ya tenían 5 hijos grandes y adoptaron a un niño con HIV

En el año 2018 un mensaje de WhatsApp marcó un antes y un después. Al presionar “reenviar”, cada uno de los emisores que mandaron ese flyer facilitaron que un pedido muy especial llegara a las personas correctas.

Se trataba de una convocatoria pública donde el protagonista era un niño de 12 años con VIH, viviendo desde hacía meses en un hospital, con su salud frágil y sin posibilidad de volver con alguien de su familia biológica.

Ese mensaje llegó desde un grupo de amigos a Guillermo (61) y Luciana (52), quienes se vieron interpelados por la situación y no dudaron: serían ellos quienes se postularían. En ese entonces él ya tenía dos hijas (hoy de 26 y 28 años) y, ella, dos mellizas y un varón (hoy, de 26 y 22 años, respectivamente).

Hacía aproximadamente un año y medio que estaban en pareja y, hasta ese momento, nunca se habían planteado el tema de la adopción. Pero algo en la historia de Darío (quien ya tiene 20 años) despertó en ellos una sensación imposible de ignorar.

“Nos pusimos en contacto con el Juzgado y fue todo muy rápido, porque Darío en ese momento estaba viviendo en la sala de pediatría de un hospital al que llegó con un grado de desnutrición muy importante”, recordó Guillermo.

Un trabajo de hormiga

La urgencia era mucha y la disponibilidad de la pareja, total. “Había que sacarlo rápido. Iniciamos los trámites e hicimos el primer encuentro con Darío en el hospital. Ahí empezamos el vínculo y, a los pocos meses (más allá de que cumplimentamos todos los pasos legales) se vino a vivir con nosotros”, rememoró el padre.

Con esa nueva familia en formación, también nacían nuevos modos de maternar y paternar. No sólo porque Luciana y Guillermo ya tenían hijos grandes, sino porque el contexto del cual venía Darío era completamente distinto.

Su papá describió que prácticamente toda la vida anterior del niño había sido en la calle. Casi no había ido a la escuela, por lo cual tampoco podía decirse que estaba alfabetizado. Su lenguaje era muy acotado y, con el tiempo, se dieron cuenta que no sólo ellos no entendían parte de lo que él decía, sino que él tampoco los entendía a ellos.

La primera salida que hicieron fue al cine, lugar que el niño en cuestión nunca había visitado. Lo que la familia más recuerda es que, en vez de mirar la película, pasó casi todo el tiempo viendo el haz de luz del proyector. “Trajimos a una persona que era como si viniera de otro país o de otro planeta”, admitió su padre. Dimensionar realidades tan crueles y diferentes a veces es difícil, pero existen, son tangibles y dejan huella.

Este nuevo hogar, entonces, no requería únicamente amor. Se necesitaban diferentes apoyos para salir adelante. Y aquí viene un spoiler que vale la pena: ocho años después pueden sentir el orgullo de haberlo logrado.

Aunque en aquel momento el chico tenía 12 años, por todas las circunstancias que había atravesado debió anotarse en cuarto grado de la escuela primaria. Y, además del colegio, comenzó su terapia, tomó clases de batería y de teatro. Para avanzar en la lectoescritura leía en su casa al menos 20 minutos diarios (actividad que luego lo conquistó y fue una elección, más que una obligación).

Al principio, Darío estaba a la defensiva. “Vino a una casa de gente que no conocía, con otra cultura, con otro lenguaje, otras costumbres, otra comida, otros olores, todo distinto”, reconoció su papá. “Y, de a poquito –y hablando mucho- lo fuimos sacando de ese lugar”, agregó.

Seis hermanos

Esta historia no es de uno, ni de dos, ni de tres. Con la llegada de Darío, la familia se amplió a ocho integrantes; y ese niño –hoy un joven- ganó cinco hermanos. “Nuestros hijos fueron divinos. Enseguida lo acompañaron, lo abrazaron… fue maravilloso”, rememoró Guillermo.

La pareja charló previamente con todos, les contaron sobre Darío y la vida que había llevado hasta allí y los cinco apoyaron la iniciativa. “Ellos pusieron el cuerpo, pusieron una amorosidad tremenda. Es un hermano más. Sucedió todo con mucha naturalidad, nada forzado”.

El 7 de marzo pasado Luciana y Guillermo se casaron, con sus seis hijos como testigos de ese amor que se amplía, se ensambla, se multiplica. Muchas veces se dan cuenta que su hogar despierta cierta admiración: “No hacemos nada destacado, es la vida”, dijo el padre y miembro de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes.

El diploma y el futuro

Darío cursa su último año de secundaria y les pidió a Luciana y Guillermo que lo adopten formalmente. Actualmente, la figura legal que tienen respecto al joven es la de cuidadores permanentes. La solicitud tiene un objetivo tan concreto como emotivo: próximo a egresar, quiere que el diploma lleve su nombre acompañado de los apellidos de quienes hace rato son su papá y su mamá.

Ama el fútbol y a Boca Juniors; tiene casi tantos amigos como Roberto Carlos; y hace la vida de cualquier chico de su edad. Quiere ser director técnico o árbitro. Respecto al VIH, su carga viral es indetectable e intransmisible. Mientras su padre destaca los enormes progresos que Darío realizó, aún recuerda la insensibilidad con que una funcionaria les habló al iniciar el proceso para tener su tutela: “Pero miren que en un año este chico se muere”.

La desacertada advertencia no puso freno a la intención de la pareja. Y gracias a ello, la restitución de derechos que implica la adopción tuvo un final feliz para todos. “Darío es un un pibe bárbaro, súper sociable, tiene una habilidad enorme para hacer amigos todo el tiempo”, finalizó Guillermo con orgullo. En pocos meses, el título secundario que obtendrá el joven sintetizará mucho de lo vivido: una revancha familiar, un acto de justicia y esa nueva identidad construida a base de amor.

Adopción y número reales

La Asociación Civil Adopten Niñes Grandes (de la cual Guillermo y Luciana forman parte) destacó que los postulantes disponibles para adoptar cayeron un 64% entre 2020 y 2025, al pasar de 3.133 legajos a 1.138.

Otro problema alrededor de este proceso es que el 87% de los postulantes busca adoptar un bebé de hasta un año, mientras que menos del 1% acepta un adolescente de 13. Sin embargo, aseguraron desde la ONG, el 32% de los niños sin cuidados parentales tienen entre 13 y 17 años.

La estadística evidenció también que en 2020 el 51% de los postulantes estaba dispuesto a adoptar dos o más niños. En 2025 ese número cayó al 27,7%, cuando la realidad muestra que muchos de los niños en situación de adoptabilidad conforman grupos de hermanos.

Por otra parte, el 7,9% de los niños y niñas institucionalizados tiene discapacidad certificada. Entre los adolescentes con adoptabilidad decretada, ese porcentaje sube al 15,7%. Como contracara, en 2025 sólo el 14,3% de los postulantes declaró aceptar discapacidades o enfermedades. “El sistema necesita más personas dispuestas a elegir a los que nadie elige”, enfatizaron desde ANG.

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