Lionel Scaloni camina por una playa de Valencia. “¿Vos sabés que estás loco, no?”, le dice Pablo Aimar, con quien arma de urgencia la convocatoria para un amistoso contra Guatemala. Pasaron poco menos de ocho años de esa secuencia, ya ultraconocida. Scaloni camina por una de las canchas del Compass Minerals Center de Kansas City. Se le acerca Aimar. El calor es el mismo, no es el agua del Mediterráneo la que los salpica, sino la de los aspersores del complejo que eligieron como búnker para el Mundial. Es la previa de los 16avos de final contra Cabo Verde. Su partido número 100 como entrenador de la Selección Argentina. “Nunca en mi vida lo pensé, son un montón, más con esta camiseta. La verdad que muy lindo momento”, había respondido ante la consulta de Clarín en la conferencia de prensa previa al duelo frente a Jordania.
Es muy probable que ni en sus mejores sueños haya imaginado lo que pasó después. Lo deseaba, seguramente. Porque el hombre nacido en Pujato hace 48 años fue el que cerró esa estúpida grieta argentina que como un mandamiento obliga a ir hacia uno y otro lado, hacia César Luis Menotti o Carlos Salvador Bilardo. Nació en la víspera de la primera estrella (mayo de 1978). La segunda, confesó hace poco, la vio en la tele de la casa de su abuela. Y la tercera la bordó él mismo en Qatar 2022. Y lo hizo con lo mejor de ambos estilos, para crear la Selección más importante de la historia.
Lo logró, también, con un estilo bien marcado, sin histrionismo y sin venganza. Porque cuando ganó los cuatro títulos (las dos Copas América, la Finalissima y el Mundial) podría haberse parado frente a todos aquellos que, con prejuicios lo descalificaron para el lugar que le entregó el presidente de la AFA, Claudio Chiqui Tapia, y que ahora lo pone en la mira del récord de Guillermo Stábile (124, en dos ciclos y con seis títulos de Copa América).
“Cuando las críticas te hacen más fuerte, trabajás en silencio y seguís para adelante, ahí es cuando las cosas pasan”, resumió un posteo de redes sociales que acumula esas críticas -muchas despectivas- que llenaron horas y horas de los canales de TV y los programas de radio.
El Gringo le dijo a Clarín: “No me preocupa qué se va a decir. A mí me interesa que la gente se haya sentido identificada con la propuesta del equipo, de que fuimos una Selección representada, que representaba a su gente”.
En el fútbol, dicen, está todo inventado. Solo hay que saber acomodar las piezas. Miren si será lógica su forma de conducción que en su primer partido (contra Guatemala, en 2018) y en su número 99 (frente a Jordania, este Mundial) usó los mismos tres jugadores en el mediocampo: Exequiel Palacios (jugó de lateral derecho), Leandro Paredes y Gio Lo Celso. En el medio hizo debutar a 65 futbolistas con la Albiceleste.
Lo mejor que construyó fue una identidad. A contramano del fútbol moderno, quizá. De ese que surge de Europa y parece ser lo absoluto. Del que empuja hacia adelante a una velocidad de una story de Instagram. Lionel juntó talento, buscó equilibrio y armó un esquema funcional para el otro Lionel. Pero principalmente bajó un mensaje contra la tendencia existente. Un partido de la Selección no era “todo”. Desdramatizó y despresurizó la cabina de comando albiceleste.
Scaloni fue el primero en creer en la Scaloneta. Armó una videollamada con Lionel Messi y le contó que iba a darle la posibilidad a una nueva camada. “La idea es reclutar o que jueguen con la camiseta de la Selección la mayor cantidad de chicos posibles”, reveló, años después, que le contó.
Su experiencia en Rusia 2018 como asistente de Jorge Sampaoli había sido clave para hacer un diagnóstico preciso desde adentro. ¿Qué pasaba que tanto Messi como el resto la rompían en sus clubes y no rendían en la Selección? Scaloni cambió ese paradigma. Hoy, los jugadores juegan en sus clubes por lo que hacen en Argentina.
