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“Daría todo lo que tengo por hacer el último vino con Àlex Casademunt; nos encantaba sentarnos horas y horas en torno a una botellita”
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Iba para protésica dental, pero la vida le tenía preparados otros planes. “Estaba haciendo prácticas en un laboratorio y lo incendié… a lo mejor no era lo mío”, bromea Ares Teixidó (Lleida, 1987), quien tuvo sus primeros contactos con el mundo de la comunicación cuando era niña, al frente del programa infantil El núvol de la extinta COM Ràdio.
“Igual que mi madre me llevaba a hacer gimnasia rítmica los martes, los sábados me llevaba a la radio”, recuerda sobre esos primeros pasos en su Lleida natal que todavía huelen a sobremesas en familia. Aquella vocación temprana se transformó con los años en una carrera todoterreno por las cadenas locales y nacionales, pasando por concursos hasta el epicentro del entretenimiento. En 2015, su paso por la tercera edición de GH VIP se cocinó a fuego lento en la memoria colectiva: “La experiencia fue como un vino que entra fuerte; tuvo notas amargas, pero estoy agradecida”.
Instalada en una madurez que describe como su ‘prime’ y conviviendo con una diabetes tipo 1 que no ha mermado su amor por la comida, Teixidó compagina la vuelta a las ondas de Ràdio 4, al frente de Bon dia i bona sort con Vador Lladó y Montse Vidal, con una profunda transformación personal.
Entre arroces “con cuatro cositas de la nevera” improvisados, la brújula afinada para esquivar “vinos picados” y el recuerdo eterno de su inseparable Àlex Casademunt –“daría todo lo que tengo por hacer el último vino con él, nos encantaba”–, la catalana saborea la paz del presente. Por sus ganas de mantener intacta la ilusión y por defender que el éxito personal se construye a base de cicatrices, brindamos con ella para hablar de una trayectoria con cuerpo, de desengaños televisivos y de la belleza de exprimir, sin prisas, cualquier domingo.
Te llevaría a mi casa, que me acabo de mudar. Estoy feliz de la vida con mi nuevo hogar; después de 17 mudanzas a mis espaldas, creo que aquí he plantado el huevo. Te traería aquí porque, para empezar, me gusta mucho cocinar. A su vez, como me han salido 150 problemas intestinales y digestivos últimamente —lo del SIBO parecía una moda hasta que me he visto yo metida—, estoy con antibióticos, probióticos y cosas varias. Pero de lo malo he sacado algo bueno y estoy en un proceso maravilloso: trato a mi cuerpo como un templo sagrado y disfruto de cocinar cosas que son buenas para él.
Te pondría un vino blanquito y seco. Soy de vinos, pero más de ir con alguien que sepa. Por mi diabetes, lo único que pido es que no sea superdulce. He acostumbrado a mi paladar y ya no me gusta mucho; prefiero uno seco y me dejo de llevar. Lo de dejarme llevar no acostumbro a hacerlo con todo en la vida.
Sería un vino con carácter, que tiene cuerpo y es intensito, pero de los que mejoran con los años. Estoy llegando a mis 40 en mi ‘prime’. Nunca me había sentido tan bien, así que sería un vino que entra fuerte y te deja un buen recuerdo.
Sí, y eso ya indicaba lo que se venía. Debía tener ocho o nueve años cuando empecé. Era una niña y los sábados presentaba un programa infantil de la COM Ràdio donde hacía entrevistas. Igual que mi madre me llevaba a hacer gimnasia rítmica los martes y los miércoles, los sábados me llevaba a la radio.
Todavía no tengo el aroma o sabor en la cabeza y ya se me ponen los pelos de punta. El tema familiar me tira mucho; el otro día, mis hermanas y yo —soy la mediana de tres— hicimos la reflexión de que llevamos más años fuera de casa de los que estuvimos allí. Recuerdo el olor al café recién hecho, a cuando era pequeña y lo hacía mi madre por la mañana. Mi infancia también huele a sentarnos todos en torno a una mesa y disfrutar de lo que hubiera cocinado mi madre ese día. Hay sabores y aromas que te hacen viajar… Yo no he vuelto a oler el café igual.
