Los coyotes no son, a simple vista, unos románticos.
Su hábito de acechar solos por el paisaje les ha valido la reputación de criaturas solitarias —y no particularmente populares—, con una imagen pública que va desde molestia problemática hasta depredador peligroso.
Permanecen con sus parejas de por vida, acicalándose mutuamente, compartiendo comida y criando juntos a sus cachorros.
“Básicamente, hasta que la muerte nos separe”, dijo Sara Freeman, neurocientífica de la Universidad Estatal de Utah.
En su espacioso laboratorio en un tercer piso, Freeman intenta comprender cómo las parejas de coyotes forjan estos vínculos, y qué sucede cuando se rompen.
“Este es un cerebro viudo”, dijo, mientras sacaba unos paquetes envueltos en papel de aluminio de un congelador ultrafrío una mañana de agosto.
Cada uno contenía un bloque de tejido cerebral, extraído de una hembra de coyote que había sobrevivido a su pareja.
Un estudiante comenzó a cortar el tejido congelado en rebanadas tan finas como el papel, usando la punta de un pincel pequeño para empujar cada corte transversal translúcido sobre un portaobjetos de vidrio.
Más tarde, los investigadores examinarían las muestras en busca de señales neurológicas de “lo que llamaríamos un estado de duelo”, dijo Freeman.
El estudio sigue en sus primeras etapas, y podría tomar años encontrar respuestas claras.
Pero el proyecto es uno de muchos en el joven campo de la tanatología comparada, un esfuerzo interdisciplinario para descifrar cómo responden los animales a —y qué podrían entender sobre— la muerte.
Casos
Las anécdotas evocadoras abundan.
En 1972, Jane Goodall observó cómo un chimpancé llamado Flint dejó de comer y socializar tras la muerte de su madre, Flo; murió, semanas después, cerca del lugar donde el cuerpo de ella había yacido una vez.
En 2003, se vio a elefantes africanos volver una y otra vez al cuerpo de una matriarca caída, y tocarla periódicamente con sus trompas.
En 2018, una orca llamada Tahlequah pasó al menos 17 días nadando con el cuerpo de su cría muerta.
Pero si los animales experimentan duelo —una respuesta psicológica y biológica compleja y a menudo prolongada ante una pérdida— sigue siendo una pregunta abierta.
“Definitivamente es uno de esos grandes misterios”, dijo Jennifer Vonk, psicóloga cognitiva comparada de la Universidad de Oakland.
“Y un desafío para los científicos”.
Naturaleza
Las muertes de animales a menudo son impredecibles y no se ven, especialmente en la naturaleza.
Y el duelo es un concepto complejo y cargado de significado; es fácil proyectar nuestras experiencias humanas en otras criaturas e imposible meterse de verdad en sus cabezas.
Los científicos lo están intentando de todos modos.
“El campo está listo para desarrollarse”, dijo André Gonçalves, científico especializado en cognición comparada de la Sociedad Zoológica de Indianápolis.
“Al fin de cuentas, la mortalidad es un asunto bastante importante, ¿no?“
Superando las dudas
Durante décadas, muchos científicos sostuvieron que el duelo era exclusivo de los humanos.
Los investigadores que se atrevieron a sugerir lo contrario, armados con anécdotas sobre animales como Flint, fueron acusados de cometer el pecado del antropomorfismo —ver a los animales a través de una lente centrada en el ser humano— y de aventurarse más allá de los datos disponibles.
En 2008, una chimpancé anciana llamada Pansy proporcionó involuntariamente nuevos datos convincentes.
Cuando murió en un parque de vida silvestre británico, dos cámaras de techo captaron las reacciones de sus tres compañeros chimpancés.
En los minutos previos a la muerte de Pansy, los otros chimpancés la acicalaron y acariciaron suavemente.
Después de que Pansy diera sus últimos suspiros, su hija pasó horas junto a su cuerpo.
La otra hembra adulta pasó un tiempo inusualmente largo acicalando a su propio hijo.
Los tres chimpancés durmieron inquietos esa noche.
Y cuando despertaron, quitaron algunos restos de paja del cuerpo de Pansy, y luego observaron en silencio mientras los cuidadores se la llevaban.
“Los chimpancés parecían saber que se trataba de un acontecimiento trascendental”, dijo James Anderson, primatólogo de la Universidad de Kioto.
En 2010, Anderson y sus colegas publicaron un análisis detallado de las grabaciones, señalando que los comportamientos de los chimpancés sobrevivientes eran “sorprendentemente similares a las respuestas humanas ante una muerte apacible”.
