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Diez años después, la novela gráfica ‘La mano del pintor’ de María Luque vuelve a las librerías

Puede parecer exagerado, pero diez años alcanzan para decir que la novela gráfica La mano del pintor, de la rosarina María Luque, tiene todas las cualidades de un clásico. Publicada originalmente en 2016 y hoy reeditada, es una historia íntima y bella que recupera la figura de Cándido López, un pintor olvidado y un poco despreciado por la academia, que en las viñetas reaparece como fantasma. Allí se entrelaza con la historia personal de la autora e incluso le pide que lo ayude a terminar las pinturas que bocetó durante la guerra.

Se trata de la primera novela de la autora; aun así, ya se nota que Luque hace otra cosa en sus viñetas: con trazos expresivos, que captan lo más espontáneo de los dibujos infantiles, trae al presente a un Cándido López atento a su arte, apasionado y tierno al mismo tiempo.

La novela comienza cuando un álter ego de María –la protagonista toma prestada la biografía de la autora– sufre un problema en la mano, el llamado «mal del dibujante», que la obliga a no dibujar durante quince días. Se desespera. Entonces se le aparece el fantasma del pintor para ayudarla a salir de la angustia.

Lo primero que los une es la dificultad en la mano; él también tuvo un problema en la suya, mucho más drástico, ya que tuvieron que amputarle la mano hábil tras sufrir una herida en la batalla de Curupaytí. Como se sabe, López fue soldado en la llamada Guerra de la Triple Alianza. Los tres países –Brasil, Argentina y Uruguay–, comandados por el general Bartolomé Mitre, se aliaron contra Paraguay. Fue una verdadera masacre.

Si bien el pintor luchó en el frente, avanzó por terrenos imposibles, pasó hambre y vio a sus amigos morir, nunca dejó de bocetar lo que veía con toda su belleza y su tragedia. En otras palabras, nunca dejó de ser artista, ni siquiera en los momentos más atroces de las contiendas.

Distintas dimensiones

Algo muy ingenioso puede verse en el modo en que la escritora aúna distintas dimensiones dentro de su historia. Por un lado, rescata una historia familiar que su papá le contó innumerables veces: su tatarabuelo, Teodosio Luque, era apenas un estudiante de medicina cuando lo reclutaron para ir como médico a la Guerra del Paraguay.

En ese marco, la escritora imagina que fue él quien tuvo que cortarle la mano a Cándido López. Así le salva la vida y, también, lo impulsa a aprender a dibujar y pintar con la mano que le queda. Este dato proviene de la realidad; López efectivamente practicó durante un año hasta que logró entrenar la mano torpe para crear las obras que hoy conocemos.

De ese modo, la dibujante consigue que la riqueza de sus dibujos arme un juego perfecto con la textura de lo narrado. Algo de esos cruces –la biografía, la Historia, el testimonio, el formato gráfico– lleva a pensar en la novela gráfica Maus, de Art Spiegelman, que de modo excepcional, entre otras hazañas, consigue exponer el modo en que la tragedia del Holocausto continúa en los descendientes de quienes la padecieron.

Claro que, a esta altura, es fácil decir que María Luque crea con una capacidad expresiva originalísima. Desde esa primera novela, que se publicó gracias a una campaña de Ideame, ganó el primer premio de novela gráfica Ciudades Iberoamericanas por Casa transparente (Sexto Piso, 2017), en la que explora su otro trabajo: vivir y cuidar las casas de sus amigos mientras ellos están de viaje.

También se animó a escribir sin dibujos en Corazón geométrico (Sigilo, 2022), una narración que ahonda en dos de sus pasiones, la ciudad de Roma y la ópera, y finalmente en la sutil y entrañable Budín del cielo.

La ternura, es cierto, es un rasgo que conmueve en la obra de Luque. De hecho, en el caso de Cándido López, descubre su lado más heroico sin quitarle humanidad. Y lo hace a través de dibujos vigorosos y llenos de colores vibrantes, pero también en un ida y vuelta que compone un dibujo más grande entre el presente de una dibujante contemporánea y las experiencias de un pintor del siglo XIX.

Mientras que ella es capaz de imprimir sus propios fanzines, vive sola y tiene un grupo de amigos con los que comparte su quehacer; él es el proveedor de una familia llena de hijos, no forma parte de la conversación artística del momento y, en muchos sentidos, aparece como uno de esos astros que circulaban solos en la noche de la creatividad, sin señales que lo guiaran, apenas su pasión por eso que veía y quería retratar.

Soldados en el campo de batalla

Claro que hoy en día las pinturas de Cándido López se exhiben en museos, son conocidas. Nadie retrató como él a los soldados en el campo de batalla: esos cuadros apaisados, llenos de miniaturas de hombres que avanzan unos contra otros, en uniforme, vistos desde el cielo.

De hecho, María Gainza le dedica un ensayo en El nervio ópticoy se vale de sus imágenes para hablar de su propia historia de batallas personales. Así y todo, el modo de retratarlo de Luque lleva a observar la obra de López desde una perspectiva renovada, más fresca, más íntima.

En ese sentido, la novela se vuelve un diálogo artístico. A lo largo de las viñetas, la dibujante y el pintor se hacen amigos, charlan sobre sus procesos, sus preocupaciones, sus límites prácticos. Ella lo escucha atenta mientras él le enseña a usar los óleos. Así se traza un retrato de Cándido López simple y, a la vez, lleno de matices.

El pintor le narra a ella la guerra en todas sus dimensiones: los padecimientos físicos, el absurdo y el crimen, la tragedia de la masacre, las muertes, los errores tácticos, la solidaridad y los lazos humanos que, más allá de todo límite, dieron fuerza a esos hombres para sostenerse entre sí cuando todo parecía perdido.

Visto así, podría pensarse que se trata de una obra trágica, solo que está muy lejos de serlo. Luque despliega un humor simple que irrumpe en los momentos más oscuros para restarle solemnidad a eso que se muestra. La sensibilidad que encuentra en los gestos de sus dibujos acompaña la amistad imaginaria en un viaje por la historia personal y la Historia, así con mayúsculas, capaz de mostrarnos una libertad nueva a la hora de recordar.

La mano del pintor, de María Luque (Sigilo).

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