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17 slips bien ajustados y el estrepitoso fracaso de una película basada en una obra maestra

El Nadador es originalmente un cuento extraordinario y superinterpretado. Para nosotros es más o menos como Casa tomada de Cortázar: un tipo que nada a través de las piletas de una zona residencial. El cuento de John Cheever fue llevado al cine con Burt Lancaster, o sea, con un tipo que en la década del ’50 era como un Brad Pitt de la época. Imaginen a Brad Pitt toda una película en sunga.

El vestuario de Lancaster en El nadador consistió en 17 slips de nailon color azul exactamente iguales de ajustados. Se estrenó como The Swimmer en 1968 y no se sabe por qué, a Brad Pitt no le pasaría ni en su espléndida madurez, la película fue un fracaso, no la vio ni el loro y se la considera un fallido comercial.

Todo vino mal barajado desde el comienzo de la filmación. Sobre el final, de tanto nadar, a Lancaster le dolía el manguito rotador y además tuvo que pagar de su bolsillo el último día de filmación. Hablamos de unos 100 mil dólares de hoy. El reputado productor Sam Spiegel (Lawrence de Arabia) se bajó del proyecto harto, entre otras cosas, porque el olor a cloro le irritaba los ojos.

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La actriz Joan Rivers, pionera del stand-up, recordó en su autobiografía que Lancaster «dirigió todas las escenas después de que lo hiciera Frank Perry», el verdadero director. «Traté de complacer a ambos. Todo se hacía dos veces y nada terminó teniendo ninguna lógica»,comentaba en aquella época.

En el caso de Rivers, era su debut en un papel dramático en cine. Aparece poco en un papelito secundario -llamado Joan-, donde comparte escena con el protagonista afecto al estilo crawl.

La película fue supuestamente dirigida casi todo el tiempo por Perry, pero al final Sydney Pollack se encargó de terminarla porque Perry fue invitado a retirarse en la etapa de posproducción.

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El cuento corto de John Cheever se había publicado en la prestigiosa The New Yorker cuatro años antes, en 1964, y por la importancia del medio no tardó en volverse fundamental «una devastadora alegoría sobre la negación, la decadencia y el paso irremediable del tiempo».

Hoy la ves y resiste totalmente el paso del tiempo. El trabajo de Lancaster es sensacional. Neddy Merrill quiere regresar a su hogar atravesando las piletas privadas de todos sus vecinos de clase acomodada. Bautiza la ruta acuática como «Río Lucinda» en honor a su esposa. Lo que arranca como un desafío deportivo y lúdico se irá transformando en una odisea que ni Homero…

Durante la filmación, la intensidad de la historia, y los contrapuntos entre la estrella y el director, obligó a repetir las escenas mil veces. Aunque Lancaster era un galán hiperfísico, de una musculatura bien mantenida, atlética, fueron kilómetros de natación. Más que el rodaje de una película, un entrenamiento olímpico.

Según el cuento, el agua de las piletas va mutando. Hubo problemas para enturbiarla. Al comienzo era azul y limpísima, pero luego debía verse sucia. El equipo de producción apagó a propósito los sistemas de filtración y echó químicos de tonalidades asquerosas, tierra mojada y hojas secas para volverla espesa y verdosa.

Lancaster se zambullía en esa porquería disimulando el asco, pero no los labios morados. El actor se pasó prácticamente el 100% de la película en malla. Horas sumergido. El cloro y el sol desteñían el color azul del traje de baño y había que estar atentos a eso porque el detalle arruinaba la continuidad entre las tomas. Para que la prenda se viera impecable y con el mismo calce, había que cambiársela a cada rato.

Lancaster tenía 52 años en esa película y era una superestrella de Hollywood que asumía riesgos artísticos. Uno fue trabajar con Perry, un talento del under que chocaba todo el tiempo con el actor fetiche. Burt corregía cada decisión del director, intervenía en las indicaciones a otros actores y marcaba el ritmo de las escenas. Todo esto desgastó la relación y Perry pasó a ser un director fantasma. Despido y contratación de Sydney Pollack.

Con un presupuesto de casi tres millones de dólares -elevadísimo por tratarse de una película sin vestuario-, El Nadador no recaudó ni la mitad de la inversión. El público no entendía nada. En 1968, el espectador promedio esperaba ver al legendario Burt Lancaster de De aquí a la eternidad, esa sonrisa Kolinos, el plexo solar de Superman, y se cruzó con un sujeto amargo, mentalmente quemado y anímicamente deprimido. Era ver a una estrella madura de Hollywood usando su anatomía para encarar la decadencia.

El cine comercial usa la desnudez como objeto de deseo. El Nadador se puso demasiado pretenciosa y la usó para exponer vulnerabilidades. Si hubiera sido un thriller erótico, el público habría ido en masa.

Fuente

Minardi Automotores
Vinería La Carreta
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Municipalidad de Sunchales