros, molestias digestivas frecuentes, dolores de cabeza, dificultad para concentrarnos, irritabilidad, cambios en el apetito o esa sensación de que, aunque durmamos, nunca terminamos de recuperarnos. Decimos “es normal”, “es el estrés”, “ya se me va a pasar” y seguimos adelante. Pero el cuerpo no enferma porque quiera complicarnos la vida; habla porque está intentando adaptarse a una forma de vivir que, muchas veces, ya no puede sostener.
Mi mayor consejo es vivir con presencia: registrar cómo nos sentimos, escuchar las señales del cuerpo y dejar de identificarnos tanto con el hacer para empezar a identificarnos con el ser, con aquello que verdaderamente necesitamos para descansar, recuperarnos y vivir una vida más consciente.
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