Desde cierta altura, los colores interrumpen el marrón uniforme del desierto de Atacama. No son flores ni una formación geológica: son camisetas, pantalones, camperas, zapatos y otras prendas descartadas acumuladas cerca de Alto Hospicio, en el norte de Chile.
Las imágenes de esos vertederos textiles se volvieron tan extensas que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señaló en 2025 que las pilas habían llegado a ser reportadas como visibles desde el espacio.
Lo documentado es que alrededor de 60.000 toneladas de ropa usada llegan anualmente a Chile, principalmente a través de la zona franca del puerto de Iquique. Parte se comercializa en Chile y otros países latinoamericanos, pero se estima que unas 39.000 toneladas no encuentran comprador y terminan desechadas, muchas veces en vertederos ilegales del Atacama.
Las prendas tampoco proceden únicamente de Europa. Las investigaciones y reportajes sobre la zona identifican cargamentos provenientes de Estados Unidos, Europa y Asia.
El mecanismo comienza muy lejos de Chile. Prendas descartadas, donadas o excedentes son recogidas, clasificadas, empaquetadas y vendidas dentro de un mercado internacional de segunda mano. Lo que parece residuo en un país puede conservar valor comercial en otro.
El problema aparece cuando llega más ropa de la que los mercados pueden absorber o cuando las prendas tienen una calidad demasiado baja para volver a venderse.
University College London ya describía en 2022 cómo esa sobreoferta estaba convirtiendo partes del Atacama en un destino final para toneladas de ropa. Muchas prendas contienen poliéster y otras fibras sintéticas derivadas del petróleo, por lo que pueden permanecer durante décadas o siglos sin degradarse completamente.
El problema trasciende a Chile. La Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA) calcula que la Unión Europea exportó alrededor de 1,4 millones de toneladas de textiles usados en 2023. El organismo advierte que, aunque oficialmente se exportan para reutilización o reciclaje, una parte acaba en vertederos, se quema al aire libre o se abandona en el ambiente en los países receptores.
Europa, por lo tanto, sí forma parte de una cadena global que externaliza una fracción de sus descartes textiles, aunque no sea responsable exclusiva de la montaña chilena.
En el Atacama, el clima extremadamente seco ralentiza aún más ciertos procesos naturales. Cuando los montones son incendiados para reducir su volumen, los tejidos sintéticos generan además humo y contaminantes que afectan a las comunidades cercanas.
Chile ha comenzado a buscar respuestas mediante políticas de economía circular y proyectos que recuperan prendas para reutilizarlas, transformarlas en aislantes o fabricar nuevos productos. Pero la dimensión del problema desborda las iniciativas locales.
La imagen del desierto cubierto de ropa resulta impactante porque hace visible algo que normalmente ocurre lejos de quien compra y descarta una prenda. No es simplemente una montaña de basura aparecida en medio de la nada.
Es el último eslabón visible de una cadena que comienza con fabricar mucho, comprar rápido y desechar todavía más rápido.










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