Las protagonistas de Perras de reserva (Narrativa Sexto Piso), de la escritora mexicana Dahlia de la Cerda, son mujeres comunes que luchan por sus vidas cotidianas: en «Perejil y Coca-Cola» (el primer cuento), se narra un aborto en primera persona, con la fragilidad y el miedo que eso conlleva; en «Yuliana», a través de la hija de un narcotraficante, se pueden ver los hilos de la violencia que atraviesan todo el tejido social de México; otro de los relatos pone sobre la mesa las estrategias para sobrevivir en la pobreza.
En todos ellos, Dahlia, cofundadora y codirectora de la organización feminista Morras help Morras, desanda la fábula de la sororidad sin contradicciones, así como la violencia del narcotráfico incrustada en la vida cotidiana y la potencia literaria del lenguaje callejero. “No creo en esa idea cursi de que por ser mujeres vamos a cuidarnos automáticamente”, dice en entrevista con Clarín, desde México.
Durante la charla, De la Cerda desentraña la complejidad de las redes comunitarias en contextos de precariedad, rechaza la neutralización del español latinoamericano y defiende que la vida continúa –con memes, música, chismes y fiestas– aun en medio de un país sumido en el narcotráfico.
Con Perras de reserva, traducido al inglés, al italiano, al francés, al alemán, al turco, al griego, al portugués y al polaco, la escritora y activista mexicana explica de qué manera lo universal nace de lo cotidiano, qué hay de autoficción en su obra y por qué se niega a que la literatura sea un simple refugio o una corresponsalía de la violencia.
“Me senté en la taza del baño, oriné sobre la prueba de embarazo y esperé el minuto más largo de mi vida. Positivo. Me dio un ataque de pánico y luego una discreta felicidad; me acaricié con ternura el vientre. Siempre que veía esas escenas de una chica en un retrete aguardando por saber si estaba embarazada me parecía patético. ‘Esto es patético’, pensé. Aunque, siendo honesta, estoy acostumbrada a ser patética, quizás por eso me identifico con personajes como Jessica Jones o como Penny Lane de “Casi famosos”. Me levanté, lavé mi cara y salí del baño. Me dejé caer sobre la cama”, comienza “Perejil y Coca-Cola”.
–Las protagonistas de Perras de reserva son fuertes, pero siempre están construyendo una red de mujeres, ¿cómo pensaste esto?
–Yo tendría cuidado con llamarlas mujeres fuertes porque siento que a las mujeres siempre se nos exige ser fuertes, resilientes, sororas, ejemplares y un montón de cosas que a los personajes masculinos no se les exigen. A mí me interesaba escribir mujeres que pudieran ser fuertes pero también frágiles, cobardes, violentas, mezquinas, contradictorias, generosas, culeras. Mujeres completas. Y sí me interesaban muchísimo las redes entre mujeres porque en los contextos de precariedad muchas veces son las mujeres las que terminan sosteniendo la vida. Las amigas, las vecinas, las madres, las hermanas, las compañeras. Pero tampoco quería romantizar esas redes. Entre mujeres también hay violencia, competencia, traición, clasismo, racismo. No creo en esa idea medio cursi de que por ser mujeres automáticamente vamos a querernos y cuidarnos. Lo que sí creo es que cuando las instituciones abandonan a ciertas poblaciones, las redes comunitarias y afectivas muchas veces son lo único que queda.
–En todo el libro mete la cola el narcotráfico, ¿cómo es vivir y escribir en un país azotado por las violencias?
