En el Día de la Independencia de Estados Unidos, una frase del abogado y orador Robert Green Ingersoll vuelve a poner en el centro una pregunta que atraviesa cualquier época: ¿qué significa realmente ser libre?
Robert Green Ingersoll nació en 1833 y fue uno de los oradores más influyentes de Estados Unidos durante el siglo XIX. Abogado, veterano de la Guerra Civil y defensor del librepensamiento, dedicó buena parte de su vida a hablar de la razón, la justicia y la libertad. Entre las frases que se le atribuyen, una sigue circulando más de un siglo después:
«Lo que la luz es para los ojos, lo que el aire es para los pulmones, lo que el amor es para el corazón, la libertad es para el alma del hombre.»
Conocido como «El Gran Agnóstico», Ingersoll desafió muchas de las ideas de su tiempo. Defendió la separación entre Iglesia y Estado, la libertad de conciencia, los derechos de las mujeres y la educación laica, cuando esas posiciones todavía resultaban profundamente controvertidas.
Sus conferencias llegaron a reunir miles de personas en teatros de todo Estados Unidos. No solo atraía por sus ideas, sino también por su extraordinaria capacidad para explicar cuestiones complejas con imágenes sencillas y una oratoria poco común.
La frase que hoy sigue recordándose resume esa forma de pensar. La libertad aparece junto a la luz, el aire y el amor: necesidades sin las cuales la vida pierde parte de su sentido.
La comparación elegida por Ingersoll no es casual.
Los ojos necesitan la luz para ver. Los pulmones necesitan el aire para respirar. El corazón necesita el amor para desarrollarse.
Del mismo modo, para Ingersoll, el alma —entendida como la conciencia o la vida interior— necesita libertad para realizarse.
No habla solamente de la libertad política ni de los derechos reconocidos por las leyes. Habla también de la posibilidad de pensar por cuenta propia, de elegir sin miedo y de actuar de acuerdo con las propias convicciones.
La libertad, desde esa perspectiva, no es un privilegio. Es una necesidad humana.
La historia demuestra que una persona puede conservar una parte de su libertad incluso cuando pierde muchas otras.
El psiquiatra Viktor Frankl llegó a esa conclusión después de sobrevivir a los campos de concentración nazis. En El hombre en busca de sentido escribió que siempre permanece una última libertad: elegir la actitud con la que enfrentamos las circunstancias.
Décadas después, el psicoanalista Erich Fromm advirtió que muchas veces las personas también escapan de la libertad. Elegir implica asumir responsabilidades, y no siempre resulta sencillo hacerse cargo de ellas.
La frase de Ingersoll dialoga con ambas ideas. Ser libre no significa hacer cualquier cosa, sino poder decidir quién queremos ser.
En una época atravesada por la presión social, las redes sociales y la necesidad permanente de aprobación, la frase conserva una actualidad inesperada.
Muchas personas sienten que son libres porque pueden elegir entre muchas opciones. Sin embargo, no siempre eligen aquello que realmente desean, sino aquello que otros esperan de ellas.
Por eso la libertad empieza mucho antes que cualquier decisión importante: comienza cuando una persona se permite pensar sin repetir automáticamente las ideas ajenas.
Cada 4 de julio recuerda la independencia de un país, EE. UU.
Pero la frase de Robert Green Ingersoll propone pensar en otra independencia, menos visible y quizá más difícil: la de vivir de acuerdo con la propia conciencia.
Porque la libertad no consiste únicamente en romper cadenas. También implica reconocer cuáles seguimos llevando sin darnos cuenta












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