Y el caso de Messi es paradójico. Cuando lo natural sería que a sus 39 años el rendimiento vaya hacia abajo, la mejor versión de la Pulga apareció en este Mundial. Ocho DTs lo dirigieron en la Selección (Pekerman, Basile, Maradona, Batista, Sabella, Martino, Bauza y Sampaoli), ninguno lo hizo rendir como Scaloni. Hizo 58 goles en 74 partidos bajo el mando del Gringo (0,78 en promedio), mientras que en sus 128 apariciones anteriores convirtió 65 (0,51).
¿Qué encontró el rosarino? “A lo mejor, naturalidad, saber que tiene al lado un grupo de amigos, de gente que se va a brindar al máximo por él, que lo ven como si fuera un dios, pero también como un pibe de barrio”, explicó el DT. Se ganó el respeto, Scaloni. El de afuera, pero principalmente el de adentro. Es jugadorista, se preocupa por lo que les pasa, por lo que piensan, por lo que sienten. Como cuando se queda charlando 40 minutos con Lautaro Martínez durante la gira previa de esta Copa del Mundo en Auburn. Pero, a su vez, no se casa con nadie. Si tiene que optar por Facundo Medina porque lo ve mejor que el seguro Nicolás Tagliafico, lo hace. Si en medio de un partido tiene que sacar a Cuti Romero porque tuvo un golpe y no lo ve bien, lo hace.
En este camino, también hubo turbulencias. Dos momentos de la línea de tiempo provocaron dudas sobre si seguir o no en el cargo. La primera la cuenta Diego Borinsky en su biografía: “Estábamos en San Juan, en el estadio (después de un partido contra Brasil) y Leo (Messi) se volvía a París. No sé, habrá sido una hora después del partido. ‘Vení que quiero hablar algo con vos’, le pedí. Quedamos solos. Le dije: ‘Escuchame, yo estoy eternamente agradecido a todos ustedes, especialmente a vos, por el comportamiento y lo que fueron estos años. Pero para mí ya está. Para mí no hay más nada después de esto, después de haber ganado una Copa América y clasificar a un Mundial. No sé si estoy con fuerzas para seguir. Estoy con los problemas de salud de mis viejos y no te quiero fallar a vos, Leo”.
“’¿Y qué te pensás? -le respondió Messi-, que cuando vos te vayas de la Selección, ¿no vas a tener estos problemas en un club?’. Me recomendó ’tratarme con alguien’ y le dije que tenía razón”.
El segundo también fue después de un partido contra Brasil, pero en el Maracaná. La primera vez que alguien ganó en territorio brasileño un partido por Eliminatorias, con un cabezazo de Nicolás Otamendi, a fines de 2023. “Está complicado seguir”, lanzó como una bomba en la conferencia de prensa. Los jugadores, en el vestuario, se enteraron por las redes sociales y los mensajes que le mandaban sus amigos y familiares.
Todo se acomodó con el tiempo. Ahora está otra vez embanderado en la causa. Quiere ser más que leyenda, lograr lo que solo dos selecciones (Italia 1934-38 y Brasil 1958-62) consiguieron.
Incluso proyectado hacia el futuro de Argentina, ese que un papel dice que terminará el 31 de diciembre próximo. “Si todos estamos de acuerdo y se llega a un buen puerto, no creo que haya problemas”, reconoció antes de esta Copa del Mundo. No hay lugar mejor que Ezeiza para Scaloni. El part-time le permite acompañar a sus hijos y su mujer en Mallorca, a sus papás y hermanos en Pujato, y dirigir a los mejores futbolistas del mundo.
Lionel Sebastián Scaloni hizo la metamorfosis. Se despertó tras un sueño intranquilo —al igual que Gregorio Samsa, el personaje de Franz Kafka— con la tarea de devolverle la grandeza a la Selección. No amaneció como un monstruoso insecto. Sólo se convirtió en uno de los entrenadores más grandes de la historia del fútbol argentino.
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