“Todas las personas tienen derecho a tener un secreto”

Si los vidrios de la ventana no estuvieran cerrados esta mañana, se escucharía aquí en el living el canto de las distintas especies de aves que viven en esos árboles que asoman, allá abajo, en el rincón palermitano más verde. Y si ese canto sonara, probablemente, la escritora Claudia Piñeiro (Burzaco, 1960) empuñaría su celular para capturar algunos segundos de los trinos para que la aplicación Merlin Bird ID de Cornell Lab le contara cosas como de qué pájaro se trata, cuál es su hábitat y sus características, si el ejemplar plumífero es local, visitante o una rareza y mucho más. Así, con el teléfono en mano, nació El canto invisible (Alfaguara), su nueva novela, un diálogo más allá de la muerte entre dos amigas y la revelación de un secreto demasiado difícil.

La protagonista de la historia es una mujer de 64 años que se llama Julia Muntaner y hay en ese nombre un homenaje casi secreto a las editoras que vienen acompañando a Piñeiro desde el inicio de su carrera, Julia Saltzmann y Julieta Obedman (y también Ana Laura Pérez, Gabriela Franco y Magalí Etchebarne, enumera). Esa narradora está editando el libro que su amiga Marina Martinelli escribía cuando un accidente de tránsito la mató. Un libro sobre el canto de los pájaros, porque la mujer es una de las biólogas más importantes del país. Pero, ¿qué significa «editar un libro«?

Probablemente no haya oficio más invisible en un tiempo donde parece que todo está a la vista. Julia, la editora, da forma al borrador de Marina y establece con ella una conversación que va de los recuerdos a esas páginas y de esas páginas a nuevas verdades que irrumpen. Porque la construcción del mejor libro posible es un trabajo de a dos, aunque solo una de ellas sea la autora. Así, y pese a que hay un secreto oculto, también una muerte que no debió ser e incluso si la trama aparece engarzada en este presente desconcertante del país, El canto invisible es sobre todo la historia conmovedora de una amistad capaz de proyectarse más allá de la vida.

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También el libro es una oportunidad para que la propia Piñeiro, una de las escritoras más leídas en lengua hispana, establezca un diálogo con otros libros y autores. Siempre personalidades de las letras que, en un momento, decidieron escapar. Agatha Christie, Harper Lee o J.D. Salinger desfilan entre los papeles de Julia ampliando el universo de la narradora, tanto como el de la propia Piñeiro, que este año también estableció intercambios literarios.

Primero, volvió a su primer público, el de los chicos, con la edición de Mi miedo xixi (Siglo XXI), un libro ilustrado con toques autobiográficos sobre episodios de su propia infancia. Luego, se animó a adaptar para el teatro, junto al director Marcelo Moncarz, la novela Como bestias (Las Afueras), de la francesa Violaine Bérot, que pasó por Buenos Aires durante la Feria de Editores y asistió a una de las funciones.

Sin pausa y también en tándem con Moncarz, trabajó en la puesta de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, de Manuel Puig, que sigue en cartel hasta noviembre en Hasta Trilce, mientras que en Prime Video se acaba de estrenar la transposición al formato de serie de su novela Catedrales, con elenco chileno, la participación de la argentina Muriel Santa Ana y un resultado realmente bueno, que la deja conforme, dirá justo antes de empezar este diálogo con Viva, que sigue así.

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–¿Qué fue primero en El canto invisible: la app que identifica el canto de las aves que instalaste en tu celular o la historia de las mujeres?

–En mi caso siempre hay una imagen disparadora, pero esta vez fue un sonido. Estaba en Madrid, cenando en la casa de Berna González Harbour, que es periodista y vive en las afueras de la ciudad, y durante la comida la periodista y escritora española Irene Lozano sacó el teléfono para identificar el canto de un pájaro que sonaba en ese momento. Me pareció extraordinario: yo muchas veces escuchaba pájaros y me preguntaba cuál sería, pero no sabía reconocerlos. Me bajé esa misma aplicación, que se llama Merlin y fue desarrollada por el Cornell Lab of Ornithology, de la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York, el mayor centro de investigación de aves en el mundo, y desde entonces la uso también. A mí me interesa más el sonido que el avistaje, aunque el avistaje sea una actividad superinteresante. Estoy atenta a qué pájaro está cantando y después lo busco. La aplicación funciona casi como un traductor: identifica la especie y sus distintos cantos y llamadas. Además, permite registrar pájaros que todavía no están incorporados.

