Un matrimonio de escritores es un nido a merced de no menos tormentas que el resto, sino más. Un escritor y una escritora bajo un mismo techo; quizá no haya escenario más tirante y más propicio, alternadamente, para el oficio literario. Es el precio de hacerse compañía en una profesión tremendamente solitaria. Compartir el cuarto propio provee consuelo y litigios, verbalizados o callados, límites, zonas francas, bandas negativas. Es probable, asimismo, que deba sortear algún desequilibrio, en talento, celebridad, etc., y condescender a la repartición de géneros, a la división de la locura y la cordura, al arco y las curvas de una trayectoria, a las prórrogas del reconocimiento.
Desde luego, la excepcionalidad de una convivencia semejante basta para abortar cualquier generalización apresurada. Ningún matrimonio literario se parece a otro; mucho menos si entre parejas se comparan las obras combinadas. Pero se parte de una cláusula implícita: en este terreno, como en otros, no se puede vivir con quien no se admira. Uno ve al otro como colega, pero sobre todo –conveniente, egoístamente– como lector y corrector (de la temblorosa obra propia). Las lecturas mutuas en una pareja de escritores –sus grados de rigor o de indulgencia– son un género aparte.
Virginia Woolf adoptó el apellido más musical y memorable del marido y le dejó a cambio el rubro de las memorias, que Leonard practicó de un modo solvente, aunque no especialmente embriagador. A Bioy Casares se lo vio más concentrado en la novela –y en otras mujeres– y a Silvina Ocampo en el cuento y la poesía (y en el cortejo a dos puntas). Octavio Paz clavó bandera en la poesía, el ensayo y el arribismo, y la incorrecta Elena Garro en la novela y el desequilibrio. Michael Holroyd puso todas sus fichas en la biografía y rehizo ese género; Margaret Drabble en la novela, aunque escribió una sola biografía, acaso, para demostrarle al marido que podía hacerlo tan bien como él. Los no menos astutos Claire Tomalin y Michael Frayn invirtieron esos papeles.
El ensayo fue el coto de caza de John Bayley y la novela –y la cabeza de otros hombres– el de Iris Murdoch. Mary y Percy Shelley se repartieron las cartas a contrarreloj: ficción y poesía. Tampoco tuvieron problemas para dividirse terrenos Robert Lowell (poesía) y Elizabeth Hardwick (ensayo), aunque sí los sufrieron en otros frentes. Otra clase de intensidad probaron Kingsley Amis y Elizabeth Jane Howard (que se atrevió a una cata de plumas, pasando por Robert Aickman y Cyril Connolly). Hubo otros matrimonios –no sólo los Woolf– que fueron cortinas de humo en un aspecto no literario, como Paul y Jane Bowles, Bioy y Silvina, casos de niveles parejísimos siendo cada uno irrepetible. Poco se entendieron y mucho se tirotearon el machote sobreactuado Hemingway y la sagaz Martha Gellhorn. Scott y Zelda Fitzgerald hablaron el mismo idioma de a ratos, gracias a los buenos oficios del alcohol.
Un caso aparte son Sylvia Plath y Ted Hughes: la cuerda floja es insostenible en el llano casero. La escritura potente de alguien cercano puede marear y descentrar). Precavidos, Roberto Calasso y Fleur Jaeggy optaron –caso Holroyd y Drabble– por la continuidad garantizada por cierta distancia. De la clase más misteriosa debe haber sido el dúo doméstico de los hondos ensayistas Cristina Campo y Elémire Zolla. La intempestiva Elsa Morante y el en apariencia manso Alberto Moravia no pactaron división de géneros y se consagraron a la novela con pareja eficacia.
El pudor ha querido que los documentos en esta tradición no abunden, pero los hay que irradian como pocas obras: Cartas de cumpleaños de Hughes, la correspondencia ígnea de Lowell y Hardwick (amén de los poemas del primero en que cita misivas de la segunda), y los devotos pero cada vez más fatigados libros de Bayley sobre Murdoch. A este linaje se pliega Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt.
