una gota, un charco, una espera

Fernando sale de Retiro sin saber si se está separando, si se separará. Va a La Paz –pueblo cordobés en Traslasierra– para asistir emocionalmente a Juan Pablo, su hermano ultradeprimido que acaba de separarse (éste sí: explícita, concreta, dramáticamente). En el micro ((“la unidad”, repite con válido extrañamiento al usar la definición de los choferes para su nave), él ya habita un vehículo universo y se sumerge en esa otra clase de unidades que sabe procrear Martín Kohan: dimensiones completas, complejas, asfixiantes, donde se replican mundos dentro de mundos. Ya en Ciencias morales, en Fuera de lugar, o en los cuentos de Desvelos de verano, su prosa abrazó esos cosmos intrínsecos de los cuales (a favor del lector) resulta difícil salirse.

“Cualquier punto de la noche, en una circunstancia así, se siente como la mitad de la noche. Nuestra isla de luz y de voces nos amparaba provisoriamente”, alumbra la prosa de Kohan, puesta en boca de Fernando para dar cuenta del micro-mundo que teje desde el comienzo de su viaje, en su asiento tardíamente reclinable.

Se entrega a un trayecto ordinario y previsible. En tanto pasajero y no conductor, elige concentrarse en la liturgia de lo ínfimo. Lo abstraen la mirada de un perro, el “tiempo presurizado” de los vehículos; los gestos equívocos de ocupantes vecinos. Dentro del micro, y en la propia novela, acecha lo que no se condensa. Flota y perturba lo inmaterializado, sin implicar suspenso sino suspensión.

Todo eso aloja el viaje que, para el protagonista, empieza con rara despedida de su mujer, sigue con estadía tortuosa, y culmina con retorno de color incierto. El útero-ómnibus atraviesa el campo argentino yendo a dar su historia en tres partes, cada una con tiempo verbal propio.

La ida narrada en primera persona y en presente, es seguida por “Diario de La Paz” (la estadía de Fernando con su hermano), donde la voz narradora gira a la segunda persona en profético futuro: “Vas a notar que tu hermano camina sin apenas levantar la cabeza. Y que además arrastra los pies (…) un pequeño revuelo de polvo va a empezar a desprenderse de su andar”. En el regreso –“La vuelta”, parte final del libro– el protagonista deviene un tercero librado a su final abierto: “El viaje ya no es, y claramente ya no será, como Fernando quería”.

A Kohan le gustan los pueblos criollos, sus tardes anodinas, su atmósfera de purgatorio donde todo se espesa; quizás por eso pincela “La ida” con una ráfaga sepia de localidades que va tocando el viajante hilvanada en capítulos cortos, cuyos títulos suenan a letanía de tren lechero: Talar; Solís; San Antonio de Areco; Capitán Sarmiento; Arrecifes; Pergamino; Colón; Hughes… Voces que ofrecen, a su vez, invocaciones aptas al juego polisémico sombreado de ironía: “¡Venado Tuerto! –exclamó el chofer. Sonó a descubrimiento. Encuentro y desencuentro del nombre y la cosa (la cosa: no la ciudad en la que estábamos, sino aquel venado, contingente cierta vez y ahora ya definitivo, al que por lo visto le faltaba un ojo)”.

La segunda parte, correspondiente a la semana de convivencia entre los hermanos, repite el esquema de capítulos muy breves, pero aquí titulados con los días de la semana. Martes; miércoles; jueves; viernes; sábado; domingo; lunes. Trazan el vía crucis de intentos inútiles por consolar al visitado abandonado, quien “como suele suceder con los que sufren, no va a poder hablar más que de sí mismo”.

En “La vuelta” emergen situaciones menores de un regreso sin gloria –un accidente ajeno en el camino, una puerta trabada, una requisa policial– que no alcanzan jerarquía de tragedia ni voluntad conclusiva; la suspensión sigue vigente; nada queda demasiado claro salvo una separación que se respira en todo. Una separación mayor a la que afecta a los amantes: la escisión destructora de esa “unidad” artificial que proveen ciertas circunstancias transitorias (ciertos vehículos, por ejemplo).

Eso murmuran, entre líneas y planos detalle, estas páginas de Martín Kohan: la fractura primordial de una humanidad saturada de “solos y solas”, según suele apelarse en esos grupos –de baile, de viaje, de formar pareja–, constituidos y forzados a partir de una carencia constitutiva, hasta bíblica, de la especie.

No sin poesía, Kohan logra hacer hablar a esa ruptura esencial, a esa forma de la separación universal, en “unidades” mínimas, en la intimidad de minucias agigantadas (un charco, una espera en la nada, una gota corriendo por el vidrio la ventanilla), convertidas en epifanías sueltas, como las dolientes venas del gran mundo que el meditador ve, concentrado, en las nervaduras de una hoja.

La separación, Martín Kohan. Anagrama, 232 págs.

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