Venezuela y la coartada de Dios

La geología imita a la política en Venezuela, y todo es una ensangrentada tierra abierta.

El suelo se abrió como si en sus entrañas el infierno hubiera estado aguardando para guadañarlo todo y volver más aguda, más increíble y más profunda la desgracia.

Dos impiadosas sacudidas en treinta y nueve segundos, el tiempo exacto que tardó un país en convertirse en su propio cementerio.

Pero ya era una necrópolis en fúnebre desarrollo Venezuela.

Ahora, todo amaneció en lágrimas y escombros, y debajo de los escombros aplastantes, todavía, hay nombres que respiran y que nadie viene a buscar.

Hay una aritmética obscena en los desastres. Se cuentan los muertos en voz alta y hay vivos anónimos, incontables, que todavía no terminaron de morir. Bajo las losas hay chicos que llaman a sus madres con la voz cada vez más débil, ancianos que le rezan al mismo Dios que el poder les enseñó a temer y que ahora los deja debajo del cemento roto, vecinos que cavan con las manos porque las máquinas nunca llegaron. El sismo duró segundos; el sufrimiento dura toda la vida que les queda, que es poca vida y muchísima muerte.

Los millones de exiliados velan a sus muertos y desaparecidos desde la impotencia de la distancia.

Piden apresados en la lejanía, por los de su propia sangre ahogados por la mampostería asesina y caída.

Los gobernantes que saquearon al país, que lo hundieron en la desesperación, que apresaron, que mataron, que torturaron, ahora piden que los miles y miles de abandonados a la ferocidad del sismo confíen en ellos. Es la obscenidad final. El victimario reclamando la fe de sus víctimas mientras estas agonizan bajo el polvo.

Antes, los motorizados represores salían raudos a aterrorizar las calles, a secuestrar, a tirar sus balazos a mansalva. Ahora, tras el terremoto impiadoso, no ayudan, y sí saquean. Roban lo poco que el temblor no se llevó. La misma mano que disparaba ayer hoy revuelve los cajones de los muertos.

Ni había ni hay insumos en los hospitales, ni alimentos, ni nada, sino opresión y represión. Y ahora, una transición sucia que no cambió de manos sino de máscara. Una encargada del gobierno, Delcy Rodríguez, representante histórica de lo peor del régimen, que administra el caos geológico con la misma frialdad con que el régimen administró el hambre. Frente a ella, una heroína real: María Corina Machado, que desde su exilio ruega por los suyos de verdad, sin poder tocarlos.

Delcy Rodríguez, la encargada del régimen por encargo de Washington, anunció que rescatarían tantas vidas como Dios lo permita. Cuando la irresponsabilidad lo rompió todo mucho antes de que el sismo culminara la tarea infinitamente destructiva. De pronto es Dios el único responsable. Es una exculpación abierta y siniestra.

El 26 de marzo de 1812 —Jueves Santo— un terremoto devastador sacudió Venezuela y golpeó con especial violencia a Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida. Las estimaciones de muertes varían según la fuente, pero suelen ubicarse entre quince mil y veinte mil personas. Una cifra enorme para la población de la época.

Lo que vuelve memorable a aquel sismo no es sólo su magnitud, sino su carga política. Ocurrió en plena Guerra de Independencia, apenas ocho meses después de la declaración de la Independencia,el 5 de julio de 1811. Castigó sobre todo a las ciudades que adherían a la causa patriota, mientras que las zonas de fuerte presencia realista quedaron relativamente indemnes. El clero y los partidarios de la Corona explotaron de inmediato esa asimetría. Presentaron la catástrofe como un castigo divino contra los revolucionarios que habían osado romper con el rey y con Dios.

De ahí la escena más célebre, casi mítica, de aquel día. Ante un sacerdote que arengaba a la multitud aterrorizada invocando el castigo de Cristo, Simón Bolívar habría replicado que, si la naturaleza se oponía a sus designios, lucharía contra ella y la obligaría a obedecer. Verdadera o embellecida por la posteridad, la frase condensó el pulso entre la lectura providencialista del desastre y la voluntad política de los independentistas de no leer la tragedia como un veredicto teológico. Es un episodio que cruza geología, propaganda y teología política de un modo elocuente. La misma catástrofe admite ser narrada como castigo de Dios o como mero accidente tectónico, y la disputa por esa narración fue parte de la misma guerra.

Doscientos catorce años después, la teología no cambió de bando, cambió de emisores. Donde antes el púlpito colonial invocaba a Dios para legitimar a la Corona, hoy el poder de Delcy lo invoca para administrar su propia impunidad. Tantas vidas como Dios lo permita. Como si la muerte tan masiva fuera solo un decreto del cielo y no el saldo de décadas de hospitales vaciados, de viviendas levantadas sobre la demagogia, de un Estado que aprendió a reprimir cuerpos pero jamás a sostenerlos.

Ahora, ahora mismo, fueron dos terremotos en menos de un minuto. La tierra no negocia, no opina, no toma partido. La tierra es inocente. Los que no son inocentes son quienes la habitan en la torre de marfil de la narcotiranía que la destrozó antes del terremoto. Un país que, gobernado por mafiosos, convirtió en matanza abrumadora lo que en otra parte habría sido apenas tragedia. Porque el sismo mata una vez; el abandono mata después, despacio, durante días, mata debajo de las ruinas, mientras la ayuda no llega y el saqueo sí.

La tierra se abrió como por el odio de Dios. Pero la muerte se ha ampliado por la saña reptiliana de los mafiosos gobernantes, desde Chávez hasta Maduro. Y también son cómplices los colaboracionistas que desde la Argentina apoyaron y negociaron con aquel régimen oprobioso.

Mientras la política sigue atrapada en su propio relato —el de siempre, el de la fe requerida a quienes traicionó y torturó—, los cuerpos reales son los que pagan otra vez, en silencio y a oscuras, desde la asfixia del polvo envenenado, lo que ningún discurso puede reparar.

En el epicentro mismo de todo el horror, hay mujeres que a solas, sin luz, sin nada, han parido.

Es así, y es la única, poderosa, milagrosa luz.

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