Todo comenzó con una pregunta que muchos adultos habrían dejado pasar. Jo Nagai, un niño de 10 años de Kobe, Japón, criaba mariposas de cola de golondrina en su casa cuando observó un comportamiento que despertó su curiosidad. Después de liberarlas, algunas permanecían cerca de él e incluso regresaban antes de alejarse. Aquella escena lo llevó a preguntarse si las orugas podían conservar recuerdos una vez completada la metamorfosis.
La inquietud nació cuando cursaba el segundo grado de primaria y pronto se convirtió en un proyecto científico. En su búsqueda de respuestas, Nagai encontró una investigación publicada en 2008 por la entomóloga Martha Weiss, de la Universidad de Georgetown, junto con el estudiante de posgrado Doug Blackiston. Ese trabajo demostraba que las polillas adultas podían conservar recuerdos adquiridos durante su etapa larval.
Lejos de conformarse con leer el estudio, el niño decidió escribirle una carta de cuatro páginas a la investigadora. En ella se presentó, explicó su interés por las mariposas y expresó su deseo de comprobar si podía obtener resultados similares con los insectos que criaba en su hogar.
El intercambio de cartas entre Nagai y Weiss se prolongó durante varios años. Durante ese tiempo, ambos analizaron ideas, revisaron procedimientos y discutieron los avances del proyecto. La relación académica incluso los llevó a coincidir más adelante en el Congreso Internacional de Entomología.
Al principio, Weiss dudó de que un estudiante de primaria pudiera reproducir en su casa un experimento diseñado para un laboratorio. Por ese motivo le sugirió una alternativa más sencilla, como enseñar a las mariposas a reconocer colores. Sin embargo, el niño insistió. En una de sus respuestas escribió que no quería abandonar la idea de demostrar que las mariposas recordaban lo aprendido cuando eran orugas.
Con esa convicción armó un pequeño laboratorio en su casa. Organizó un grupo de control y otro de prueba, adaptó el método utilizado por la investigadora y reemplazó el acetato de etilo por aceite de lavanda para generar un olor más suave. Además, empleó un dispositivo portátil de terapia muscular para aplicar estímulos muy leves a las orugas.
Cuando las orugas completaron la metamorfosis, los resultados llamaron la atención. Según el experimento, el 80% de las mariposas del grupo de prueba evitó el aroma de lavanda, una conducta que sugería que habían conservado el recuerdo de la experiencia vivida antes de convertirse en adultas.
Nagai reunió sus observaciones en un documento de 33 páginas y lo envió a Weiss. La científica recordó que, al leerlo, pensó: «Santo cielo, es un científico de verdad y está descubriendo cosas nuevas». En 2022, el niño presentó su investigación ante especialistas de las universidades japonesas de Shinshu, Tsukuba y Saga.
Después de ese primer resultado, Nagai decidió avanzar un paso más. Inspirado en un estudio previo realizado con nematodos, quiso averiguar si esos recuerdos también podían transmitirse a la siguiente generación.
Tras repetir su metodología, obtuvo un resultado que consideró aún más sorprendente. Sus observaciones indicaron que las mariposas no solo conservaban recuerdos adquiridos durante la etapa de oruga, sino que esas experiencias también parecían heredarse a sus descendientes.
Actualmente, Nagai y Martha Weiss preparan la presentación formal de sus hallazgos ante la revista científica Journal of the Lepidopterists’ Society. El niño, que conoció personalmente a la investigadora durante un viaje de ella a Japón, mantiene intacta la curiosidad que dio origen a este proyecto. Su sueño, según contó, es convertirse en el primer veterinario de insectos del mundo para poder cuidar tanto a las orugas como a los insectos adultos.














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