Durante buena parte de su vida, este hombre entendió que el tiempo debía aprovecharse. Cada actividad tenía que servir para algo concreto: trabajar, resolver un problema, aprender una habilidad o cumplir una obligación. Incluso el descanso podía convertirse en otra tarea que debía justificarse.
Con los años, esa manera de organizar la vida empezó a pesarle. Cuando llegó a los 65, se preguntó qué ocurriría si dejaba de exigirle una utilidad a cada momento. La respuesta apareció cuando comenzó a permitirse hacer cosas simplemente porque despertaban su interés.
«Tengo 65 años y mi felicidad comenzó el día que me permití hacer cosas que no tienen ningún propósito; el cambio de lo útil a lo curioso me salvó de la versión de mí mismo en la que siempre temí convertirme.» Esa idea resume el cambio que experimentó.
Durante años había asociado el valor personal con la productividad. Hacer, resolver y avanzar eran formas de comprobar que estaba aprovechando el tiempo. Pero esa lógica también podía convertir cada jornada en una lista interminable de objetivos, sin demasiado espacio para detenerse.
La jubilación hizo más evidente el problema. Al desaparecer algunas obligaciones que habían estructurado sus días durante décadas, apareció una pregunta incómoda: qué hacer con el tiempo que ya no necesitaba dedicar al trabajo.
Al principio intentó reemplazar esa estructura con nuevas tareas. Organizar la casa, resolver pendientes, aprender cosas que pudieran ser útiles o mantenerse ocupado parecían opciones razonables. Sin embargo, ninguna terminaba de producir la satisfacción que esperaba.
Entonces empezó a prestar atención a actividades que antes habría considerado una pérdida de tiempo. Leer sobre un tema sin necesidad de aprenderlo para nada, observar algo durante unos minutos o seguir una pregunta simplemente porque despertaba curiosidad.
A partir de entonces, comenzó a experimentar con actividades que no tenían una finalidad concreta. Podía interesarse por un tema durante unos días y abandonarlo después, sin convertirlo en un proyecto ni sentirse obligado a terminarlo.
Esa libertad modificó su relación con el tiempo. Ya no necesitaba justificar cada hora frente a sí mismo. Algunas cosas podían hacerse simplemente porque eran interesantes, entretenidas o nuevas.
También descubrió que la curiosidad le permitía permanecer conectado con el mundo. En lugar de pensar que a cierta edad ya debía conocer sus intereses y tener una rutina perfectamente establecida, volvió a permitirse no saber.
Para este hombre, el mayor riesgo no era envejecer, sino convertirse en la versión de sí mismo que siempre había temido: alguien que dejara de interesarse por el mundo y redujera sus días a mantener una rutina.
La curiosidad apareció como una forma de evitarlo. No porque pudiera detener el paso del tiempo, sino porque todavía podía modificar la manera de relacionarse con él.
A los 65 años, entendió que algunas actividades no necesitan justificar su existencia. Mirar, leer, explorar, aprender algo sin una finalidad concreta o simplemente dedicar tiempo a una inquietud pueden tener valor precisamente porque no persiguen ningún resultado.
Para él, esa fue la verdadera transformación. Dejó de medir cada momento por lo que podía obtener de él y empezó a valorar también aquello que podía despertar en su interior. La curiosidad, finalmente, le ofreció una manera de seguir descubriendo el mundo en una etapa en la que muchos esperan que uno simplemente deje de buscar.















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