“Cuando gané el Concurso Chaikovski tenía apenas 18 años. Sin embargo, no quería que mi vida artística se limitara al éxito de una competencia. Aspiraba a construir una carrera sólida y una vida artística profunda”, dice la violinista Akiko Suwanai, que en 1990 se convirtió en la ganadora más joven de uno de los concursos más prestigiosos.
La simpatía y amabilidad de Akiko Suwanai (56) traspasa la pantalla a través de la cual nos comunicamos vía zoom. Desde Montevideo, antes de presentarse el viernes en el Teatro Colón junto al prestigioso pianista Ryo Yanagitanil, en el marco de la celebración de los 140 años de relación entre Japón y Argentina, Akiko cuenta las particularidades de su formación que la transformaron en una de las violinistas más destacadas de la escena actual.
“Crecí en Japón hasta los 19 años, cuando me fui a los Estados Unidos. Antes de salir del país ya había obtenido reconocimiento internacional gracias a concursos y a la posibilidad de estudiar con profesores extraordinarios. Mi formación fue muy particular, vinculada a esa gran escuela que produjo tantos músicos extraordinarios, basada en la escuela rusa de violín. Mi maestro había estudiado en el Curtis Institute de Filadelfia después de la Segunda Guerra Mundial. Su propio maestro había sido Ephraim Zimbalist, una figura legendaria de la tradición violinística rusa”.
No es la primera vez que Akiko visita el país. En dos oportunidades tocó con orquesta, una de ellas fue a comienzos de 2000, con Krzysztof Penderecki y estrenó su Concierto para violín bajo la dirección del compositor. También se presentó en el Teatro Colón.
“Por supuesto, ya había oído hablar del Teatro Colón -dice la violinista-. Recuerdo que la primera vez fue en 1994, creo. Llegué directamente desde Nueva York. Coincidía más o menos con la época de la película Evita, así que fue muy interesante conocer la gran historia del país, pero también todo el trasfondo político”.
-Te formaste en tres continentes y a través de tres tradiciones distintas. ¿Cómo fue ese itinerario?
-Mi familia no provenía del mundo de la música, así que para mí era importante ampliar horizontes. Siempre pensé que un artista no debía limitarse a tocar un instrumento. Cuando ingresé en la Juilliard School, recuerdo que el director decía que un artista debe conocer el mundo, saber hablar, escribir, comprender otras disciplinas. De lo contrario, se pierde una parte esencial de la experiencia humana. Fue una revelación para mí. Quise estudiar psicología, pero me recomendaron Ciencias políticas. Me explicaron que la música siempre está atravesada por contextos políticos e históricos, y que sería una formación valiosa para una música proveniente de un país tan singular como Japón. Durante dos años estudié historia, filosofía y pensamiento político. Fue una experiencia extraordinaria que más tarde influyó mucho en mi manera de entender la música y el mundo.
-Pero dejaste los Estados Unidos y te fuiste a Europa. ¿Qué buscabas?
-Sentí que aún me faltaba algo. América era un lugar extraordinariamente abierto, pero me costaba comprender profundamente el universo del romanticismo tardío alemán: Brahms, Schumann y toda esa tradición. Por eso decidí continuar mis estudios en Berlín, cuando todavía tenía poco más de veinte años. Mi profesor, que falleció recientemente, no sólo nos enseñaba a tocar: todos teníamos que aprender a cantar. Su teoría era que los violinistas olvidan respirar. Brahms, Schumann y tantos otros compositores escribieron Lieder; su música está profundamente ligada a la voz humana. Para él, la frase musical debía construirse como si uno estuviera cantando. Fue otra educación fundamental.
-Y ahora vivís en Francia.
Sí, hace veinticinco años vivo en Francia. Así que hoy soy una mezcla de todas esas experiencias. También tuve la oportunidad de conocer el final de la Unión Soviética. Mi participación en concursos internacionales coincidió con los últimos años de aquel mundo.
La música como conectora de culturas
-Con todas esas experiencias, seguramente tiene una visión muy clara de cómo la música conecta culturas diferentes.
-Sí, absolutamente. Para mí la música es un arte que trasciende el tiempo. Cuando interpretamos una obra del siglo XVIII o XIX entramos en diálogo con otra época. Como intérpretes intentamos comprender qué quiso expresar el compositor y recrear ese espacio para el público. Toco un violín construido en Italia en 1732. Tiene casi tres siglos de vida y sigue vivo. Utilizo además un arco francés del siglo XIX. Todo eso se reúne en el momento del concierto. Por eso amo esta profesión. Nunca se termina de aprender.
-¿Cómo eligió el repertorio que incluye dos sonatas, una de Beethoven y otra de César Franck, Introducción y Tarantella de Pablo Sarasate?
-El programa es relativamente breve. Habitualmente un recital dura una hora y media aproximadamente, pero esta vez disponíamos de menos tiempo debido al viaje entre Uruguay y la Argentina. Pensé entonces en una versión condensada de un programa sólido.
-Este concierto forma parte de una celebración muy especial: los 140 años de la inmigración japonesa en Argentina. ¿Qué significa participar en un acontecimiento de este tipo, casi como una embajadora cultural de su país?