CUL / Claudia Piñeiro

–¿Cuándo apareció la sensación de que todo eso podía convertirse en material literario?

–Creo que uno elige determinados temas porque algo de ellos ya estaba en uno. Cuando era chica, en mi casa de Burzaco había una biblioteca pequeña y uno de esos libros era justamente sobre pájaros. Tenía dibujos de las especies, sus nombres y otra información. Yo me pasaba horas mirando esas imágenes. Ese libro desapareció, tal vez lo tenga mi hermano porque era de mi madre, pero hace poco descubrí que una conocida tenía exactamente el mismo. Debía ser algo generacional o de la época. Entonces, hay algo que uno trae de la infancia, de ese refugiarse en un libro, que tal vez haya vuelto cuando apareció nuevamente ese tema o algo lo disparó.

–El estudio de las aves funciona además como una forma de hablar de la sociedad. ¿Qué encontraste en esa investigación?

–Me impresionó descubrir que todavía hay gente que cree que las hembras no cantan. Cuando empecé a escribir el libro, incluso personas muy ilustradas me lo decían. Eso tiene que ver con un eurocentrismo y también con que la ciencia fue históricamente mirada desde un punto de vista masculino. Por eso me interesó también trabajar con mujeres ornitólogas e incluso armar un glosario final recuperando la vida y el trabajo de las más importantes. La ciencia fue durante mucho tiempo un espacio muy masculino y todavía hay prejuicios. Las mujeres muchas veces tuvieron que especializarse en algo particular para poder entrar a ese mundo, como si hubiera que encontrar un lugar donde te dejen entrar, cuando deberías poder entrar en todos los lugares.

–¿Por eso elegiste que las protagonistas fueran dos mujeres y que hablaran entre ellas sobre los pájaros?

–Sí. Me parecía una manera de darle un lugar a las mujeres en esos ámbitos. La novela habla de pájaros, pero también de la amistad entre dos mujeres, y me resultaba mucho más interesante una conversación entre amigas sobre los pájaros que una conversación con un varón ornitólogo, aunque también pueda ser valioso por supuesto. Mi idea era otra.

Hay un auge de mirar la naturaleza para tratar de entender cosas que no entendemos de nosotros mismos.

–¿De qué manera los pájaros que aparecen en la novela hablan también de las personas?

–Hay un auge de mirar la naturaleza para tratar de entender cosas que no entendemos de nosotros mismos. Desde Habitar como pájaro, de Vinciane Despret, hasta libros de divulgación como Esa cosa con plumas, de Noah Strycker, hay mucho sobre cómo habitan los pájaros y otras especies. De hecho, en sus libros, Despret habla de los animales, pero también habla de nosotros. Me interesa mirar un poco más hacia afuera para ver qué podemos aprender de la naturaleza especialmente sobre tantas cosas que nos salen mal.

–En varios de tus libros hay personajes muertos cuya vida se intenta reconstruir. Pasa en Catedrales, en La muerte ajena, en Elena sabe y ahora en El canto invisible. ¿Pensás que se puede conocer a alguien más allá de su fallecimiento?

–La diferencia con otras novelas es que acá le doy voz al muerto. Yo soy atea y no creo que podamos hablar con los muertos, pero en Bellagio (cerca del lago de Como, Italia), donde hice una residencia que me permitió dedicarme a este libro, conocí a una académica canadiense que me dijo: “Yo hablo todos los días con mi mamá”. Me sorprendió porque era una científica profesional, muy racional. Y pensé: la gente habla con los muertos de una manera muy cotidiana. Entonces se me ocurrió que no tenía por qué crear necesariamente personajes que fueran ateos como yo. Porque, en el fondo, a mí también me gustaría poder hablar con mis muertos, hablar con mis padres por ejemplo. En la novela hay una conversación que se vuelve posible a través de un libro y eso me pareció muy reparador. Algunos me dicen que el libro es triste porque hay una persona muerta, pero yo creo que es muy luminoso: hay una conversación sobre la amistad y sobre el canto de los pájaros que permite reescribir algo.

–También aparece un secreto que una amiga nunca contó a lo largo de la vida, pero que dejó listas las condiciones para que fuera revelado. ¿Qué te interesa de aquello que incluso entre personas muy cercanas permanece desconocido?