Lo primero que infiere el lector es que cuando dos literatos empiezan a vivir juntos desde jóvenes no saben si el otro o ellos mismos escribirán bien o muy bien y por cuánto tiempo. Desconocen cuán buenos serán. Ahora es fácil fumigar la celebridad –manchada, para quienes los critican, de belleza– de Hustvedt y Auster, pero cuando la relación se inició no tenían la menor idea de en quiénes se convertirían. Hustvedt recuerda que “18 editoriales de Nueva York rechazaron Ciudad de cristal”, que Auster empezó cuando tenía 34 años. Casi nada es obvio.
Poco a poco, no obstante, Hustvedt y Auster lo fueron teniendo todo para recibir un superávit de atención y un déficit crítico. Así fue y así se dio. No han sido sobrevalorados; se les prestó una atención excesiva, cierto, pero acaso de la equivocada. Si el éxito de Auster irritó en su momento a eruditos y altivos fue, además, porque su inteligencia es afable. Tras su muerte se pueden juzgar sus libros más a solas, más despojados de una cara tan ubicua.
Siendo ella autora, es probable que Hustvedt habría escrito sobre cualquier marido que hubiera elegido, impulsada por ese motivo bastante monstruoso que tiene un escritor de traducir hasta la más mínima experiencia en una línea si no impresa al menos consignada. ¿Se puede editar un libro así? ¿Se lo puede criticar? Para decirlo brutalmente: no se trata de literatura, o sólo asoma alguna ráfaga acá y allá. Estamos ante un exorcismo. Pero la bitácora del duelo no le tocó, afortunadamente, al grafómano de la pareja.
Devota lectora de Kierkegaard, Hustvedt no ignora el género y sus recortes: “Este libro es una especie de diario y, como muchos diarios, probablemente todos, está plagado de lagunas: un mapa de cosas dichas y omitidas”. Reflexión que cobra otro eco al recordar que “Paul y yo solíamos decir que había escritores dados a añadir y otros dados a quitar. Dickens era de los que añadían y Beckett de los que quitaban”.
Paul Auster no era nada sin el sentido de una vida (para un libro y para sí mismo) y ahora Siri Hustvedt se ve en el aprieto de dar cuenta de la de él, o al menos de lo que las dos fueron y significaron en tándem. Compite –es una forma de decir– con el propio Auster, que ya contó mucho de sí mismo, de manera que el lector sabe a qué clase de ausencia alude Hustvedt.
Trabajos y días
Historias de fantasmas es todo lo contrario: historias de personas de carne y hueso, historias de diferentes subrayados en los mismos libros, de sus inclinaciones por el orden (Hustvedt) y por el desorden (Auster), del centro del mundo del ausente, de su lugar de trabajo: “Calculo que sobre su superficie había al menos ciento cincuenta plumas y bolígrafos de todo tipo –estilográficas, bolígrafos retráctiles, de tinta líquida–, colocados en hileras desiguales o sobresaliendo de bandejas. Había una docena de portaminas. Había un suministro de cintas para su máquina de escribir Olympia manual que le habría durado varias vidas más o habría equipado a un pequeño ejército de luditas amantes de la tecnología anticuada… y treinta y cinco cuadernos Clairfontaine de papel cuadriculado”. (Al fin alguien que menciona los materiales e instrumentos concretos de un escritor, detalle que insólitamente aun los biógrafos suelen omitir). Los rastros no son fáciles de borrar: “Su caligrafía está por toda la casa, en notas y papeles”. Y las secuelas afantasman en verdad a la sobreviviente: “Cuando estaba con Paul me sentía más viva. Vivía en el tiempo, no flotaba fuera de él”.