–Es que en México el narcotráfico no es una cosa que ocurre en un universo aparte donde viven los narcos. Está metido en la economía, en la política, en las instituciones, en los barrios, en las familias, en nuestras conversaciones y hasta en nuestra cultura popular. Incluso si nunca has tenido ninguna relación directa con el narcotráfico puedes vivir las consecuencias de la llamada guerra contra las drogas. A mí además me interesa mucho cuestionar la manera en que contamos esas violencias. Porque durante años hemos construido una narrativa muy cómoda donde hay unos monstruos llamados narcos y del otro lado está el Estado tratando de combatirlos. La realidad es muchísimo más compleja. Hay corrupción, impunidad, violencia institucional, pobreza, prohibicionismo, desigualdad y territorios enteros donde la frontera entre crimen organizado y Estado puede volverse muy difícil de distinguir. Escribir desde México implica escribir en medio de todo eso. Pero tampoco quiero que la literatura mexicana quede condenada a ser una especie de corresponsalía permanente de la violencia. En México también cogemos, nos enamoramos, nos reímos, hacemos memes, escuchamos música culera, tenemos chismes, cuidamos animales, vamos a fiestas. Incluso en contextos terribles la vida sigue siendo vida.
–¿Cómo pensaste a las protagonistas? Porque hay universitarias, amas de casa, sicarias, beatas y prostitutas, pero todas tienen algo en común.
–Justamente quería romper con la idea de que existe una experiencia universal de ser mujer. No existe. Ser mujer no significa lo mismo si eres rica o pobre, si estudiaste una carrera o apenas terminaste la primaria, si eres blanca o racializada, si vives en el centro de una ciudad o en una periferia, si eres heterosexual, lesbiana, trans, si eres una trabajadora sexual, una universitaria o una señora profundamente religiosa. Pero hay estructuras que atraviesan esas diferencias. La violencia de género es una. La precariedad es otra. La maternidad y los mandatos alrededor de ella. El aborto. La sexualidad. La clase social. El deseo de escapar del lugar que te asignaron. A mí me interesaba poner a mujeres muy diferentes unas junto a otras y ver qué ocurría. No quería demostrar que, en el fondo, todas somos iguales porque no lo somos. Me interesaba mostrar que podemos ser radicalmente distintas y aun así existir dentro de estructuras que nos conectan.
–¿Qué hay de vos en ellas?
–Un chingo. Pero no necesariamente en el sentido autobiográfico de que todo lo que les pasa me pasó a mí. Hay cosas que sí vienen de mi experiencia y otras que vienen de historias que escuché, de mujeres que conocí, de cosas que vi, de noticias, del barrio, de mi imaginación. Lo que sí hay muchísimo de mí es la mirada. Mi sentido del humor. Mi manera de entender la violencia. Mis contradicciones. Mi relación con la clase social. Mi feminismo. Mi fascinación por la cultura popular. Mi manera de escuchar hablar a la gente. Incluso personajes que aparentemente no tienen nada que ver conmigo están atravesados por mi manera de mirar el mundo. Yo siempre digo que la autoficción no es solamente escribir: esto me pasó. A veces lo más autobiográfico de un libro no son los acontecimientos sino la mirada.
–¿Cómo reconstruís el hablar popular, de la calle, los diálogos, escuchándolas en las calles?
–Escuchando. Llevo toda la vida escuchando hablar a la gente. Me interesa muchísimo cómo habla la gente y además creo que el lenguaje popular tiene una potencia literaria brutal. Los albures, los regionalismos, las groserías, los diminutivos, los apodos, las maneras de insultar y de demostrar cariño. En México una misma palabra puede significar cinco cosas dependiendo del tono con el que la dices. Pero tampoco hago una transcripción documental del habla. La literatura es artificio. Yo escucho cómo habla la gente y después construyo una versión literaria que produzca la sensación de oralidad. Hay ritmo, edición, selección. Quito cosas. Exagero otras. Cambio palabras. Un diálogo que parece completamente natural probablemente está trabajado un chingo. También hay una decisión política ahí. Durante mucho tiempo cierta literatura ha tratado el lenguaje de las clases populares como un lenguaje incorrecto que necesita ser limpiado para convertirse en literatura. A mí me interesa exactamente lo contrario. No quiero enseñarle a hablar correctamente a nadie. Quiero explorar todo lo que ese lenguaje ya puede hacer literariamente.
Durante mucho tiempo cierta literatura ha tratado el lenguaje de las clases populares como un lenguaje incorrecto .
Dahlia de la Cerdaescritora mexicana
–¿Qué sentís que el libro haya sido traducido a tantos idiomas?