“Proponemos que se ha subestimado la conciencia de la muerte de los chimpancés”, añadieron.
El artículo sobre Pansy pareció envalentonar a otros investigadores a redactar sus propias observaciones sobre las respuestas de los animales a la muerte.
Pronto, los científicos estaban diseñando nuevos proyectos de investigación y buscando patrones en la creciente pila de estudios de caso.
“Comenzó a crecer como una bola de nieve”, dijo Susana Monsó, filósofa de mentes animales de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en Madrid y autora de La zarigüeya de Schrödinger.
Cómo viven y entienden la muerte los animales.
¿Qué cuenta como duelo?
No hay una fórmula mágica para determinar si el comportamiento de un animal califica como duelo, dijo Barbara J. King, antropóloga de William & Mary y autora de How Animals Grieve.
Pero los cambios en las rutinas diarias y las “señales de profundo dolor específicas de la especie” se encuentran entre los indicadores de que los animales podrían estar de luto, dijo King.
Muchos estudios documentan conductas que parecen encajar en esta descripción.
Los simios, monos, delfines y ballenas a veces cargan los cadáveres de sus crías durante días o semanas.
Algunas madres macaco afligidas se vuelven aisladas y retraídas, recibiendo menos acicalamiento e iniciando menos abrazos.
Las jirafas velan a las crías caídas; los elefantes tocan los huesos de sus muertos.
Los perros, gatos y caballos a veces parecen perder el interés en la comida tras la muerte de compañeros animales (o humanos), según han reportado sus dueños.
Que estas conductas sean señales de tristeza está sujeto a interpretación, y los relatos de los cuidadores de animales no siempre son fiables.
(Los dueños de mascotas en duelo podrían proyectar su propia pena en sus animales sobrevivientes).
Pero para King, los relatos creíbles que existen son más que suficientes para convencerse.
“El duelo no es una conducta ‘humana’, con lo cual quiero decir que no es una conducta exclusivamente humana”, dijo.
Otros científicos son más cautelosos.
“Me gustaría mucho que hubiera pruebas sólidas de duelo”, dijo Alecia Carter, antropóloga evolutiva del University College de Londres.
“Pero personalmente no he encontrado muchas”.
Incluso una conducta como aferrarse a un cadáver no es necesariamente fácil de interpretar.
En un metanálisis de 2021, Carter y sus colegas descubrieron que las madres primates tenían más probabilidades de cargar a las crías que habían muerto por causas “no traumáticas”, como enfermedades, que por accidentes o ataques, que suelen dejar lesiones más evidentes.
La conducta también era más común entre las madres jóvenes que entre las mayores.
¿Una posible explicación?
Las madres primates tienen más probabilidades de cargar crías muertas cuando no reconocen del todo que están muertas.
Esa es solo una hipótesis, e incluso Carter no la considera del todo convincente.
Pero subraya la necesidad de ser cautelosos al sacar conclusiones sobre qué está impulsando el comportamiento animal.
Cómo afecta la pérdida al cerebro
Mientras antropólogos y zoólogos documentan el comportamiento animal, los neurocientíficos observan el cerebro.
Muchos se enfocan en especies monógamas que forman fuertes vínculos de pareja, como los topillos de la pradera y los ratones de California, simulando la muerte al separar permanentemente a los animales de sus parejas.
Este tipo de ruptura romántica puede producir signos de ansiedad y lo que los científicos llaman desesperanza conductual.
Tras perder a sus parejas, los topillos de la pradera machos abandonan más rápido sus intentos de escapar de cilindros llenos de agua, por ejemplo.
Esas pérdidas también activan los circuitos de estrés del cerebro y alteran las vías de señalización de la oxitocina, una hormona que facilita el vínculo afectivo.
En un pequeño análisis inicial de tres coyotes viudos, Freeman, de la Estatal de Utah, descubrió que los cambios en las vías de estrés del cerebro podrían comenzar en cuestión de días y durar más de un año.
La ruptura de vínculos individuales puede tener efectos distintos a los del aislamiento general.
Un estudio reciente descubrió que, tras perder a su pareja, los ratones de California mostraron signos de mayor inflamación cerebral.
Los ratones sin vínculo previo que vivían solos no las mostraban.
“Un animal que nunca ha tenido pareja es biológicamente diferente de un animal que tuvo pareja y perdió su relación”, dijo Erica Glasper, neurocientífica conductual de la Universidad Estatal de Ohio que dirigió la investigación.