Por supuesto. Cuando empecé en la televisión local de Lleida, acababa de estudiar prótesis dental. Estaba haciendo prácticas en un laboratorio y lo incendié… a lo mejor no era lo mío. Recuerdo decir: “¿Qué hago con mi vida? No sé qué me gusta”. Venía siendo curiosa con cosas como la radio desde pequeñita, pero nunca me lo hubiera planteado. Surgió la oportunidad de estar en una cadena local y aprendí de todo. Como la televisión y el periódico estaban juntos, aprendí a vender publicidad para la tele, a ser colaboradora, a escribir guiones, a coger una cámara…
Sí, pero sobre todo aprendí algo que me ha acompañado a lo largo de mi carrera: que un programa no lo hace solo quien está delante de la cámara. Parece una obviedad, pero aprendí el trabajazo que hay detrás. Por eso siempre me han molado mucho más esos proyectos donde yo he podido aportar; me encantan las labores de producción, me fascinan.
He pasado por muchos proyectos, pero agradezco hasta lo que fue mal… porque no tenía que ser. En esta profesión, hay formatos que parecen que van a ser superimportantes y desaparecen tal como vienen. Al principio me lo tomaba muy mal y recuerdo tener ansiedad con el tema de las audiencias en la ducha antes de ir a trabajar; lo cambié porque no podía vivir así. Con los años entiendes que un proyecto puede fracasar, pero tú no has fracasado. Todos los formatos en los que he estado me han dado herramientas, incluso los que han durado poco o han salido mal. Ahora sé que hay cosas que caducan antes, aunque estoy tan desencantada con la tele…
Por cómo ha ido todo en los últimos tiempos. Llegó un momento en el que no había nada que viese y dijera: “Me gustaría estar ahí”. Siempre había tenido referentes y programas que me gustaría hacer o en los que me gustaría participar.
Sí, un poco. La tele me sigue apasionando, pero la miro con menos ingenuidad. Me he dado cuenta de que el talento no siempre es el que decide y que hay proyectos que no dependen de ti. No es que haya perdido el amor por la tele, sino que he perdido la inocencia con la que llegué. Eso te hace dar pasitos atrás y ser mucho más selectiva. La tele me sigue enamorando, pero no la idealizo. Al menos, la que se está haciendo ahora. No quiero hacer tele a cualquier precio ni de cualquier manera.
¡Mi expulsión la vieron cinco millones y pico de personas! Fue muy heavy, como un vino que entra fuerte. Tuvo notas muy amargas, pero con el tiempo estoy agradecida por todo lo que me dejó. Al salir, más que la experiencia dentro, fue difícil digerir según qué cosas. Por la exposición, por la forma, por el trato de los programas de tele e incluso de la gente en la calle… a mí me sobrepasó muchísimo, me vino muy grande. Yo trabajo en televisión y podía entender lo que estaba pasando, pero veía llorar a mi padre porque estaban hablando de su hija en la tele de 10 de la mañana a 2 de la madrugada. Me superó el dolor y la incomprensión de mi gente.
Nunca renegaré de ellos; el formato reality me encanta. De todo lo que se hace ahora en la tele, es lo único que se sostiene; eso es una señal de que lo consumimos y nos gusta. Siempre seré defensora de los equipos que hacen esos programas, pero no me gusta el trato que se les da a según qué personas. A mí no me han vuelto a ofrecer nada en la casa. He dicho “no” a cosas, pero también hay que entender que han pasado 11 años y decidí desmarcarme mucho.
Si no pienso la respuesta, todo me lleva a momentos personales. Me siento orgullosa, porque mi trabajo ha sido lo primero durante muchos años. Embotellaría alguna etapa de mi vida. Las malas, sobre todo, que son las que han hecho que me transforme en una mejor versión.
Ha cambiado tanto que me hace reflexionar sobre el proceso que estoy viviendo. Lo maridaría con cero despertadores y muchos besos en la cama; estar con mi chica y que no hay nada más que nosotras… y todo con mucha calma. Durante años, me podía levantar con resaca o porque tenía un plan, por eso de llenar y tener planes siempre. Ahora, un domingo perfecto es ella y yo, algo rico para desayunar y ninguna prisa para terminar.
