Un ingeniero de software en una gran aerolínea ha convertido una de las ventajas laborales más atractivas del sector en una parte central de su estilo de vida.
Gracias a los beneficios para empleados ha visitado destinos que, para otros viajeros, exigirían meses de planificación y pasajes de cientos o miles de dólares.
Ha viajado en clase ejecutiva a Suiza para pasar un fin de semana cerca del Matterhorn. También ha volado a París un viernes, permanecido allí unas 48 horas y regresado para trabajar el lunes.
Entre sus viajes aparecen además lugares como la Gran Muralla China y Machu Picchu.
Desde afuera, el beneficio puede parecer equivalente a disponer de vuelos gratuitos e ilimitados. En realidad funciona de una forma bastante distinta.
El empleado puede utilizar los lugares que quedan vacíos después de que los pasajeros que pagaron su boleto hayan recibido asiento.
En el sector se utiliza habitualmente el concepto de non-revving para este tipo de viajes de empleados.
El procedimiento es sencillo en teoría: los pasajeros comerciales tienen prioridad y, si después quedan lugares disponibles, los empleados pueden subir. Si el avión está lleno, se quedan en tierra.
Incluso saber que un vuelo tiene asientos libres unas horas antes no garantiza nada. Pueden aparecer pasajeros de último momento, otros empleados con mayor prioridad o limitaciones operativas que impidan ocupar determinados lugares. Lo comprobó después de pasar un fin de semana en Suiza.
Había llegado en clase ejecutiva, pero regresar se convirtió en un problema.
Necesitaba estar de vuelta en Washington y descubrió que los vuelos hacia Washington, Miami y Nueva York estaban llenos.
Revisó numerosas alternativas y conexiones europeas.
Finalmente consiguió viajar a Londres, pasó allí la noche y tuvo que utilizar un día de vacaciones de emergencia. Al día siguiente logró subir a un avión hacia Nueva York y desde allí continuar hasta Washington.
El regreso duró 37 horas y lo llevó por cuatro ciudades, tres países y dos continentes.
Ese episodio no fue el único.
Antes de la boda de su hermano intentó viajar con varios días de anticipación para reducir el riesgo. Sin embargo, coincidió con una temporada de alta demanda y no logró conseguir ningún asiento disponible. No podía llegar tarde a la boda.
Finalmente tuvo que comprar en el aeropuerto un pasaje internacional de último minuto por varios miles de dólares. Ese es el gran inconveniente del beneficio.
Para un viaje flexible, la posibilidad de volar prácticamente gratis puede resultar extraordinaria. Pero cuando existe una fecha límite, depender de lugares libres puede convertirse en una apuesta peligrosa.
Con el tiempo aprendió a reducir los riesgos.
Intenta salir varios días antes, evitar temporadas de máxima demanda, viajar solamente con equipaje de mano y preparar múltiples rutas alternativas. Nunca depende exclusivamente de un vuelo.
Sabe que el plan A puede fallar y que, en pocas horas, puede terminar recurriendo a un plan C, D o E.
A pesar de todo,continúa considerando el beneficio extraordinario. A veces puede cruzar el Atlántico en clase ejecutiva por una fracción de su precio habitual. Otras veces necesita 37 horas para regresar a casa.
Esa incertidumbre es, para él, el verdadero precio de volar gratis.













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