El aire acondicionado no solo enfría: también necesita un mantenimiento adecuado para no convertirse en un foco de problemas respiratorios. Cuando los filtros no se limpian o el sistema no se revisa con regularidad, pueden acumularse polvo, humedad y microorganismos que empeoran la calidad del aire interior. En un contexto en el que cada vez pasamos más horas en espacios climatizados, esta parte del uso del aire acondicionado resulta tan importante como la temperatura a la que se regula.
Sobre esos riesgos y sobre cómo usar la climatización con más seguridad, el doctor Diego Rodríguez, jefe del Servicio de Neumología del Hospital del Mar, insiste a La Vanguardia en que el problema no está solo en el frío, sino también en el estado del aparato. En personas con enfermedades respiratorias previas, una mala conservación puede agravar síntomas y, en casos concretos, favorecer infecciones más serias, tal y como comparte el especialista.
Un aire acondicionado mal limpio o sin mantenimiento puede favorecer la acumulación y dispersión de gérmenes, y eso sí puede convertirse en un riesgo para la salud. Hay bacterias, hongos y otros microorganismos que pueden vivir en los sistemas de climatización y causar infecciones respiratorias. Por eso no basta con regular la temperatura: también hay que limpiar filtros, revisar el aparato y asegurarse de que funciona correctamente. Si no, el sistema puede dejar de ser una ayuda y convertirse en una fuente de exposición innecesaria.
Si el equipo acumula microorganismos, el aire que respiramos puede volverse irritante o incluso infeccioso. Eso es especialmente relevante en lugares donde el aparato funciona muchas horas seguidas, como oficinas, hospitales o viviendas con climatización continua. Algunas personas notan solo molestias leves, pero en otras, especialmente si ya tienen una enfermedad pulmonar, esa exposición puede traducirse en un empeoramiento claro de los síntomas.
Porque es la forma de evitar que el aparato se convierta en un reservorio de polvo, humedad y microorganismos. Revisarlo de forma periódica también ayuda a que funcione mejor y a que no enfríe de forma excesiva o irregular.
En personas con asma, EPOC o rinitis, por ejemplo, la exposición a un aire demasiado frío, seco o mal filtrado puede empeorar síntomas que ya existían. No hace falta que el aparato esté muy mal para que un paciente sensible lo note antes que otra persona. A veces basta con varias horas de exposición o con dormir toda la noche en un ambiente inadecuado para que aparezca tos, congestión o sensación de falta de aire. Por eso, en estos pacientes, la climatización debe ajustarse con más cuidado.
Mantener una temperatura razonable, entre 22 y 24 grados si se puede; evitar los cambios bruscos entre interior y exterior; no dirigir el chorro de aire directamente a la cara; y hacer un mantenimiento regular del aparato. También ayuda ventilar de forma adecuada y no abusar de temperaturas excesivamente bajas durante toda la noche o toda la jornada. En resumen: el aire acondicionado es útil, pero debe usarse con moderación y con sentido común. Bien regulado, ayuda mucho; mal usado, puede acabar irritando las vías respiratorias y empeorando algunos problemas de salud.














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