Un poco de todo. Me encanta cocinar de cuchara, como un plato de lentejas, pero últimamente cocino bastante sencillo; mucha verdura y carne o pescado a la plancha. Intento tener conciencia, y no solo por mi diabetes. Como bastante limpito entre semana porque madrugo mucho y necesito que el cuerpo me acompañe. Mi especialidad es hacer un arroz con las cuatro cositas que haya en la nevera. Soy especialista en improvisar y me encanta conseguir que parezca que tenía un plan.
Siempre defiendo que una persona con diabetes puede comer de todo. Simplemente, tiene que contabilizar los hidratos para inyectarse o decirle a la bomba cuánta necesita. No existen alimentos para diabéticos y a mí un donut de chocolate me va a sentar igual de mal que a ti. Es verdad que la diabetes me obligó a entender lo que como. Yo antes cocinaba o comía pensando en si estaba bueno y ahora pienso en cómo va a responder a eso mi cuerpo. La diabetes no me ha quitado el placer de comer.
Para mí, la gran conquista es el humor.
Por suerte, o por desgracia más bien, he tenido varias parejas con las que he convivido que vivían a base de ultraprocesados. Es verdad que soy de Lleida y mi perdición son los caracoles, pero a mí se me conquista haciéndome reír. Durante años he pensado que el amor tenía que ser intensidad, pero tiene que ser hogar, risa, cuidado y mimo. Eso es lo que estoy viviendo ahora.
Los mejores brindis son los que no celebran lo que tienes, sino en quién te has convertido. El mejor brindis nunca será por un éxito, sino por darme cuenta de que estoy donde quiero estar. Estar bien, enamorada, en paz, trabajando de lo que me gusta… sentirme en mi máximo esplendor es el mejor brindis.
Sí. Años atrás era muy confiada con las personas y he afinado el olfato para detectar quién me va a sumar y quién me va a dejar mal cuerpo. Antes, cuando me encontraba con un ‘vino picado’, pensaba: “Hay que darle una segunda oportunidad”. Todo el mundo se equivoca, pero he aprendido que no todo lo que tiene una buena etiqueta merece quedarse en tu mesa. A mí me las han colado de todos los colores y no siento ninguna pena por la gente que he dejado atrás. Les estoy agradecida, pero he sostenido demasiados ‘vinos picados’ en mi mesa.
Descubrirías que, evidentemente, hablo mucho, pero escucho bastante mejor de lo que parece. Es algo que la gente no hace, tener una escucha activa, y es una de las cosas que más me gustan de un ser humano. También descubren que soy más tranquila de lo que parezco. Soy intensa, pero no estoy todo el rato en el mood de entretener. Soy una persona muy casera, muy de los míos. Y muy sensible, que es algo que durante años creí que era un defecto y todo lo contrario.
Àlex Casademunt es el primero y los otros dos me sobran. Daría todo lo que tengo por hacer el último vino con él; nos encantaba. Nos sentábamos horas y horas en torno a una botellita y un pica-pica. Le debo mucho a Àlex por la transformación que estoy viviendo; murió con la edad que tengo ahora, 39 años. Era el hermano de sangre que no tuve. A veces veo que nos quejamos por vicio, pero dices: “Estamos vivos, estamos aquí”. Parece un tópico, pero es la realidad. Lo de Àlex fue inhumano, pero en la vida nos irá faltando más gente con la que brindar en nuestras sobremesas. Yo sigo brindando —y viviendo— por él y por los que no están.
Por seguir teniendo ese hambre profesional después de tantos años y por todo lo que me queda por hacer, que siento que es mucho. El 7 de septiembre volvimos a Ràdio 4 con el Bon dia i bona sort, de lunes a viernes de 6 a 8 h. La radio te da una estabilidad que la tele no te da y amo el equipo con el que trabajamos. Brindo por muchos años más.
Por sentirme bien conmigo misma y por esa paz que he encontrado y tanto había anhelado durante años. El amor ha puesto mi vida patas arriba, pero a la vez me ha colocado en su sitio. Brindo por estar enamorada, por el amor a la vida y por todo lo que se viene.
Siempre he intentado vivir mucho el presente, pero brindaría por seguir teniendo ilusión. Por seguir viviendo como lo estoy haciendo; sin prisa, pero sin pausa, disfrutando del momento. Y por seguir teniendo a toda esa gente que me rodea sentada en mi mesa. Por sentir que he construido una vida de la que no quiero escaparme.
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