La vida custodia sus misterios bajo llave, esperando el momento exacto en que estemos listos para descubrirlos. Yo no buscaba una lección de historia aquella tarde en Buenos Aires; solo intentaba ordenar el pasado. Me había propuesto organizar el escritorio de mi padre, clasificando esos papeles sueltos que el tiempo va dejando a la deriva. Fue entonces cuando topé con una vieja caja archivo. En la tapa, una caligrafía familiar rezaba: “Fotos de familia y cartas personales”.
Guiado por la curiosidad indomable de quien asoma la nariz al ayer, levanté la tapa. Frente a mis ojos desfilaron los años 20 del siglo pasado: la familia Ferrari recién desembarcada de Italia, retratada en medio de opíparos banquetes, risas y celebraciones. Hombres de trajes elegantes y sombreros perfectos; tías y parientas envueltas en lujosos abrigos de visón o astracán. Cada foto llevaba al reverso una bitácora minuciosa escrita por el puño de mi padre, detallando quiénes eran, qué comían y qué festejaban.
Pero el verdadero secreto de la caja aguardaba en el fondo, camuflado entre los recuerdos de alcurnia.
Mis dedos tropezaron con unos formularios impresos que rompían la estética familiar. El encabezado, en italiano, cortaba el aliento: “Corrispondenza Prigioneri di Guerra”. Al darles la vuelta, el remitente confirmaba el frío protocolo militar: nombre, apellido, grado, número de prisionero y un destino final escrito en inglés: Italian Prisoners of War Camp, Union of South Africa. Cartas desde un campo de prisioneros en Sudáfrica, dirigidas a mi padre y a mi abuela.
¿Qué hacía la correspondencia de los soldados cautivos de la Segunda Guerra Mundial en el escritorio de papá? ¿Cuál había sido su papel en ese tablero trágico?
La primera pista la encontré en mi propia sangre. Mi abuela, Raquel Bono Ferrari, había sido presidenta de la Asociación Italiana de Refugiados de Guerra. Es fácil deducir que mi padre, siendo un hombre joven, fue su mano derecha, su aliado silencioso en la titánica tarea de socorrer a los desamparados cuando la Gran Guerra apagaba sus ecos. Pero la gran incógnita seguía flotando en el aire: ¿Por qué Sudáfrica?
La respuesta me la dieron los libros y los archivos históricos días después. Durante las feroces campañas de la Somalia italiana y Etiopía, miles de soldados de Mussolini fueron capturados en el norte de África por las fuerzas aliadas.
Lejos de sus hogares, fueron trasladados al extremo sur del continente, a un gigantesco complejo llamado Zonderwater, en la provincia de Transvaal. Aquel lugar no era una prisión cualquiera: llegó a albergar a 67.000 almas entre 1941 y 1947, convirtiéndose en el mayor campo de prisioneros del territorio aliado.
Sin embargo, la historia de Zonderwater no estaba escrita con la crueldad habitual de las guerras. Siguiendo de forma estricta la Convención de Ginebra de 1929, el campo se transformó en un oasis de humanidad gracias a un hombre: el coronel Hendrik Fredrik Prinsloo.
Bajo el mando de Prinsloo, el cautiverio se convirtió en un aula. Se fundaron quince escuelas. Alrededor de 9.000 soldados que habían llegado al campo siendo completamente analfabetos, aprendieron a leer y a escribir en su propio idioma, el italiano, mientras asimilaban un oficio para el futuro. El complejo llegó a tener una biblioteca con diez mil volúmenes, salas de teatro, funciones de cine y torneos deportivos. Aquella labor fue tan extraordinaria que, años más tarde, el gobierno italiano condecoró a Prinsloo con la Orden de la Estrella de Italia, y el Papa le otorgó la condecoración pontificia Bene Merenti.
Fue al terminar de leer esa investigación cuando todo cobró un sentido profundo y conmovedor.
Volví a mirar las cartas de la caja. Observé con detenimiento los trazos de tinta: líneas temblorosas, caligrafías toscas, primitivas, casi idénticas entre sí. De pronto, lo comprendí. Esas cartas no sólo llevaban mensajes de agradecimiento a mi padre y abuela; llevaban las primeras letras que esos hombres habían dibujado en sus vidas. Aquellos trazos torpes eran el pulso de soldados que habían descubierto la luz de la escritura en medio de la oscuridad del cautiverio.
Hoy, la sorpresa, la emoción y un orgullo limpio me inundan el pecho. Siento que esos papeles no me pertenecen solo a mí, sino a la memoria del mundo. Por eso, he iniciado los trámites para que este tesoro documental descanse en un museo, donde las futuras generaciones recuerden que, incluso cuando la humanidad se destruye a sí misma, siempre hay manos dispuestas a salvar la dignidad humana.
Bendita sea, hoy y siempre, la paz.














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