-Es un gran honor poder participar. Entiendo muy bien el valor de los intercambios culturales y de la migración como fuente de enriquecimiento mutuo. Aunque en mi familia nadie emigró, todos crecieron en Japón, nuestra historia familiar tiene una conexión muy particular con otras culturas. Mi familia es originaria de Hakodate, en el norte del país. Después de la Revolución Rusa de 1917, muchos aristócratas rusos llegaron allí mientras esperaban visados para viajar a los Estados Unidos. Como resultado de esa convivencia, había iglesias ortodoxas rusas, matrimonios mixtos y un intercambio cultural muy intenso. También llegaron instrumentos musicales y una influencia importante de la música occidental. Mi familia conservó incluso textiles y objetos traídos desde Rusia, que se utilizaban para confeccionar kimonos antes de la Segunda Guerra Mundial.
El tango, siempre el tango
-¿Por qué creés que el tango gusta tanto en Japón?
-La música de Astor Piazzolla tiene una enorme recepción en Japón. Creo que la explicación tiene que ver con ciertas características de la cultura japonesa. Japón es una isla, un país muy aislado geográficamente. Está lejos de todo y es muy diferente de países continentales como China. Por razones históricas y culturales, los japoneses solemos vivir las emociones de una manera muy intima. Somos más reservados. Tal vez por eso siento una afinidad especial con el tango. Soy una persona muy emocional, pero crecí en una cultura donde no es habitual expresar los sentimientos de forma abierta. En Japón no solemos abrazarnos mucho, ni exteriorizar las emociones como ocurre en otras sociedades. Desde pequeños aprendemos a contenernos. Por eso la nostalgia, la melancolía y ciertos sentimientos que transmite el tango encuentran una resonancia muy profunda en el público japonés.
-Supongo que cuando esas emociones se unen al baile, se intensifica aún más, ¿no?
Sí, el impacto es mayor. En cierto sentido, el tango expresa exteriormente cosas que los japoneses solemos guardar en nuestro interior. ay otro aspecto por el cual los argentinos miramos mucho a Japón: el fútbol. En Japón el fútbol profesional es algo relativamente reciente. Se desarrolló hace apenas unas décadas. Antes el deporte más popular era el béisbol. Pero gracias a los mundiales y al crecimiento del deporte, cada vez más jóvenes comenzaron a jugar al fútbol. Y para nosotros Argentina siempre ha sido una referencia enorme.
140 años de la Inmigración japonesa a la Argentina
En 2026 se cumplen 140 años de la llegada del primer inmigrante japonés a la Argentina, un aniversario que se celebra bajo el lema “Historia que nos une, legado que inspira”. La fecha recuerda el arribo de Kinzo Makino, quien se radicó en la provincia de Córdoba en 1886 y es reconocido como el pionero de una corriente migratoria que, con el paso de las décadas, dejaría una profunda huella en la vida económica, social y cultural del país.
El término nikkei designa a los emigrantes de origen japonés y a su descendencia en todo el mundo. “Se cumplen 140 años de la llegada de Kinzo Makino, que llegó en 1886 y trabajó en el ferrocarril”, explica Víctor Murase a Clarin, presidente de la Federación de Asociaciones Nikkei en la Argentina (FANA), entidad que nuclea a la mayoría de los clubes y asociaciones representativas de la colectividad.
Para Murase, la historia de la inmigración japonesa no puede separarse de la relación entre ambos países. Apenas doce años después de la llegada de Makino, en 1898, Argentina y Japón firmaron un Tratado de Amistad que abrió una etapa de vínculos diplomáticos y comerciales. Entre los primeros gestos de acercamiento, recuerda el dirigente, estuvo la cesión a Japón de dos buques argentinos durante la guerra ruso-japonesa de 1904.
La solidaridad entre ambos pueblos tendría nuevos capítulos a lo largo del siglo XX y XXI. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Argentina envió ayuda humanitaria y alimentos a un Japón devastado. Décadas después, en 2011, la comunidad japonesa y miles de argentinos se movilizaron para asistir a las víctimas del terremoto y tsunami que golpearon el noreste japonés.
Los registros demográficos permiten dimensionar el crecimiento de aquella inmigración inicial. El censo nacional de 1895 contabilizó apenas ocho ciudadanos japoneses en el país. Sin embargo, para 1914 la cifra ya superaba los mil habitantes.
“Los que se quedaron en Buenos Aires trabajaron primero como empleados y después fueron propietarios de muchos bares y cafés. Los que se instalaron en el interior se dedicaron principalmente a la horticultura y la floricultura”, señala Murase.
Murase destaca una diferencia importante respecto de otras corrientes migratorias asiáticas más recientes. “Los japoneses llegaron prácticamente sin nada. Vinieron para echar raíces, no pensando en volver ni en usar la Argentina como plataforma hacia otro país. Eso hizo que la integración fuera profunda”, afirma.
Consultado sobre los valores que caracterizan a la herencia cultural, Murase menciona conceptos que sus mayores les transmitieron desde la infancia: el esfuerzo, la honestidad, la responsabilidad y el compromiso con el trabajo. “Nos inculcaron que debíamos comportarnos de manera que nunca hiciéramos pasar vergüenza a la colectividad. Hay que hacer las cosas bien, trabajar duro y perseverar”, resume.
Ficha
Concierto conmemorativo de la amistad entre Argentina y Japón 2026, 140 años de la Inmigración Japonesa a Argentina
Con: Akiko Suwanai, violín; Ryo Yanagitan, piano Programa: Ludwig van Beethoven, Sonata para violín y piano n.°3 en Mi bemol mayor, op. 12, n.°3; César Franck, Sonata para violín y piano en la mayor; Pablo de Sarasate, Introducción y Tarantella, op. 43. Función: viernes 5, a las 17 Lugar: Teatro Colón, Cerrito 628, CABA.








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