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Ropa sin alma

La tarde que le pidieron a Diane Arbus que pasara al escenario a decir unas palabras, la hija de peleteros, la gran fotógrafa del siglo XX, subió los escalones con desanimo, caminó al centro de la tarima y cuando tuvo el micrófono a centímetros de los labios en lugar de hablar se puso a llorar. Fue lo que hizo ante periodistas que habían ido a cubrir el desfile, empresarios neoyorkinos y damas que adoraban las pieles suaves, de la tienda Russeks sobre la Quinta Avenida. Ahí estaba el negocio de los Arbus que yo siempre imaginé estilo Corte Inglés, el gran almacén español; o como la galería Harrods que alguna vez estuvo en el microcentro porteño, también europea y única sucursal fuera del Reino Unido, a la que íbamos con mi abuela a mirar ropa y tomar té.

La chica Arbus, que estaba teniendo éxito como fotógrafa de modas, no quería hacerle fotos a modelos ni a ropa de catálogo, ropa nueva y sin alma. El que conoce su obra, sabe que Diane Arbus quería fotografiar otra cosa; el que no la conoce que corra a buscarla. Por eso se puso a llorar, y lo bien que hizo.

Viví mucho tiempo en el barrio del Abasto, a una cuadra del shopping, ese faraón de cemento que alguna vez fue mercado y que ahora vende (si el “mercado” lo permite) ropa nueva, toda igual, en tonos de gris, blanco y cremita, los mismos cortes, los mismos talles y precios exorbitantes. Prendas desalmadas, muy incongruentes con el barrio del Abasto, de alma oscura y peliaguda.

Recuerdo cuando encontré sobre el piso húmedo de Lavalle, rendidos a los pies de un conteiner de basura, decenas de pantalones, buzos, carteras y poleras, medias sin su par y zapatos con el taco roto. Visto desde arriba era el fragmento de un cuadro de Berni, sin rostros, por supuesto, y de lo más desolado. Alguien había puesto en la vereda varias bolsas con ropa, alguien había abierto las bolsas.

Tengo la imagen de un pulóver de lana azul, mojado por el agua del cordón, desplomado sobre el pavimento con las mangas abiertas como en un abrazo. Casi se lo podía sentir respirar, aun guardaba en sus hilos algo del cuerpo que lo había llevado cuando era de un azul vigoroso y sin desgaste. Pensé inmediatamente, nunca voy a dejar ropa en la vereda, y me alejé de esas prendas que parecían almas en pena.

Otra vez, por la Anchorena del Abasto, que no es lo mismo que decir la Anchorena de Santa Fe, habían colgado en una pared, al lado de la panadería, dos camperas. “SI NECESITA, LLEVELO”, decía con marcador, sobre la pintura lavada.

A eso se refería Diane Arbus. O no exactamente a eso. Pero si alguien me pidiera que hablara de sus fotos contaría, otra vez, la escena en la tienda Russeks de la Quinta Avenida. Y además afirmaría que si ella se hubiera corrido por unos minutos de Nueva York, su radio inmaculado para hacer retratos, si hubiera conocido las calles del Abasto, sin dudas, habría encontrado ahí también el alma umbrosa que hay en sus fotografías.

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