Hay algunos detalles que permiten espiar universos enteros.
Por ejemplo, las remeras prolijamente dobladas que en un cajón tapaban fajos y más fajos de dólares crocantes en el amplio vestidor de Martín Insaurralde, tal como mostró un video filmado por su exmujer, Jésica Cirio. Porque había otro montón de billetes guardados en una caja de zapatillas, y en una valija. ¿Por qué preocuparse por apilar dos remeras?
¿Qué los habrá llevado a intentar disimular semejante fortuna en efectivo con un método tan pueril? ¿Tanta impunidad acumulada y pretenden ocultarla así? ¿Pensarían que así podrían engañar a alguien en un allanamiento? ¿O siquiera a la empleada doméstica?
¿Cómo razona gente como esta?
Algo similar sucede con otro “detalle” conocido hace tiempo, pero confirmado ante la Justicia la semana pasada: Néstor y Cristina Kirchner se hacían llevar los diarios a Santa Cruz en el avión presidencial los fines de semana que se instalaban en el sur argentino.
Lo declararon extripulantes del Tango 10, que ratificaron, en un par de audiencias del juicio por los Cuadernos de las Coimas, que el matrimonio presidencial usaba la aeronave estatal para “trasladar sobres con resúmenes de prensa, diarios y revistas”. “Los vuelos diarieros”, les decían en la jerga.
Iban sin pasajeros, sin ninguna otra utilidad que el expresidente y la expresidenta pudieran leer los diarios en papel en lugar de contentarse con su edición online.
Cada vuelo le costaba al Estado unos 10.000 dólares sólo en combustible.
De nuevo, es un detalle en medio del sistema montado por los Kirchner para recaudar gracias a la obra pública. ¿Pero qué arrebato monárquico -justo ellos, tan revolucionarios- les alejó tanto los pies de la tierra que se sintieron con derecho a menospreciar o directamente ignorar la plata de todos nosotros que malgastaban en cada vuelo?
¿En algún momento se habrán mirado entre ellos mientras desayunaban en su casona de El Calafate, con Clarín y La Nación en las manos, y habrán pensado si no era demasiado?
El último detalle de esta columna fue revelado por Nicolás Wiñazki en este diario hace apenas horas: entre gastos y más gastos que hizo sin imaginar que debería justificarlos, Manuel Adorni se compró un flipper de Los Locos Addams. Lo instaló en el tercer piso de su ultra renovada casa del country Indio Cuá, en una habitación llamada el búnker porque tiene una puerta blindada propia.
Dicen que ese pinball, lanzado en 1992 y basado en la película de 1991, es el más vendido de la historia. Hoy vale, restaurado, entre 10.000 y 15.000 dólares.
¿Habrá soñado el jefe de Gabinete que en ese cuarto podría dejar salir a su niño interior? ¿Habrá imaginado Adorni, mientras pagaba esa fortuna por ese juguete, el placer que le proporcionaría aislarse del mundo concentrado únicamente en si la máquina le daba la multibola que se obtenía metiendo la pelota una y otra vez en la bóveda?
¿Qué les pasa por la cabeza en esos momentos a estas personas?
Mientras, entre tanta mugre, un extraterrestre nacido en la Argentina hace dos goles en Dallas y nos pone una sonrisa en la cara. No es el tema de esta columna, pero sepan disculpar.










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