Asombrosamente, existen en latín dos palabras cuya cercanía fonética nos regala un significado y un sentido que la inescrupulosa Modernidad se ha empeñado en separar, primero, y en deconstruir y destruir por completo después: “vultus”, rostro, y “vulnus”, herida, una proximidad que lejos de expresar un accidente semántico revela una profunda y poderosa intuición filosófica.
Así, lo que de verdad mostramos al mundo no es una impenetrable máscara de fortaleza sino la iluminadora cicatriz de haber vivido, pues la fragilidad no es el defecto personal por antonomasia, la ruptura del yo, sino la firma y la cifra más cierta de quiénes somos.
Sin embargo, y al igual que la Modernidad de la que suele ser plagio de mala calidad, la cultura contemporánea ha declarado la guerra a esa rúbrica, es la sociedad del rendimiento de Han, un mundo que trata la vulnerabilidad como un error del sistema, como ese “homo homini virus” denunciado por Baudrillard, o como esa “hybris” tecnológica denostada por Sadin que promete eliminar toda imperfección.
Los griegos vislumbraron como nadie este conflicto solo en apariencia irredimible en su distinción entre “Moira” y “Kairós”. La “Moira” era el destino como “fatum” que determina y arrebata la libertad. El “Kairós” era la gracia: el instante en que algo inesperado irrumpe feliz y se abre paso en la trama cerrada de lo necesario. Sísifo, condenado a empujar su roca eternamente, es la imagen de la “Moira”: el esfuerzo sin fruto, la repetición sin sentido. Pero Albert Camus, en su célebre ensayo, propone imaginar a Sísifo feliz.
No porque haya vencido a la roca, sino porque en el descenso hacia el valle habita un espacio de conciencia que ningún destino puede colonizar. El “Kairós” fecunda la “Moira”. La gracia anida en la grieta.
También el pensador italiano Alessandro D’Avenia defiende la fragilidad como un arte, una competencia que hay que aprender, no suprimir. Y Martha C. Nussbaum argumenta en su obra “La fragilidad del bien” que precisamente porque el amor, la amistad y la felicidad pueden perderse, su valor es irreducible a algoritmo imperecedero: si fueran eternos e invulnerables, no nos importarían del mismo modo, y precisamente por eso la fragilidad no empobrece el bien, lo constituye: una jarra que no pudiera romperse no sabría contener el agua con esa humildad temblorosa.
En el canto XIX de la “Odisea”, Euriclea reconoce a Ulises por una cicatriz en el muslo, herida de juventud que el tiempo no ha borrado. El héroe no es el que no ha sido herido, es el que lleva su herida como un nombre propio, una identidad que ya no reside en la astucia del inventor del Caballo de Troya, sino en esa marca que nadie como él atesora.
De algún modo, la fragilidad es lo más original de la persona: lo que nos hace únicos e irrepetibles. Somos originales no a pesar de nuestras heridas sino gracias a ellas. Paradójicamente, hay que “avanzar” hasta el punto de partida, hacia el origen, y de aquí nace una concepción nueva de la libertad.
No basta con ser libre-de, liberado de ataduras externas. Tampoco es suficiente ser libre-para, orientado hacia un proyecto. El filósofo Alejandro Llano propone una tercera figura, la más exigente: liberarse-de-sí. Destinar no es recibir un destino sino destinar-se a otros: salir del propio centro, hacer de la vulnerabilidad un don, pues solo así el destino deja de ser “fatum” para convertirse en vocación.
T. S. Eliot lo escribió con precisión insuperable: “Para ir a donde no sabes, debes tomar el camino que es el camino de la ignorancia”. “Avanzar” es, extraña y misteriosamente, “regresar” al núcleo de uno mismo, pues solo desde el origen se puede ser “original”. Y quizás, al final, todo sea gracia, y no “Moira”, y la fragilidad no consista en lo que Dios tolera aburrido en nosotros, desvencijadas criaturas, sino, acaso, lo que más ama. Por eso, que la jarra contenga el agua. Que la grieta deje pasar la luz.






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