–A veces, por muy cercano que seas a alguien, no sabés todo de esa persona. Existe esa ficción de que conocemos completamente a nuestros amigos porque estamos juntos desde hace muchos años, pero es muy difícil saberlo todo. Cuando la protagonista descubre que su amiga guardó un secreto importante, primero se enoja y después recorre un camino hasta comprender por qué no se lo pudo contar nunca. De alguna manera, creo que todas las personas tienen derecho a tener alguna cosa secreta.

–La novela explora las distancias y desencuentros entre generaciones y de qué manera los adultos mayores y los chicos están más dispuestos a acercarse. ¿Qué descubriste sobre esos adolescentes, que piensan de una manera muy diferente?

–No me gusta juzgar a esas generaciones; me interesa entenderlas. Hay jóvenes para quienes la meta es ser millonarios, y yo puedo no compartir esa meta, pero necesito preguntarme por qué es importante para ellos y qué otras ilusiones que tuvimos nosotros no podemos transmitirles. Me reuní con chicos de esa edad y con ideas políticas diferentes de las mías, y fue muy interesante. Incluso, y esto me sorprendió, me agradecían que los escuchara. Otra cosa que pasó es que descubrí que algunos están mucho más cerca de lo que yo imaginaba en determinados temas. Eso me hizo pensar que tiene que haber una conversación. Al principio, cuando empezó este gobierno, yo estaba muy enojada y pensaba: “Estos pibes no piensan, no se dan cuenta”. Después entendí que no necesariamente es así. El enojo no te deja conversar con el otro. Tenemos que poder conversar, encontrar qué cosas tenemos en común y, a partir de ahí, cada uno decidirá qué alternativa considera mejor.

Me interesa leer autores jóvenes porque quiero saber cómo miran el mundo otros ojos.

–También buscás la distancia generacional entre adolescentes y sus padres de cuarentis. ¿Es más difícil esa tensión?

–Sí. Me interesa incorporar una generación que no sea solamente la mía y tratar de saber qué están pensando los más jóvenes. Me interesa leer autores jóvenes porque quiero saber cómo miran el mundo otros ojos. Porque en ocasiones, nos hablan de nuevas generaciones de escritores, pero son personas que tienen 50 años. No, yo quiero conocer a los más jóvenes. Por ejemplo, hace muchos años que vengo leyendo a la uruguaya Tamara Silva Bernaschina, que es una autora que nació en el siglo XXI y hoy tiene veintipocos años. Pensemos que ya hay generaciones que ya no nacieron con nada analógico, sino en un mundo completamente digital. No pueden mirar el mundo de la misma manera que nosotros. Para mí es muy interesante entender eso.

–La novela incorpora el mundo de las startups y de la tecnología: el nieto adolescente de Julia imagina una app que facilite la vida de su abuela en la vejez. ¿Qué te interesaba de ese cruce generacional?

–La generación intermedia muchas veces mira la vejez desde la asistencia: “Tengo que ayudar a mis viejos, llevarlos al médico”. En cambio, el chico más joven puede mirarla desde otro lugar, incluso como una posibilidad de negocio. Pero para que eso sea una idea, antes de todo, tiene que poder mirar a su abuela. Y eso sucede. Desde el otro lado, los que estamos en esa generación también empezamos a sentir que hay cosas que ya no vamos a poder hacer y que los años que quedan tenemos que aprovecharlos de otra manera. Entonces, ahí aparece una posibilidad de hacer contacto entre generaciones que no se están mirando demasiado.

–Otro modelo de encuentro intergeneracional es que el plantea la nieta de Julia, que recurre a su abuela para que la ayude a escribir un trabajo para el colegio sobre escritores. Allí, reponés un malentendido alrededor de la palabra “desaparecido”.

–La palabra tiene una connotación muy fuerte para nosotros. Cuando yo iba al taller de Guillermo Saccomanno y pensaba en escribir que tal persona “desapareció y no vino a jugar al fútbol”, probablemente iba a buscar otra palabra porque para mí “desaparecido” está connotada por nuestra historia reciente, por la dictadura. Hoy, para una nena de otra generación, en cambio, esa palabra puede no tener ninguna connotación. Cuando Emma habla de “escritores desaparecidos” está hablando de una cosa y la abuela entiende, sobre todo en un país donde desaparecieron escritores como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti o Héctor Germán Oesterheld, algo totalmente distinto. Después de ese pacto inicial que las ayuda a comprenderse, aparece algo muy interesante: la abuela editora puede entrar en el trabajo de la nieta y pensar qué significa que esos escritores se hayan aislado y cómo ese escapar es algo que también dialoga con lo que le está pasando a ella en ese momento.

