La elección de una carrera es una de las transiciones más desafiantes en la adolescencia. Marca el paso hacia la adultez y exige definir una vocación en medio de la incertidumbre. Los problemas educativos actuales se centran en la desigualdad de acceso, la brecha digital, la desconexión con las demandas laborales modernas (falta de pensamiento crítico) y la crisis de calidad, reflejada en bajos rendimientos en lectura y matemáticas, deserción escolar y desactualización de los modelos docentes ante tecnologías como la IA.
La pobreza sigue siendo el principal factor de exclusión, impidiendo a miles de jóvenes completar la educación secundaria, especialmente en zonas rurales y vulnerables.
Siempre que en la política o en la opinión pública se abre el debate sobre el escaso porcentaje del presupuesto que los distintos gobiernos han destinado a la educación y a la ciencia, aparece la pregunta mágica: “¿Qué país desarrollado no invierte en ciencia y tecnología?”
No sirven como ejemplo los países desarrollados, que tienen una base productiva sólida y competitiva que genera fondos abundantes. Esa base productiva reposa sobre instituciones que dan seguridad jurídica y donde el desvío de fondos, la picardía, la corrupción y la impunidad, son intolerables.
En el contexto actual, a la ciencia se la defiende más con medidas económicas y cambios de paradigmas culturales, que marchando o haciendo paros.
Desde 1947, cuando Bernardo Houssay se convirtió en el primer latinoamericano en recibir el Nobel de Medicina, pasando por Luis Federico Leloir en 1970 cuando recibió el Nobel de Química, hasta 1984 cuando César Milstein fue galardonado con el Nobel de Medicina, el mundo siguió avanzando y Argentina fue retrocediendo.
El número de graduados y la calificación de alumnos y profesores fueron decayendo, y los debates de la sociedad argentina fueron quedando relegados, mientras que los mejores cerebros siguieron emigrando.
Cuando las decisiones son adoptadas con una visión de corto plazo, sin tener en cuenta las externalidades negativas y las implicaciones en el largo plazo, cuando los ciclos de decisión son demasiados cortos, la racionalidad de los agentes es necesariamente miope.
Durante décadas, la Universidad representó el lugar donde se albergaba el conocimiento experto, un espacio privilegiado al que se acude para acceder a información que no estaba disponible en ningún otro ámbito.
La Universidad del futuro debe dejar de concebirse como un lugar de acumulación de contenidos y convertirse en un espacio donde se forma el criterio, el pensamiento crítico y, sobre todo, la humanidad. La verdadera educación no es la que repite datos, sino la que permite comprenderlos.
Así como en la antigua Grecia el conocimiento se transmitía en diálogo, caminando, discutiendo y compartiendo, la universidad debe recuperar esa dimensión humana del aprendizaje, esa experiencia que ninguna inteligencia artificial puede replicar. La formación no es solo cognitiva; es también emocional, ética y relacional.
Para avanzar en el desarrollo político, económico y social, nuestro país requiere Universidades que formen futuros profesionales integren en forma equilibrada el agro, las industrias petroquímica, agroalimentaria, automotriz, metal mecánica, la minería y las riquezas del litoral marítimo, así como también el autoabastecimiento energético sumando las energías renovables a los combustibles fósiles.
La universidad del futuro no será la que reúna más datos, ni la que enseñe más contenidos, sino la que logre despertar mejores preguntas. Porque el desafío que enfrentamos no es tecnológico. Es, antes que nada, un desafío profundamente humano.










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