El envejecimiento es un proceso complejo en el que intervienen factores biológicos, ambientales y de estilo de vida. Durante años, la investigación científica ha puesto el foco en la genética como uno de los elementos determinantes de la longevidad. Sin embargo, cada vez hay mayor consenso en que los hábitos cotidianos tienen un peso decisivo, no solo en cuánto se vive, sino en cómo se vive.
En este escenario, comprender qué daña al organismo y qué lo protege se vuelve clave para promover un envejecimiento saludable.
En paralelo, los avances en biotecnología y genómica han permitido profundizar en los mecanismos que explican el deterioro celular. Hoy se sabe que el genoma (el conjunto de la información genética) no es estático, sino que sufre alteraciones con el paso del tiempo.
Estas modificaciones pueden acelerarse por factores externos como la contaminación, el estrés o una alimentación inadecuada. En este contexto, la prevención y el autocuidado aparecen como herramientas centrales para mejorar la calidad de vida a largo plazo.
Manuel Pérez Alonso: «Solo con reducir el estrés, si dejáramos de fumar y siguiéramos una dieta sana, ya supondría un gran avance en la longevidad»
Desde esta perspectiva, el biólogo Manuel Pérez-Alonso plantea una idea contundente: no es necesario esperar a grandes hitos científicos para lograr mejoras significativas en la longevidad. “Solo con que redujéramos el estrés, dejáramos de fumar de forma radical y siguiéramos una dieta sana, ya supondría un gran avance en longevidad”, afirma a La Vanguardia. Su enfoque pone el acento en decisiones cotidianas que, sostenidas en el tiempo, tienen un impacto directo sobre la salud celular.
Uno de los puntos más enfáticos de su planteo es el efecto del tabaquismo. Según explica, “fumar introduce sustancias mutagénicas que dañan directamente el ADN”, lo que “provoca un deterioro en nuestras células y en nuestro genoma”. Esta evidencia, ampliamente respaldada por la ciencia, posiciona al abandono del cigarrillo como una de las medidas más efectivas para proteger el organismo y reducir el riesgo de enfermedades asociadas al envejecimiento.
El especialista también advierte sobre el impacto del estrés crónico, al que vincula con una aceleración del envejecimiento. Aunque se trata de un factor menos visible que otros, su incidencia es significativa. “Está demostrado que el estrés acelera el envejecimiento”, señala, y destaca que reducirlo contribuye a preservar la salud celular.
En este sentido, propone adoptar un estilo de vida más equilibrado, con espacios de descanso, vínculos sociales y hábitos que favorezcan el bienestar emocional.
La alimentación ocupa otro lugar central en su enfoque. Pérez-Alonso subraya la importancia de priorizar productos frescos y evitar ultraprocesados. “Comer productos frescos, naturales y sin aditivos es la mejor forma de cuidar la salud y el genoma”, sostiene. En particular, advierte sobre la presencia de conservantes como nitritos y nitratos en alimentos industrializados, que “pueden generar compuestos mutagénicos”, incluso cuando se encuentran dentro de los límites legales.
En relación con esto, también destaca el rol de la fibra en la dieta. Explica que una buena salud intestinal no solo mejora la digestión, sino que reduce riesgos a nivel celular. “Si los restos de alimentos permanecen mucho tiempo en el intestino, las bacterias generan sustancias mutagénicas y carcinógenas”, indica. Por eso, evitar el estreñimiento “reduce ese riesgo y mejora las previsiones de envejecimiento saludable”.
Más allá de los hábitos individuales, el entorno también influye. El investigador advierte que “respirar permanentemente contaminantes a través del aire daña el genoma y acelera el envejecimiento”. Esta afirmación refuerza la importancia de los factores ambientales en la salud y pone en evidencia las desigualdades entre quienes viven en entornos más o menos contaminados.
En cuanto al papel de la ciencia, reconoce que la biotecnología está abriendo nuevas posibilidades. “Prevenir enfermedades es una forma también de conseguir una mayor longevidad y conocer el genoma permite entender mejor el envejecimiento”, explica. Sin embargo, aclara que, por el momento, no existen tratamientos capaces de frenar estos procesos de manera definitiva.
Finalmente, su mirada sobre el futuro es moderada pero optimista. Considera poco probable alcanzar longevidades extremas, pero sí ve posible mejorar la calidad de vida en edades avanzadas. “No creo que lleguemos a 200 años, pero sí a 120 con buena salud, como algo más común”, afirma. En ese camino, insiste, los hábitos diarios siguen siendo la herramienta más accesible y efectiva para cuidar el organismo y promover un envejecimiento saludable.








Dejar un comentario