Verónica Ventura -desde sus espacios Dogtopia (dedicado al acompañamiento de familias con perros) y Entre Mentes (un lugar de formación y divulgación sobre ciencias del comportamiento para la convivencia)- se encuentra desarrollando un enfoque centrado en el funcionamiento regulatorio.
Esto es, una forma de entender la conducta, el bienestar y las desregulaciones conductuales de los animales que va mucho más allá de la obediencia.
Así, Ventura invita a repensar la convivencia, el tiempo que compartimos con nuestros perros y, en definitiva, el lugar que ocupamos como una especie más dentro de la naturaleza.
«Convivir es más amplio que vivir juntos»
-Cuando hablamos de convivencia, ¿qué significa realmente compartir la vida con otro animal?
-Para mí es importante no pensar la convivencia como si conviviéramos o no con otros animales. En realidad, hay distintos niveles de convivencia, y esto pasa tanto entre humanos como con otras especies. Para mí, convivir es más amplio que vivir juntos.
Estamos hablando de cómo compartimos espacios y recursos con otros individuos y otras especies, cada uno con sus propias necesidades y sus propias formas de habitar el mundo. Y hay algo que me parece especialmente importante: convivir no necesariamente significa interactuar.
A veces, una buena convivencia también implica poder dejar espacio, respetar límites y aceptar que el otro no tiene por qué querer relacionarse con nosotros. A veces, convivir bien es, simplemente, aprender a dejarnos existir unos a otros.
-¿Cómo se organiza la convivencia?
-Cuando un animal forma parte de nuestra familia no es simplemente un animal que vive en casa. Compartimos espacios, rutinas, actividades, momentos del día y estados de ánimo. Dormimos, comemos, paseamos, descansamos y organizamos nuestra vida teniendo al otro en cuenta.
Eso implica una cantidad enorme de acuerdos y negociaciones cotidianas entre individuos que, además, tienen necesidades, preferencias y maneras de percibir el mundo diferentes.
-¿Y esa convivencia cambia fuera del ámbito familiar?
-Un perro puede manejarse perfectamente dentro de su familia y necesitar otras habilidades para moverse con desconocidos, otros perros, niños, bicicletas, ruidos y un montón de cosas que no puede controlar. Y nosotros también necesitamos aprender a manejar esos encuentros y a respetar las necesidades de los demás.
Incluso convivimos con animales con los que prácticamente no tenemos una relación directa. Compartimos territorio con especies silvestres y con las llamadas especies liminales, animales que viven en ambientes humanos o aprovechan recursos asociados a nosotros, aunque no estén bajo nuestro cuidado ni formen parte de nuestras familias.
-Vivimos en una sociedad cada vez más acelerada. ¿Qué ocurre con nuestro vínculo con los perros cuando también aceleramos el tiempo que compartimos con ellos?
-Vivimos en un mundo en el que estamos expuestos a una cantidad enorme de información y de estímulos; sentimos que nos falta tiempo, que tenemos demasiadas cosas para hacer y que frenar o hacer algo lentamente es casi una pérdida de tiempo. Y creo que eso tiene costos para todos.
Además, nuestro mundo humano está muy centrado en el hacer. Hacer está asociado con productividad, con aprovechar el tiempo, incluso con éxito. En cambio, no hacer se asocia fácilmente con aburrimiento, pereza o con estar desperdiciando el tiempo. Y creo que, sin darnos demasiado cuenta, hemos trasladado esos mismos valores a la vida de nuestros perros.
Pareciera que para darles una buena vida tenemos que estar proponiéndoles constantemente cosas para hacer: actividades, juegos, paseos, estimulación, experiencias nuevas. Y todo eso puede ser importante, por supuesto, pero las necesidades de un individuo abarcan bastante más que hacer cosas.
-¿Qué rol juega el tiempo entonces en el bienestar de un perro?
-Últimamente, me interesa mucho pensar el bienestar desde la capacidad que tiene un individuo de procesar lo que le pasa, responder a las demandas del ambiente y después poder volver a un estado de equilibrio. Para eso el tiempo es fundamental. Cuando hacemos todo rápido, muchas veces no le damos al cerebro y al cuerpo el tiempo que necesitan para procesar lo que acaba de ocurrir.
En los perros esto me parece especialmente importante porque les pedimos que vivan en un mundo que puede ser tremendamente estimulante y complejo para ellos. Hay movimiento, ruidos, personas, otros perros, vehículos, olores, situaciones que aparecen y desaparecen constantemente.
Y muchas veces, además, somos nosotros los que marcamos el ritmo: vamos, caminá, seguí, ahora para acá, ahora hacemos esto, ahora otra cosa.
-En este contexto, ¿qué necesitan entonces de nosotros?