–¿Por qué elegiste que la abuela fuera editora, un rol absolutamente invisible para quien compra una novela?

–Mis primeras editoras fueron Julia Saltzmann y Julieta Obedman, y de alguna manera están presentes en el personaje, incluso desde el nombre. Ya había usado “Julieta” en un libro previo, pero son cercanos. Para mí la conversación entre escritor y editor es fundamental porque un editor no es un corrector, esto hay que aclararlo. Su función es mirar el libro y decir: este personaje no termina de cuadrar, esto tendría que ir antes, acá explicaste demasiado, acá demasiado poco. Cuando confiás en un editor, sabés que puede darle un plus a tu texto y también te da seguridad como escritora: alguien lo miró con ojos que buscan mejorar lo que escribiste.

Evidentemente, hay mucha gente que se está cayendo del sistema y habrá quien lo asuma cuando sea más dramático. Para mí, ya es lo es.

–Como en La muerte ajena, hay un interés por comprender fenómenos y generaciones que podrían resultar incómodos. En el libro previo eran las chicas que hacen dinero comercializando su cuerpo en plataformas como Only fans. Acá son los chicos que quieren ser millonarios invirtiendo. ¿Cómo dialoga la realidad contemporánea con tus libros?

–Cuando terminé el colegio quise estudiar Sociología y no pude por la dictadura, pero siempre tuve una mirada sobre lo que está pasando en la sociedad en la que vivo. Para mí, contar una historia escindida de lo que pasa en la sociedad es hacer algo sin raíz. Esta historia no podría ser la misma en esta Argentina y en este tiempo que en otra Argentina y en otro tiempo. Algunos escritores piensan que no hay que dejar marcas de época porque después el libro envejece mal. Yo escribo este libro para que se lea ahora. Si después se puede leer en otro tiempo, excelente. Y si no se puede, mala suerte porque a mí me interesa que las personas que tengo alrededor puedan sentirse reflejadas. A veces alguien me dice: “Me di cuenta de esto que estaba pasando, pero hasta que no lo vi escrito no encontré las palabras”. Creo que eso hacemos los escritores: ver lo que está pasando, encontrar las palabras y contarlo. Una amiga me dice que, en vez de tener negación, yo estoy levantando alfombras todo el tiempo para ver qué tierra hay debajo. Y eso puede ser una condena también, porque a veces hay que relajarse para vivir más feliz. Pero a mí me cuesta no mirar. El otro día, paseando al perro de mi hijo por una plaza de Palermo, conté ocho personas en situación de calle durmiendo allí. Y pensé: por más que me cuenten lo que quieran contar, esto no es normal. Evidentemente, hay mucha gente que se está cayendo del sistema y habrá quien lo asuma cuando sea más dramático. Para mí, ya es lo es.

Claudia Piñeiro básico

  • Nació en el Gran Buenos Aires en 1960. Es escritora, dramaturga, guionista de TV y colaboradora de distintos medios gráficos.
  • Ha publicado las novelas Las viudas de los jueves, Tuya, Elena sabe, Las grietas de Jara, Betibú, Un comunista en calzoncillos, Una suerte pequeña, Las maldiciones, Catedrales, El tiempo de las moscas y Una muerte ajena.
  • En 2018, Alfaguara publicó sus cuentos reunidos en Quién no, un volumen con sus obras de teatro, Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro, y Escribir un silencio, que compiló por primera vez sus textos de no ficción.
  • Por su obra literaria, teatral y periodística, ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales, entre otros el Premio Clarín Novela, el Premio LiBeraturpreis, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Rosalía de Castro del PEN (Club de Poetas, Ensayistas y Narradores de Galicia), el Premio Pepe Carvalho del Festival Barcelona Negra, el Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón, el Premio Negra y Criminal del Festival Tenerife Noir, el Premio Best Novel del Festival Valencia Negra y fue finalista del International Booker Prize 2022 con la traducción de Elena sabe al inglés.
  • Como coautora, junto con Marcelo Piñeyro, de la serie de TV El Reino, obtuvo el Premio Platino a Mejores Creadores de series. Varias de sus novelas han sido llevadas al cine y sus obras teatrales se representan de manera continua.
  • Es una de las escritoras argentinas más traducidas a otros idiomas, lo que hace que sus libros sean leídos y disfrutados por miles de lectores en todo el mundo.

El canto invisible, de Claudia Piñeiro (Alfaguara).

Fuente

Minardi Automotores
Vinería La Carreta
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Sunchales dialogo
Municipalidad de Sunchales