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Los que al perder, ganan

Vamos todos en el auto en silencio. Miro en mi bolso la vincha de flores celeste y blanca que no llegué a estrenar. La pintura de esos mismos colores que me sobró de Qatar y tampoco usé. No me aguanto y contesto a un usuario sin foto de Tik tok que bardea a Messi.

Todo mi ser me grita no hacerlo pero le escribo igual. Con Messi no. Pienso en su imagen, un partido anterior, sentado en el césped, mirando el festejo de sus compañeros como un padre que se alegra al ver cómo se divierten sus hijos.

¿Por qué te sentaste en el campo?, pienso. ¿Qué ves desde ahí, que sonreís quieto entre tanto salto?

La policía nos desvía por una calle oscura. En el celular se iluminan mensajes de odio y, de la nada, una palmera de fuegos artificiales estalla detrás de los árboles. La noche muda, gris en todo sentido… y aún así, el cielo se enciende. De pronto, alguien hace sonar una bocina. Se suma otra.

Y otra más. Una bandera asoma flameando desde la ventanilla de un auto. “Bocineá, bocineá” , arengo a mi hermano que va al volante. En pocos segundos, la calle se vuelve festejo, bochinche, hinchada. En las redes, se abre paso la imagen del Obelisco donde miles, igual que nosotros, celebran, saltan, gritan. Me quedo mirando eso y entiendo a Messi ahí sentado.

Un cartel en la avenida lo dice claro: “Festejamos para sobrevivir”.

Allá lejos, la tribuna le canta agradecida a la Selección que nos enseñó que nada está terminado hasta que se termina, que nadie se salva solo, que la unión es un súper poder, que el camino vale más que el resultado. Nadie se mueve. La gente se queda ahí bancando, secándole las lágrimas a los jugadores.

¿Cómo no vamos a alentarlos, si le regalaron a un pueblo que tiene un máster en pérdidas, que todos los días se levanta después de haber sido golpeado, el permiso para soñar, para vivir feliz cada juntada y sentir que la vida también puede ser generosa.

Defiendo otra vez a Messi en Tik Tok, porque después de verlo llorar me doy cuenta de que me duele mucho más eso, que no haber ganado la Copa. Y no soy la única.

En una época en la que odiar se hizo moda, si tantos nos conmovimos por el dolor de otro, eso se siente un triunfo.

Si entendimos que “ser primero” no es la única victoria ni el único final admisible; que el mérito es seguir intentándolo en el minuto 78 y que la ganancia es el viaje, no es poco.

“Los que al perder, ganan”, me viene esa frase de golpe, mientras me pongo la vinchita de flores y me pinto la cara a colores para ir a comprar pan.

Quizá, esta vez ganamos por ese sentir con el otro; por reivindicar el abrazo, el festejo a pesar de todo…

Por elegir algo nuevo como una auténtica declaración de principios. Que nos podrán quitar cualquier cosa, pero hay una cosa a la que ningún vallado o derrota nos puede hacer renunciar: y es el legítimo derecho a la alegría. Hasta el final.

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