Todavía con los ecos del Desastre de Suecia en el Mundial de 1958 y con una desorganización que era la constante en las selecciones nacionales —los equipos se improvisaban antes de cada compromiso—, la Argentina encaró la Copa de las Naciones de 1964 en Brasil, para la que fue convocada a último momento. Y que resultaría, sorpresivamente, el éxito más relevante de aquella época a nivel de selección. También, el mayor suceso con Antonio Ubaldo Rattín, quien murió este sábado a los 89 años, en la formación.
El Cholo Simeone, aquel recio marcador de punta derecha de Boca y compañero de Rattin en tantas aventuras, contó: «Nos teníamos tan poca fe que arreglamos un premio fijo a cobrar cualquiera fuese el puesto. Nunca se nos cruzó por la cabeza ganar esa Copa». Daniel Willington señaló: «Viajamos sin uniforme, cada uno llevó su propio traje». Y José Ramos Delgado amplió: «Ni siquiera llevábamos preparador físico y en la primera práctica en Brasil, el técnico Minella nos dejó en la cancha, nos dijo: ‘Muchachos, hagan todo lo que están acostumbrados a hacer en sus equipos’. Era una risa porque unos hacían abdominales, otros corrían, otros tiraban centros».
También Rattin evocó: «Éramos los convidados de piedra. Los brasileños ya tenían preparados unos relojes de oro con el nombre de cada uno de sus jugadores. Al final, se los quedaron, y a nosotros nos dieron una lapicera». Pese a todo, resaltaron el papel que un dirigente como Valentín Suárez tuvo en la formación del equipo.
Brasil celebraba la conquista del bicampeonato mundial (Suecia 1958 y Chile 1962) y el 50° aniversario de su federación futbolística. Había invitado a dos de las selecciones más fuertes del mundo, Italia y Unión Soviética, que desistieron. Recién allí se invitó a la Argentina, que terminaría dando el gran golpe: arrancó con un triunfo de 2-0 sobre Portugal —que contaba con un talento goleador como Eusebio— en el Maracaná, con goles del «Tanque» Alfredo Rojas y Rendo. En esa misma jornada, Brasil dio una exhibición con el 5-1 ante Inglaterra, con un Pelé imparable.
Sin embargo, el rendimiento argentino no conformaba, aunque el DT José María Minella se mostraba optimista. Osvaldo Ardizzone, enviado de El Gráfico, escribió: «El 2-0 no expresa la intensidad dramática del asedio a que nos sometieron los portugueses, patrones del campo y de la pelota después del gol de Rojas. Prácticamente nos metieron a todo el equipo dentro del área. Nos obligaron a despejar a cualquier lado. Convirtieron a Carrizo y a Ramos Delgado en figuras fundamentales del equipo».
Después del triunfo sobre los portugueses, la Selección Argentina dejó el hotel Excelsior, en Río, y viajó en micro durante diez horas por la carretera hasta San Pablo para el enfrentamiento con los locales. Clarín tituló el anuncio: «En Pacaembú, a la búsqueda del milagro o de la hazaña».
Amadeo Carrizo, en el arco, produjo una de sus mejores actuaciones con la Selección en el estadio Pacaembú, incluyendo el penal atajado a Gerson. «Pensé que lo iba a patear Pelé porque siempre se hacía cargo de los penales, era el dueño de la pelota en Brasil, pero finalmente remató Gerson. Analicé un poco dónde le podía pegar. Intenté no mostrarme mucho porque el jugador ve hacia dónde se mueve el arquero. Busqué resolverlo en última instancia, cuando ya estaba por llegar el último paso: me tiré para la izquierda y llegué a cachetearla», recordó Carrizo.
Alberto Rendo aportó su propia versión sobre el penal: «Amadeo se tenía una fe bárbara con Pelé, sabía bien cómo pateaba los penales. Pero vimos que Gerson se acercaba para tirarlo y se lo comenté al Tanque Rojas. Y el Tanque se fue desesperado al medio de la cancha a buscarlo a Pelé, lo tomó de un brazo y le gritó: ‘Eh, Pelé, charla técnica dice que voce tiene que patear el penal, ¿qué está haciendo aquí?’. Por supuesto que el Negro le dijo de todo menos bonito». Roberto Telch agregó: «Nunca olvidé lo que pasó después: Amadeo desvió el disparo de Gerson, rebotó la pelota en un poste y fue mansita al Cholo Simeone, que le dio de volea con todo afuera de la cancha».
Esto sucedió cuando Argentina ganaba 2-0 y, según las crónicas de la época, el penal fue una trampa de Pelé. Escribió Ardizzone: «Una pelota bombeada que llega al área argentina. Saltan Pelé y Rattin. Gana Rattin. Y cuando la pelota baja, Pelé rueda por el césped. El árbitro suizo cae en el engaño y sanciona el penal. Hay protestas, hay resignación. Y sorpresa: Pelé no es el ejecutor, el moreno perdió la confianza. Él también siente la influencia de la noche especial, no quiere tirar. Lo hace Gerson, zurdo, muy zurdo».