-Creo que necesitamos devolverles tiempo. Tiempo para mirar, para oler, para moverse, para detenerse. Tiempo para absorber el mundo a través de sus sentidos y poder procesarlo. No estar permanentemente pidiéndoles que hagan algo o que respondan inmediatamente de la manera que nosotros queremos.
Porque también hay necesidades que tienen que ver con poder sentirse seguro y tranquilo, con poder descansar, con sentirse acompañado cuando algo genera miedo o inseguridad, con poder comunicar que necesita algo y ser escuchado. El bienestar no puede medirse solamente por la cantidad de cosas que un perro hace. Importa cómo se siente ese individuo mientras vive esa vida.
-¿Qué pasa si no le damos ese tiempo de procesamiento?
-Ese tiempo de procesamiento también importa para lo que ocurre después. Si un perro puede observar algo, explorarlo a su ritmo, procesarlo y recuperarse, la próxima vez que se encuentre con una situación similar puede hacerlo con más información y más recursos.
Si vamos encadenando un estímulo detrás de otro sin darle tiempo suficiente para procesar y recuperarse, es mucho más fácil que aparezca la saturación.
-Siguiendo esta idea, ¿qué les dirías a quienes sienten que “no hacer nada” con su perro es tiempo perdido?
-Creo que ahí tenemos un problema bastante parecido los perros y los humanos: nos cuesta mucho no hacer nada y también nos cuesta permitirles a ellos no hacer nada.
A veces pensamos en el bienestar como llenarles la vida de actividades y experiencias, cuando una parte muy importante del bienestar también está en poder parar, procesar, descansar y simplemente estar. Porque a veces, tratando constantemente de hacer, les sacamos tiempo de ser.
«Nosotros también somos animales»
-Si pudiera cambiar una sola cosa en la manera en que los seres humanos nos relacionamos con los animales, ¿qué cambiaría?
-Entendernos realmente como una parte más de todo este sistema. Mirarnos con un poco más de humildad y no olvidarnos de algo bastante básico: nosotros también somos animales. Cuando uno mira desde ahí, creo que son muchas más las cosas que tenemos en común con otros animales que las que nos diferencian.
Muchas de las capacidades que durante mucho tiempo pensamos como excepcionalmente humanas son, en realidad, profundamente animales. La necesidad de pertenecer a un grupo, la importancia de los vínculos con los más cercanos, el cuidado de nuestras crías, tener un mundo interno, intentar evitar el sufrimiento y buscar experiencias y estados que nos hagan sentir bien.
¡Claro que hay diferencias enormes entre especies! Pero hemos puesto tanto énfasis en esas diferencias que nos olvidamos de toda la continuidad que existe.
-¿Qué cambia cuando reconocemos esa continuidad?
-La manera en que miramos al otro. Deja de ser un animal y empieza a ser un individuo particular, con una determinada forma de percibir y responder al mundo, con preferencias, motivaciones, una historia de experiencias y aprendizajes, cosas que le gustan y cosas que no, situaciones que puede manejar y otras que lo desbordan.
-¿Eso significa relacionarnos igual con todas las especies?
-Eso no significa, por supuesto, que nuestra relación tenga que ser la misma con todos los animales. Justamente, creo que parte del respeto está en entender que los distintos niveles de convivencia implican responsabilidades diferentes. Hay animales con los que construimos vínculos muy cercanos y compartimos nuestra vida cotidiana, como ocurre con los perros.
Y hay otros por los que quizás lo mejor que podemos hacer es exactamente lo contrario: no intentar acercarlos a nosotros, no meterlos en nuestras casas, no pretender establecer una relación, sino respetar su espacio y permitirles vivir de acuerdo con su propia forma de vida.
-¿Qué significa entonces respetar a un animal con el que no tenemos vínculo directo?
-A veces pareciera que para valorar a otro ser vivo necesitamos acercarlo a nosotros, tocarlo, conocerlo o establecer algún tipo de vínculo. Y creo que también tenemos que aprender que respetar puede significar dejar en paz.
Respetar a otros animales implica también respetar sus hábitats, sus espacios y formas de vida, aunque no tengan ninguna relación directa con nosotros. En definitiva, creo que necesitamos dejar de pensar el mundo como algo que nos pertenece y empezar a pensarlo como un lugar compartido.
Nosotros somos una especie más, que está acá durante un período muy corto de tiempo, compartiendo el espacio con una enorme diversidad de otras formas de vida.
Me gusta pensar que todos somos inquilinos por un rato. No somos los propietarios del lugar en el que vivimos. Y quizás, si partiéramos un poco más de esa idea, podríamos relacionarnos con los otros animales y con la naturaleza con bastante más humildad y respeto.
María Paz Deleris, La Vanguardia
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