La harina de soja atraviesa una paradoja: el mundo consume cada vez más proteína animal y, en consecuencia, utiliza mayores cantidades de este insumo para alimentar a sus animales, pero su precio internacional, ajustado por inflación, se encuentra en niveles similares a los de hace 26 años.
La explicación está en un cambio estructural del negocio de la soja. La expansión de los biocombustibles convirtió al aceite en un motor cada vez más importante de la molienda industrial, especialmente en Estados Unidos y Brasil. Como el procesamiento de cada tonelada de soja genera simultáneamente aceite y harina, el crecimiento de la demanda del primero termina volcando al mercado grandes cantidades del segundo, cuya absorción no avanza al mismo ritmo.
Así lo plantea un análisis de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), que describe una transformación profunda del mercado internacional de derivados de soja y advierte sobre sus implicancias para la Argentina, principal exportador mundial de harina.
El crecimiento de la oferta durante las últimas décadas fue extraordinario. A comienzos de los años noventa, la producción global de harina de soja no alcanzaba los 70 millones de toneladas, mientras que para la campaña 2026/27 se proyectan alrededor de 300 millones. Es decir, se multiplicó por 4,4, con una tasa de crecimiento promedio anual del 4,2%.
La demanda también avanzó, impulsada por la expansión de la producción de carnes, leche, huevos y productos de la acuicultura. En el año 2000 se utilizaban, en promedio, 1,65 kilos de harina de soja por cada kilo de proteína contenido en la producción mundial de esos alimentos. Para 2026, la relación ascendería a 2,41 kilos, un incremento del 46%.
Sin embargo, ese mayor consumo no alcanzó para absorber toda la producción adicional. Según la BCR, entre las campañas 1990/91 y 2008/09 la producción y el consumo mundial de harina evolucionaron prácticamente a la par. Pero desde 2009/10 el escenario cambió: el mundo comenzó a producir, en promedio, un 2% más de lo que consumía cada año.
En las últimas 17 campañas se acumularon así unas 781.000 toneladas anuales adicionales de harina en las existencias globales. Esa abundancia contribuyó a presionar las cotizaciones y explica por qué, pese al crecimiento de su utilización, los precios reales permanecen estancados.
El efecto de los biocombustibles
La clave para entender este fenómeno está en las características del procesamiento industrial de la soja. Según los datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), por cada tonelada de poroto que ingresa a una planta de crushing se obtienen aproximadamente 780 kilos de harina y 200 kilos de aceite, mientras que el resto corresponde a mermas.
Esto significa que por cada tonelada adicional de aceite que demanda el mercado se generan casi cuatro toneladas de harina que también deben encontrar compradores.
La expansión de los biocombustibles modificó esa ecuación. Durante las últimas dos décadas, el uso industrial del aceite de soja se multiplicó por cinco y explicó el 40% del crecimiento de su consumo mundial. Para 2026, se estima que se procesarán unos 90 millones de toneladas de soja para abastecer la demanda global de biodiesel, casi una cuarta parte de la molienda mundial.
Estados Unidos y Brasil concentran buena parte de este fenómeno. En ambos países, más de la mitad del aceite de soja se destina actualmente a usos industriales.
El problema es que la demanda de harina depende fundamentalmente de la producción de proteína animal, cuyo crecimiento tiene otros ritmos y condicionantes. Así, mientras el mercado energético impulsa una mayor molienda para obtener aceite, la harina resultante debe colocarse en un mercado que no crece en la misma proporción.
La BCR destaca que esta dinámica quedó particularmente expuesta durante 2026, cuando el encarecimiento de la energía, en un contexto de tensiones en el estrecho de Ormuz y en la región del Mar Negro, impulsó las cotizaciones de los aceites vegetales. A esto se sumó el incremento del 77% en el mandato obligatorio de mezcla de aceite de soja para biocombustibles en Estados Unidos respecto de 2025.