–Me sigue pareciendo rarísimo y muy emocionante. Porque Perras de reserva es un libro profundamente mexicano y además profundamente localizado. Está lleno de referencias, palabras, códigos culturales y formas de hablar que yo jamás escribí pensando en que alguien en otro país tendría que entenderlas. Y precisamente por eso me emociona que viaje. Creo que durante mucho tiempo a los escritores latinoamericanos se nos ha pedido escribir pensando en una especie de lector internacional imaginario. Explicar nuestras palabras. Neutralizar el español. Hacer nuestras culturas fácilmente consumibles. Yo hice exactamente lo contrario. Escribí desde un lugar muy específico y confié en que el lector podía hacer el esfuerzo. Entonces descubrir que una historia extremadamente local puede llegar a una persona que vive a miles de kilómetros y producirle algo me parece increíble. También me confirma algo que siempre he pensado: lo universal no necesariamente nace de borrar lo particular. A veces mientras más específico eres, más lejos puedes llegar.
–¿Pensás que la literatura es un refugio ante tanta violencia en el mundo?
–Para algunas personas sí. Para mí no sé si la palabra sería refugio. La literatura no me protege de la violencia. Un libro no va a detener una bala, no va a eliminar un feminicidio, no va a acabar con la pobreza ni va a sustituir una política pública. Me parece peligroso adjudicarle a la literatura poderes mágicos que no tiene. Pero sí creo que la literatura puede hacer otras cosas. Puede ayudarnos a nombrar experiencias. Puede construir memoria. Puede incomodar. Puede permitirnos entrar durante unas horas en la cabeza de alguien que vive una realidad completamente distinta a la nuestra. Puede generar conversaciones. Incluso puede generar pleitos y a mí los pleitos literarios me encantan. Y para muchas personas sí puede ser un espacio de acompañamiento. A mí me han escrito lectoras para decirme: pensé que esto solamente me había pasado a mí. Para mí eso ya es muchísimo. No creo que la literatura vaya a salvar al mundo. Pero sí creo que puede hacer que algunas personas se sientan menos solas mientras estamos aquí tratando de sobrevivirlo.
–Leo un poco de todo y soy bastante promiscua como lectora. Me interesa muchísimo la literatura escrita por mujeres, la literatura latinoamericana, la literatura de los márgenes, el terror, el gótico, la autoficción, el ensayo y las escrituras que mezclan géneros y que no sabes muy bien en qué pinche estante de la librería poner. También consumo muchísima cultura que no necesariamente pertenece a lo que entendemos como alta cultura. Me interesan los corridos, el rap, los memes, el true crime, internet, los chismes, la cultura popular. Todo eso también alimenta mi escritura. No tengo demasiado respeto por la división entre cultura alta y cultura baja. Puedo estar leyendo teoría feminista o un libro que ganó un premio literario importantísimo y después pasar horas viendo una cosa completamente vulgar en internet. Para mí todo eso forma parte del mismo ecosistema. Soy escritora porque soy lectora, pero también porque soy una vieja bien chismosa y me interesa muchísimo observar cómo vive, habla y se relaciona la gente.
Dahlia de la Cerda básico
- Nació en Aguascalientes, México, en 1985. Es licenciada en Filosofía, ha sido empleada de un call center, un bar y una fábrica de dulces, y ha trabajado como editora de noticias internacionales y como vendedora de Avon, de ropa de segunda mano y de rosas negras en la calle.
- Es cofundadora y codirectora de la organización feminista Morras Help Morras y participa en dos podcasts: Escribe como morra y Morras vs fundamentalismos.
- Sexto Piso ha publicado su libro de cuentos Perras de reserva (2023), Premio Nacional de Cuento Joven Comala, y su crónica personal Desde los zulos (2024).
- Sus obras han sido traducidas al inglés, italiano, francés, alemán, turco, griego, portugués y polaco.
- Con Medea me cantó un corrido ha sido finalista del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero.
Perras de reserva, de Dahlia de la Cerda (Sexto Piso).










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