Faccionalistas y corruptos

El presidente Milei decía que gobernaba instalado en un “triángulo de hierro” integrado por su hermana y el asesor privado sin responsabilidad pública Santiago Caputo. Ya no hay más triángulo; duró poco tiempo, mientras permanece intacta una relación de hermano a hermana que parece atada por un cordón de titanio. Tan férreo es el vínculo. Sin embargo, esa fusión, matriz persistente del denominado en el pasado “gobierno de familia”, enlaza asimismo una continuidad más profunda que desmiente, en algunos aspectos, la pretendida transformación total del país llevada a cabo por una “batalla cultural”. Lo viejo y lo nuevo.

Si lo nuevo busca cambiar una economía declinante y en constante sobresalto en tanto legado del populismo, lo antiguo, arraigado en la naturaleza de la política, reaparece de la mano del faccionalismo y la corrupción. Durísimo renacimiento de lo que creía sepultado. El faccionalismo estalló ostensiblemente en el ya superado “triángulo de hierro”. Mediado por intensos agravios en las redes sociales, reaparecen en el Gobierno espectáculos lamentables propios de incidentes pasados. No solo el insulto gravita sobre los supuestos enemigos de la casta, un atributo tan flexible que cambia según las circunstancias. También los ultrajes revierten en estos días sobre los propios gobernantes.

Si antes el signo del faccionalismo era la violencia, como muestra en ciertos momentos el curso histórico del peronismo, en esta cultura, inundada por la mutación tecnológica, se la encapsula en el celular que transmite el estrépito de las redes sociales. Algún escéptico podría afirmar que se trata de un progreso. Tal vez, siempre que el autoritarismo verbal no descienda hacia el sótano de lo fáctico; por ahora, en un estadio intermedio, el insulto se complementa con la coacción, expulsando a los periodistas acreditados en la Casa de Gobierno. Por lo visto, el respeto a la actitud crítica, típico del mejor aporte del liberalismo a la convivencia cívica, está de más.

¿Podrá la Argentina dar vuelta la página a estas idas y vueltas acerca de un mismo problema? La solución es sin dudas difícil debido a los desajustes que aquejan a nuestro sistema de partidos. En versión deseable, el partido debería levantar el primer dique de contención al avance del faccionalismo. No lo hace porque, de no reaccionar, el sistema de partidos corre la suerte de convertirse en un conglomerado de facciones. Por eso se apuesta a mantener intacto el régimen de primarias abiertas y obligatorias (PASO) pues es el instrumento más eficaz para encubrir, a través de competencias impuestas por la ley, esa grave falencia.

Con otra batería de proyectos de ley, el Gobierno advierte que estas carencias en el sistema de partidos pueden beneficiarlo. Ambiciona entonces eliminar las PASO ya que intuye que su aparato electoral, construido desde el Estado para ungir otro personalismo hegemónico, gana la delantera al resto de los partidos atenazados por faccionalismos y divisiones.

En rigor, las PASO no deben ser suprimidas, pero sí reformadas. Paradójicamente, su obligatoriedad no eliminó el faccionalismo; con lo cual, como hemos dicho desde que el kirchnerismo pergeñó esta defectuosa legislación, las PASO deberían ser voluntarias, optativas y responder a una inscripción previa de los participantes en los respectivos padrones partidarios; sería una manera de robustecer los partidos incentivando el espíritu de la asociación voluntaria.

Si al parecer el faccionalismo no decrece, la corrupción -otra continuidad mayúscula- alzó cabeza en el lugar menos esperado. No me refiero expresamente a la corrupción inherente al populismo; por ejemplo, en estos días se ha disparado otro episodio ligado al manejo espurio de los permisos de importación, un método que remite al primer peronismo a mediados del último siglo.

Más bien aludimos a las contradicciones de un Gobierno que, asumiendo el monopolio de la verdad y la virtud, dice conducir, por vez primera en nuestra historia, una administración impoluta, única representante de la moral. Tan impoluta no resulta ser cuando desde las más altas esferas hacen su agosto pequeñas y grandes corrupciones. Están a la vista de todos, gracias a la investigación periodística que, como suele acontecer, despierta odio y repudio.

No obstante, la pregunta acaso más trascendente no deriva exclusivamente de los tejes y manejos de los gobiernos con la justicia para desviar las acciones corruptas, sino de las raíces de esta cosa deforme. Al respecto, una hiriente novedad ofrece la AFA, la organización al frente de esa “pasión de multitudes” que es nuestro fútbol.

Aunque no resulte tan obvio, acaso convenga recalcar que tras esa oscura trama donde chapotea la dirigencia de la AFA con sectores políticos y judiciales, subyace una cuestión mayor. Esos pretendidos conductores, repudiados también por multitudes en los estadios, no brotan en efecto de un repollo; nacen, crecen y trepan a la cima del poder y la codicia de la entraña de la sociedad. La antigua admonición de Maquiavelo en los Discursos… adquiere pues cierta vigencia: “…un pueblo donde por todas partes ha penetrado la corrupción no puede vivir libre”.

Hoy por hoy, las libertades públicas, tributarias según el pleno sentido del concepto de la tradición republicana, lejos de doblegarse no decrecen. Pero la suma de sucesos corruptos genera un malestar teñido de pesimismo que va en aumento si además coexiste con dificultades económicas y con una desconfianza incesante producto de una lamentable historia de crisis y defaults. El malestar, el pesimismo y la desconfianza socavan el soporte de la legitimidad del régimen democrático.

Así estamos situados ante el derrumbe de aquel “triángulo de hierro” con un Presidente acosado por otro triángulo ficticio, en el cual su posición en un vértice que, día tras día, debe lidiar con los aciertos y efectos no queridos de la política económica, la hostigan el faccionalismo y la corrupción.

Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella

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