Una Feria de libros y autores que es también una fábrica de lectores

¿Cómo celebrar el 50º aniversario del que tal vez sea el evento cultural más importante de la Argentina? Hace más de un año que quienes organizamos la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires nos venimos haciendo esa pregunta. Pensamos respuestas que comenzaron a desparramarse sobre la mesa transformadas en ideas alocadas, en la persistencia para convencer a esos nombres siempre esquivos, en propuestas que resistieron las alarmas de los presupuestos, y en algunas premisas que hemos sostenido desde los primeros bocetos para esta edición 2026. En algún caso tienen que ver con las coincidencias de los almanaques, pero que por esa misma razón nos plantearon el desafío de encontrar una manera diferente de contar lo ineludible.

Un par de ejemplos: las letras argentinas conmemoran los 40 años de la muerte de su prócer mayor, Jorge Luis Borges, y el público se sorprenderá con un enorme y disruptivo sector dedicado al autor de Ficciones. También se cumplen 50 años del golpe cívico-militar que ensombreció a nuestro país cuando la Feria del Libro daba sus primeros pasos; en aquellos años había títulos que no se podían exhibir y listas con nombres que no estaba permitido convocar. Vamos a reivindicar en un espacio protagónico a esos libros y autores censurados durante la dictadura, a los que también le dedicaremos nuestra tradicional Maratón de lectura.

Hay otra premisa que cae en un inevitable lugar común: queremos que esta edición sea una fiesta que perdure en la memoria de los lectores, los que nos acompañan cada año y aquellos que estamos convencidos profesarán la fe en la lectura después de habernos visitado. Porque como nos gusta decir, cada Feria del libro es también una fábrica de lectores.

Quiso el azar caprichoso de los números que me tocara a mí estar al frente de esta edición aniversario, junto a un equipo de trabajo que no sé cómo se multiplica y propone y resuelve y te pregunta qué más podemos hacer… Esta Feria que primero conocí como lector, haciendo filas zigzagueantes para que me firmaran un ejemplar Adolfo Bioy Casares, Beatriz Guido o Augusto Roa Bastos; algunas décadas después ya como periodista, con esa adrenalina de cubrir o entrevistar a algún monstruo de literatura que siempre admiraste y tenerlo ahí (esa cosa mágica que te da la Feria), para salir luego corriendo a escribir la nota; más tarde como moderador en mesas o diálogos… Y ahora desde este sillón de director en el que ni en el más ocurrente de mis sueños hubiese imaginado ocupar.

He tenido el privilegio de viajar y conocer otras Ferias del Libro en distintas partes del mundo. Como muchas, la nuestra es también un espacio para el intercambio de ideas, el debate, la difusión del conocimiento y la promoción de la lectura. Como pocas, la de Buenos Aires se distingue por su duración de tres semanas y su elocuente masividad: un promedio de 1.300.000 visitantes en las últimas ediciones. Y por estar sin dudas –si se me permite la altanería–, entre las más importantes del mundo que se cuentan con los dedos de una mano.

Ezequiel Martínez es el Director de la Feria del Libro de Buenos Aires.

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