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“Más se perdió en la guerra de Irán”

Como mucha gente de su generación, mi madre relativizaba las pequeñas desgracias de la vida diciendo “Más se perdió en la guerra de Cuba”, aquella que marcó el hundimiento del imperio español en 1898. En esa ocasión los ganadores fueron los Estados Unidos.

Hoy cabe preguntar si llegará el día en el que los estadounidenses se consolarán ante las pequeñas desgracias de la vida diciendo “Más se perdió en la guerra de Irán”. Nunca una potencia global perdió tanta credibilidad, tanto prestigio y tantas alianzas en tan poco tiempo.

Como observó esta semana el ilustre “think tank” International Crisis Group, “El hecho de que la potencia militar más fuerte del mundo, en cooperación con la agencia de inteligencia más poderosa del mundo —la de Israel—, no haya sido capaz de alcanzar ninguno de sus objetivos estratégicos contra una potencia regional de tercera categoría es realmente asombroso”. Y, podría haber agregado, catastrófico.

Recordemos que cuando Donald Trump sucumbió en febrero a los cantos de sirena de Binyamín Netanyahu e inició el bombardeo de Irán lo hizo con el propósito declarado de derrocar el régimen de los ayatolàs y acabar con su programa nuclear. Lograron asesinar a buena parte de la cúpula del régimen y a más de cien chicas de colegio, pero hoy los que mandan en Teherán están más consolidados en el poder que a principios de año y sus promesas de no persistir con sus ambiciones nucleares siguen siendo igual de fiables que siempre. O sea, poco.

Poco porque si en algo podemos confiar es que Trump no volverá a recurrir a la fuerza militar en Irán para imponer sus objetivos. No lo hará porque sabe que, gracias al épico fracaso de su aventura con Israel, Irán ha descubierto que ya tiene su arma de destrucción masiva, control sobre el estrecho de Ormuz. Tiene la capacidad de cortar el 20 por ciento del flujo de petróleo mundial de un día al otro, como si de un grifo se tratara, y con consecuencias económicas calamitosas para todos los continentes.

Miren lo potente que es esta arma. A cambio de que Irán reabra el estrecho, o sea de volver al estatus quo antes de la guerra, Estados Unidos se ha comprometido en el acuerdo firmado esta semana ha permitir el libre tráfico de petróleo iraní, a quitar las sanciones económicas a Irán, a contribuir a que Irán reciba 300 mil millones de dólares en reparaciones para la reconstrucción de su país tras los daños causados por los bombardeos de EEUU e Israel. Al comienzo de la guerra Trump exigió “la rendición incondicional” de Irán. Lo que vemos hoy es la rendición incondicional de EEUU.

Vemos a la vez los intentos desesperados de Trump de vender el naufragio de Ormuz como una victoria. Es su especialidad. Lo hizo cuando perdió las elecciones presidenciales de 2020. Esta vez ni sus seguidores se lo creen. La derecha norteamericana está que arde.

Mientras la televisión estatal iraní celebra su victoria con música triunfal, las redes afines a Trump y los periodistas que apoyaron su guerra resuenan con chillidos de indignación. Por dar un par de ejemplos entre miles, aquí van los comentarios de Marc Thiessen, el fan boy número de Trump uno en el Washington Post, y de Brett Stephens, columnista del New York Times rabiosamente partidario de Israel.

Thiessen sobre las prometidas reparaciones: “Como ofrecer el Plan Marshall para reconstruir Alemania mientras los Nazis permanecían en el poder”. Stephens sobre la guerra en su totalidad: “Hay una palabra para describir esto: debacle. Esta ficción de paz representa un acto de autolesión geopolítica que lastrará nuestra credibilidad y nuestra posición internacional durante años.”

Correcto. Nadie se imaginó que esto acabaría en una humillación tan tremenda para el país que Irán describe como “el gran Satanás”.

Irán es otro Satanás, pero peor. A aquellos de la izquierda internacional que tanto odian a Estados Unidos, con o sin Trump, les preguntaría en qué país preferirían vivir, ¿EEUU o Irán? Si contestasen Irán, les diría que no se enteran. Les diría lo mismo si afirmaran que preferirían vivir en Irán a Israel, y con más irritación si fueran mujeres o a gays.

Otro consecuencia de esta guerra que Trump eligió iniciar es que, mientras EEUU pierde credibilidad internacional, Irán la gana. En Occidente no tanto, pero para muchos en África y en Asia Irán es el bueno de la película. En Paquistán hubo enormes manifestaciones a favor de Irán en marzo. En India gente donó dinero e inclusive joyas familiares para financiar medicamentos para los iraníes. En África, de arriba a bajo, la prensa clama por desligarse de “los sistemas de control” norteamericanos, cosa que, por cierto, ya están haciendo los europeos y los canadienses.

Los israelíes se consideran los grandes perderores de esta guerra, entre otras cosas (como que Irán se ha fortalecido) porque su “relación especial” con EEUU se está diluyendo como nunca. Saben que ya no pueden depender más, hagan lo que hagan, de la ayuda incondicional política y militar de Washington.

Pero los que han perdido más que nadie no son los israelíes sino los propios iraníes, la enorme mayoría de los cuales detesta al régimen que los gobierna. No olvidemos que la represión iraní contra sus opositores internos en enero cobró muchas más vidas que los bombardeos de EEUU e Israel. Ahora la tiranía iraní tiene más fuerza no solo fuera sino dentro de su país. Y Trump abandonará a los iraníes a su suerte, igual que abandonó a otros que pretendio en su momento “liberar”, los venezolanos.

Ahora, agárrense, se aproxima otra guerra, versión siglo XXI, en Cuba. Un cambio de régimen aquí, una victoria para un hombre que detesta más que nada la percepción de que es un perdedor, parece esta vez probable. Si es así, los compinches varios de Trump prosperarán. Pero el bienestar del pueblo cubano, olvídense.

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