Algunos de estos hallazgos tienen paralelismos fascinantes en los humanos.
Por ejemplo, perder a un cónyuge parece promover la inflamación en las personas, un efecto que se vuelve más pronunciado a medida que aumenta la gravedad del duelo.
Aun así, Glasper se muestra reacia a decir que los ratones están de luto.
“Nuestros datos nos dicen que la pérdida sí le importa al animal”, dijo.
“No pueden decirnos realmente cómo se sienten. No podemos preguntarle al ratón si extraña a su pareja”.
Esa es una pregunta crucial, dijo Zoe Donaldson, neurocientífica conductual de la Universidad de Colorado en Boulder.
“La añoranza es lo que diferencia al duelo de la depresión”, dijo.
Algunas investigaciones emergentes, de Donaldson y otros, sugieren que los topillos podrían anhelar a las parejas ausentes.
La dopamina, que desempeña un papel crucial en la motivación, parece impulsar el deseo de un topillo por su pareja.
La hormona se dispara cuando los topillos buscan a sus parejas o anticipan reencontrarse con ellas.
Y varios estudios sugieren que una separación de cinco a siete días puede aumentar la motivación de un topillo para reencontrarse con su pareja y amplificar la señalización de la dopamina en el cerebro.
Donaldson, quien dijo que al principio había descartado la idea de que los roedores monógamos pudieran sentir duelo, ahora cree que los topillos de la pradera experimentan “algo parecido al duelo”.
Aunque los científicos tienden a ser cautelosos, el público ha adoptado la idea del duelo animal.
En una encuesta de mil adultos australianos, el 90 por ciento dijo que algunos animales podían sentir duelo y el 23 por ciento dijo que todos pueden.
Entre los que creían que los animales podían estar de luto, el 18 por ciento atribuyó el duelo a las hormigas; el 10 por ciento, a los langostinos.
“La gente tiene emociones increíblemente intensas con esto cuando hablo de mi investigación”, dijo Donaldson. “Como: ‘No puedo creer que les estés quitando a sus parejas’”.
‘Una experiencia vivida más rica’
Los animales no necesitan entender conceptos abstractos como la inexistencia para saber algo importante sobre la muerte, argumentan algunos expertos.
Monsó, la filósofa de mentes animales, ha esbozado un “concepto mínimo de muerte”, que requiere entender solo dos conceptos esenciales:
la no funcionalidad, o la idea de que los animales muertos no hacen las cosas que hacen los vivos, y la irreversibilidad, “que es la idea de que a diferencia de los individuos dormidos, los individuos muertos no vuelven a hacer cosas”, dijo.
En un nuevo estudio, Monsó y sus colegas descubrieron que las cacatúas de Goffin, aves inteligentes conocidas por su habilidad para usar herramientas, podían distinguir entre herramientas rotas permanentemente, o “muertas”, y aquellas que solo estaban temporalmente fuera de servicio.
Los hallazgos sugieren que las aves podrían tener “algunos de los prerrequisitos cognitivos” para entender la muerte, dijo Monsó.
Pero incluso si no los tienen, añadió, los animales no necesitan necesariamente entender la muerte para sentir duelo.
Gonçalves, de la Sociedad Zoológica de Indianápolis, estuvo de acuerdo.
Los niños de tres años no comprenden completamente la muerte, señaló, pero pocas personas dudarían de que son capaces de estar de duelo por un padre fallecido.
“Les atribuimos el duelo sin dudarlo”, dijo.
En cierto modo, el debate sobre el duelo animal se ha vuelto semántico.
La pérdida de un compañero cercano puede causar angustia emocional en los animales, acordaron los científicos.
El punto en cuestión era si esa angustia podía llamarse duelo.
“Hay una parte de mí, como especialista en comportamiento animal, que definitivamente duda un poco”, dijo Freeman.
“No puedes simplemente decir que los animales sienten duelo y luego no respaldarlo con datos”.
Pero hay muchas razones para creer que los animales pueden sentir duelo, dijo, y a medida que llegan los datos, prefiere inclinarse por la idea de que su tristeza es real:
“Ofrece la oportunidad de darles crédito, tal vez, por una experiencia vivida más rica de la que solemos atribuir a los animales salvajes”.
Emily Anthes es reportera científica y escribe principalmente sobre ciencia y salud animal. También cubrió la pandemia de coronavirus.















Dejar un comentario