Es la historia de lo que pervive del otro en uno y lo que el que muere se lleva de uno con él: “Nos encontramos a nosotros mismos en el rostro de los demás. En tus ojos descubro quién soy para ti. En el rostro de Paul me veía a mí misma como una persona radiante”. Por añadidura, las transformaciones que el ausente sigue produciendo en el que quedó: “La resistencia obstinada aunque selectiva de Paul a los inventos modernos tiene para mí un encanto que no tenía antes de su muerte”.
Es la historia, también, de un Auster estoico ante los tratamientos médicos, de las despedidas de amigos cercanos –Don DeLillo y Salman Rushdie y sus parejas– y de las penúltimas confesiones: “’Quiero morir en la biblioteca. Me imagino instalando una cama de hospital aquí’”. Un deseo comprensible, no necesariamente patético. Hustvedt cita al pasar la traducción de Joubert que hizo Auster: “Debemos morir siendo dignos de que nos amen (si podemos)”.
Ya en libros anteriores la narradora y ensayista se mostró ávida y diestra para registrar y diseccionar el dolor. En La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Hustvedt traía a Kierkegaard sin saber que se estaba prometiendo algo: “Una de las tragedias de la vida moderna es haber abolido el yo”. El suyo es un salto al vacío que parece haber alentado el ejercicio que ensayó Auster en su última novela, Baumgartner, un conjuro de la muerte inminente que se lee post-mortem.
Allí, se anticipa a un duelo y lo invierte (la que se va primero es la esposa), toma distancia de sí con altura y cierta hilaridad. En todo caso, si Historias de fantasmas no es más salvaje, acaso sea porque vive la hija de ambos. Así como está, no obstante, le cabe lo que la propia Hustvedt señaló sobre la autobiografía de Karl Ove Knausgaard: “Semejante apertura desprovista de temor es fascinante en cualquiera”.
Focos y austeridad
Hustvedt ha sido más filosófica que Auster y, a la vez, más abierta a los debates públicos, más permeable. Perseguido por tragedias y por el mundo a partir de su éxito, él parece haberse volcado más hacia adentro. En ella el material es más crudo y quizá más audaz; Auster es técnicamente más eficiente.
Fuera de página, fueron militantes alineados contra las políticas de Trump y la corrección artística. Durante años, parte del periodismo prefirió ignorar la clara posición feminista del matrimonio; no se la puede inculpar a Hustvedt de caer en un zugzwang –cualquier movida que hiciera empeoraba su posición– al estar casada con un tipo como Auster. En El mundo alucinante Hustvedt tuvo un modo artero de escenificar cómo poner a prueba el juicio y los prejuicios de otros. (Simplificando una ficción sofisticada, construida, ingeniosa, un tanto fatigante: una artista se hace pasar por artista varón).
Ahora suena bastante risible que algunos pretendieran poner a Hustvedt a la sombra de su esposo; más allá de las virtudes apreciables de cada uno y de haber sido obvios animadores de la escena cultural las últimas décadas, es improbable que alguno de los dos deje una obra –si se piensa en Woolf, los Bowles o Bioy Casares y Silvina Ocampo– absolutamente memorable.
El eje biográfico sustenta y enhebra toda la obra de Auster, de La invención de la soledad y autobiografías como A salto de mata, Informe del interior y Diario de invierno, a ficciones como 4321 y Baumgartner. Hábil para perfilar itinerarios excéntricos, en cada novela Auster –incapacitado para mentir– vivía las vidas que dedicarse a escribir le impidió probar, y llevó ese truco a una dimensión demencial en su excelente biografía de Stephen Crane.
¿Y si nada de esto hubiera ocurrido? Tratándose de Auster, la discusión del azar no falta en Historias de fantasmas: “’¿Y si no te hubiera conocido?’. Paul me lo preguntó muchas veces a lo largo de los años… No creía en el destino. Creía que eran los hechos fortuitos los que cambian la vida de las personas”. Como si, contemplando el dibujo final, no fueran lo mismo.
Historias de fantasmas, Siri Hustvedt. Trad. Aurora Echevarría Pérez. Seix Barral, 384 págs.















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