En Chicago, el aceite de soja llegó a superar los 1.700 dólares por tonelada y actualmente ronda los 1.450 dólares. Desde marzo promedia unos 1.500 dólares, un 40% más que el año pasado.
Como consecuencia, el aceite ganó participación en el valor industrial de la soja. En el mercado estadounidense, el indicador conocido como OilShare —que mide cuánto aporta el aceite al valor conjunto de los productos obtenidos del procesamiento— llegó al 55%, un máximo histórico y muy por encima del rango de entre 30% y 45% que predominó durante gran parte del período 2000-2020.
Brasil y Estados Unidos ganan terreno
El cambio en la estructura del negocio también está modificando el mapa del comercio internacional y plantea un desafío adicional para la Argentina.
Históricamente, nuestro país se consolidó como el principal abastecedor mundial de harina de soja. Durante la primera década de este siglo, sus exportaciones superaban en un 66% a las de Brasil, el segundo jugador global.
Pero la expansión de la capacidad de procesamiento en Brasil y Estados Unidos fue reduciendo esa diferencia. Ambos países, que tradicionalmente se destacaban como proveedores de porotos de soja, comenzaron a generar excedentes crecientes de harina para exportar.
Para la campaña 2026/27, Brasil tendría un saldo exportable de 31 millones de toneladas, unos 10 millones más que en 2019/20. En Estados Unidos, el excedente alcanzaría los 21 millones de toneladas, un 65% por encima del registrado en aquella campaña.
El USDA proyecta exportaciones récord de harina de soja para ambos países durante el próximo ciclo comercial. Si bien Argentina conservaría el primer puesto como exportador mundial, la ventaja proporcional frente a su principal competidor se reduciría a una séptima parte de la que tenía durante la primera década del siglo.
La diferencia entre los mercados también se refleja en la formación de precios. En Estados Unidos, el aceite tiene actualmente una incidencia mucho mayor en el valor industrial de la soja, mientras que en Argentina llegó a representar un máximo del 40%. Esto evidencia que los incentivos para procesar soja son diferentes y que los dos países norteamericanos cuentan con un impulso adicional para incrementar su molienda.
Una oportunidad hacia 2035
Pese a este escenario de mayor competencia y abundancia de harina, las perspectivas de largo plazo muestran oportunidades para la Argentina.
Según las proyecciones de la OCDE y la FAO, hacia 2035 la producción ganadera mundial crecería un 15,1% y el uso de proteínas para alimentación animal aumentaría un 13,5%. La expansión estaría impulsada, especialmente, por la diversificación de las dietas en países de ingresos medios y bajos, donde se espera un mayor consumo de alimentos de origen animal.
Además, el 80% del incremento de las importaciones mundiales de harinas se concentraría en Asia, particularmente en el Sudeste Asiático, donde la capacidad de procesamiento industrial no crecería al mismo ritmo que la producción ganadera.
En ese contexto, la Argentina podría consolidar su posición como proveedor internacional. Las proyecciones de la OCDE-FAO indican que sería el país que más incrementaría sus exportaciones conjuntas de harinas proteicas y aceites vegetales hacia 2035, con 10,4 millones de toneladas adicionales respecto del promedio 2023-2025. De ese total, 8,3 millones corresponderían a harinas y 2,1 millones a aceites.
El incremento proyectado superaría al de Estados Unidos, con 5,9 millones de toneladas adicionales, y Brasil, con 4,7 millones. Además, con una producción de soja estimada en 56 millones de toneladas para 2035, Argentina mantendría su liderazgo como principal exportador mundial de harinas proteicas.
El desafío será aprovechar esa expansión de la demanda en un mercado que ya no depende exclusivamente de la alimentación animal. La evolución de los mandatos de biocombustibles en Estados Unidos y Brasil, y su impacto sobre la molienda y la oferta de harina, seguirá siendo determinante para los precios relativos de los derivados de soja y para la competitividad de la industria argentina.















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