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Entre el miedo y la utopía: ¿Quién gobierna la IA?

Hay algo profundamente contradictorio en la manera en que estamos imaginando nuestro futuro. Mientras algunos anuncian que la inteligencia artificial terminará por desplazar al ser humano, otros prometen una civilización en la que las máquinas realizarán prácticamente todo el trabajo, la riqueza se multiplicará y las personas podrán dedicarse a vivir sin las obligaciones que durante siglos organizaron su existencia.

Entre el anuncio del apocalipsis y la promesa de una prosperidad sin precedentes se desarrolla una transformación que ya está modificando nuestra manera de trabajar, aprender, producir, comunicarnos y tomar decisiones. Sin embargo, cuanto más avanza la tecnología, menos parece avanzar nuestra capacidad colectiva para comprender sus consecuencias.

El problema no es que existan visiones diferentes sobre el futuro, sino que estamos discutiendo escenarios extremos mientras las decisiones que verdaderamente definirán ese futuro se están tomando ahora, muchas veces fuera del alcance de las instituciones democráticas y sin que buena parte de la sociedad tenga siquiera conocimiento de ellas.

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Cuando escribimos Democracia Algorítmica: cómo la inteligencia artificial está redefiniendo la política, junto con Federico Cerri Martínez, partimos de una convicción que hoy adquiere todavía mayor relevancia: la inteligencia artificial no puede entenderse exclusivamente como una innovación tecnológica, porque también constituye una nueva infraestructura de poder.

Su desarrollo no solo amplía las capacidades humanas, sino que modifica las relaciones entre los Estados, las empresas y los ciudadanos, altera los mecanismos mediante los cuales se produce y distribuye el conocimiento e introduce nuevos actores en procesos de decisión que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanos.

La cuestión central, por lo tanto, no consiste únicamente en determinar qué será capaz de hacer la inteligencia artificial, sino en comprender quién establecerá sus objetivos, quién controlará su funcionamiento, quién se beneficiará con sus resultados y quién asumirá las responsabilidades cuando sus decisiones produzcan consecuencias sobre la vida de las personas.

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Detrás de estas diferencias aparece una disputa mucho más profunda por la capacidad de establecer las reglas de la próxima etapa del desarrollo mundial. Los países que concentren el conocimiento, los recursos y la infraestructura necesarios para desarrollar inteligencia artificial tendrán una influencia considerable sobre aquellos que se limiten a consumir sistemas diseñados en otros lugares.

Para la Argentina, esta discusión tiene una importancia particular. No podemos permitirnos quedar atrapados entre la fascinación por una tecnología que no comprendemos completamente y la tentación de regular aquello que todavía no hemos desarrollado. Necesitamos construir capacidades propias, formar recursos humanos, fortalecer la investigación, promover la innovación y establecer condiciones institucionales que permitan aprovechar estas herramientas sin renunciar a la protección de los derechos individuales.

Pero existe otra dimensión de esta transformación que, aunque recibe menos atención que la competencia entre las grandes potencias, probablemente termine siendo igual de importante: lo que la inteligencia artificial está haciendo con nuestra propia capacidad de pensar.

Hoy podemos pedirle a un sistema que redacte un informe, analice un problema, formule una hipótesis o proponga una solución en cuestión de segundos. Esa posibilidad representa una oportunidad extraordinaria para liberar tiempo, ampliar nuestras capacidades y concentrar esfuerzos en actividades de mayor complejidad. Sin embargo, también introduce un riesgo que no deberíamos subestimar: confundir la facilidad para obtener una respuesta con la capacidad de comprenderla.

Aquí aparece una distinción que considero fundamental para comprender el verdadero desafío de esta época: no es lo mismo utilizar la inteligencia artificial para ampliar nuestra inteligencia que utilizarla para reemplazar el ejercicio de pensar.

Uno de los riesgos de la democracia algorítmica consiste precisamente en que una parte creciente de las condiciones en las que se forma la opinión pública dependa de sistemas cuyo funcionamiento resulta difícil de comprender y cuestionar.

Cuando la selección de información, la personalización de los mensajes y la intermediación de las plataformas quedan concentradas en un número reducido de actores, la discusión sobre la tecnología se convierte inevitablemente en una discusión sobre la distribución del poder.

La democracia necesita ciudadanos capaces de deliberar, instituciones que puedan rendir cuentas y decisiones públicas susceptibles de ser discutidas. Si incorporamos sistemas algorítmicos a la administración, la justicia, la seguridad o la prestación de servicios, debemos garantizar que la eficiencia no se transforme en una excusa para diluir responsabilidades. Una decisión automatizada puede ser técnicamente sofisticada y, sin embargo, resultar injusta, reproducir sesgos o generar consecuencias que nadie esté dispuesto a asumir.

Ningún algoritmo debería convertirse en un refugio para que quienes ejercen responsabilidades públicas puedan eludir las consecuencias de sus decisiones. La tecnología puede asistir a las instituciones, pero la legitimidad democrática continúa dependiendo de las personas y de los mecanismos que permiten controlar el ejercicio del poder.

En la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, asumimos esta agenda con decisiones concretas. Por ejemplo, creamos la Dirección General de Inteligencia Artificial para contar con un área especializada que acompañe la incorporación responsable de estas herramientas en el trabajo parlamentario y administrativo.

A la vez, avanzamos con la implementación del Sistema de Expedientes Digitales Administrativos (EDA), que permitirá reemplazar el papel, agilizar los tiempos de gestión, reforzar la seguridad documental y garantizar la trazabilidad en cada actuación. Esta transformación también genera las condiciones técnicas necesarias para incorporar inteligencia artificial en los procesos administrativos, siempre con supervisión humana y criterios institucionales claros.

Entre quienes anuncian la desaparición de la humanidad y quienes prometen una sociedad liberada de todas sus limitaciones, necesitamos recuperar una perspectiva que coloque a las personas en el centro de la discusión. No para negar las posibilidades extraordinarias de esta tecnología, sino para comprender que su verdadero valor dependerá de nuestra capacidad para convertirla en una herramienta de desarrollo humano.

Quizás la pregunta más importante de nuestro tiempo no sea si la inteligencia artificial llegará a pensar como nosotros, sino qué ocurrirá con nuestra capacidad de pensar cuando dispongamos de una tecnología capaz de hacerlo por nosotros.

Porque el verdadero desafío no consiste en construir máquinas cada vez más inteligentes mientras los seres humanos renunciamos progresivamente a ejercer nuestra propia inteligencia. Consiste en lograr que el extraordinario desarrollo tecnológico que tenemos por delante contribuya a formar personas más capaces, sociedades más justas e instituciones más democráticas.

El futuro no dependerá solamente de lo que la inteligencia artificial sea capaz de hacer, sino de aquello que nosotros decidamos no dejar de hacer.

Christian Gribaudo es Docente universitario. Director de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad del Este (UDE). Secretario Administrativo de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Coautor de Democracia Algorítmica: cómo la inteligencia artificial está redefiniendo la política.

Fuente

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