Pero si el partido pasó a la historia fue por otra cuestión, además del gran triunfo, el penal atajado por Amadeo, el impecable trabajo de José Varacka en defensa o la descomunal exhibición de Ermindo Onega y del Toscano Rendo: un Pelé impotente y furioso le pegó un cabezazo a su marcador, José Agustín Mesiano. Minella le había asignado al Chino Mesiano, un polifuncional de Argentinos Juniors, la misión de anular a Pelé, y la cumplió.
El árbitro suizo Gottfried Dienst, que dos años después dirigiría la final del Mundial de Inglaterra, no vio la agresión y Mesiano dejó la cancha ensangrentado, con el tabique nasal roto. Entró Telch, el volante central de San Lorenzo, quien se daría el gusto de su vida: marcar dos goles, algo infrecuente para él (el otro lo había señalado Onega).
Minella también le indicó a Telch que mantuviera la presión sobre el 10, pero ya en la cancha Rattin le ordenó irse al ataque: «Dejalo al Negro, me ocupo yo». Fueron suficientes aquellos 28 minutos que estuvo en el Pacaembú para que Mesiano se ganara un lugar en la historia de la Selección, donde ya había participado del 3-2 del año anterior sobre Brasil.
La imagen de Onega gritando su gol, el que abrió el camino a la victoria, permanece como la postal imborrable de esa noche, en la que 60 mil personas enmudecieron en el estadio Pacaembú al ver apabullados a los bicampeones del mundo. «Fue una de las grandes emociones de mi vida —le recordó el Ronco Onega a Juvenal en El Gráfico—. Yo salí con el siete en la espalda para volantear y, si podía, arrimarme alguna vez al gol. Hice una pared con Pedrito Prospitti, entré solo al área y cuando achicaba Gilmar se la toqué con la derecha al palo izquierdo. Salí corriendo como un loco y me paré enseguida. Había un silencio impresionante y creí que lo había anulado. El banco argentino saltaba de alegría, pero no se escuchaba una voz. Cuando vi que el referí se daba vuelta para el medio de la cancha me fui a abrazar con todos…«.
Escribió Juvenal: «Después vino el penal que Amadeo Carrizo le atajó a Gerson, los dos goles de Telch, el triunfo espectacular, nunca producido antes, nunca repetido después, frente al Brasil de Pelé y en la tierra de los tricampeones del mundo. El equipo que salió de Buenos Aires resignado a volver último estaba para ganar la Copa. Bastó un triunfo más, por 1-0 frente a Inglaterra, y la proeza quedó plasmada. En la historia de Ermindo Onega y de José Varacka, dos grandes compañeros y amigos que padecieron en River los años de vacas flacas, fue la más grande e inolvidable de las conquistas».
Horas después del partido, Pelé llegó con su DT, Vicente Feola, al hotel Excelsior, donde se alojaban los argentinos. Iba a disculparse con Mesiano pero, sorprendido por una multitud de periodistas de TV y radio, no quiso entrar. «No quiero que esto sea un show, lo haré otro día», expresó y se fue.
Brasil, bicampeón mundial, era prácticamente invencible como local desde el Maracanazo que provocó Uruguay en 1950. Llevaba 35 partidos y las únicas tres derrotas fueron ante la Argentina: las ya citadas de la Copa Roca de 1957, el 3-2 en el Morumbí de 1963 y la Copa de las Naciones de 1964. Y las tres veces, con Pelé en cancha.
El 6 de junio, Argentina sumó su tercer triunfo seguido, 1-0 sobre Inglaterra, y se aseguró el título ante 15 mil espectadores en el Maracaná (a Brasil solo le quedó el consuelo del 4-1 ante Portugal en esa última fecha). Nuevamente el Tanque Rojas, a los 18 minutos del segundo tiempo, marcó el gol del triunfo contra un equipo inglés que era la base del mismo que, dos años más tarde, iba a lograr el título mundial en su propia tierra con Gordon Banks en el arco, Bobby Moore en defensa y el armado ofensivo de Bobby Charlton.
Aquella noche atajó Carrizo y como defensores estaban Simeone, Ramos Delgado, Vidal y Vieytez; en el medio, Telch, Rattin y Rendo; y adelante, Prospitti (luego reemplazado por Chaldú), Alfredo Rojas y Ermindo Onega.
Esta fue la evocación de los propios ingleses:
«En la primera mitad, Inglaterra realizó muchos ataques positivos, pero su definición no estuvo a la altura de su buen juego de ataque. Peter Thompson, el único gran éxito de Inglaterra en el torneo, tuvo otro gran partido y desbordó repetidamente a Vieytez. El público lo adoraba y coreaba ‘¡Garrincha!, ¡Garrincha!’ después de algunas de sus espectaculares carreras. Esto era en honor al legendario extremo brasileño. Lamentablemente, Inglaterra no pudo concretar los numerosos centros que Thompson envió, siendo Jimmy Greaves, en particular, el principal responsable. De hecho, los tres delanteros, Greaves, Johnny Byrne y George Eastham, tuvieron partidos flojos, probablemente como consecuencia de una temporada larga y dura. Bobby Charlton realizó algunas incursiones enérgicas por la otra banda, pero nuevamente sus esfuerzos no dieron fruto. Argentina basó su juego en una defensa sólida como una roca, en la que Rattín y el portero Carrizo destacaron«.








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