la revancha pendiente de los africanos y el fantasma que sobrevuela de la «Desgracia de Gijón»

El lema popular dice que el fútbol siempre da revancha. Pero pocos guionistas tendrían la paciencia de hacer esperar 44 años para escribirla. Ese fue el tiempo que necesitó Argelia para volver a encontrarse, en una Copa del Mundo, con el rival que protagonizó una de las heridas más profundas de su historia futbolística. Y el destino, caprichoso como pocas veces, les ofrece ahora a ambos una nueva oportunidad: a los africanos, la de intentar sanar aquella cicatriz; a Austria, la de defender el papel de verdugo de un escándalo que quedó grabado para siempre en la historia de los Mundiales.

Mientras la Selección Argentina cierra este sábado la fase de grupos frente a Jordania, en paralelo, el otro encuentro del Grupo J del Mundial 2026 esconderá una historia que trasciende ampliamente los tres puntos y la definición de quién avanza de ronda. Hay un morbo extra. Será su primer cruce desde la recordada «Desgracia de Gijón«, el escándalo que cambió para siempre el reglamento de la FIFA y dejó a los Zorros del Desierto como una de las grandes víctimas de la historia del torneo.

En la tarde del 25 de junio de 1982, en el estadio El Molinón, Argelia observaba desde afuera cómo se definía su suerte. Los africanos, debutantes absolutos en un Mundial, ya habían hecho mucho más de lo que cualquiera imaginaba: sorprendieron al derrotar 2-1 a Alemania Federal, vencieron también a Chile (3-2) y, tras la derrota con Austria (2-0), quedaron a la espera del desenlace entre los vecinos europeos.

Las cuentas eran sencillas. Un triunfo alemán sobre los austríacos por un solo gol clasificaba a los dos ey eliminaba a Argelia. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

A los 10 minutos, Horst Hrubesch marcó el 1-0 para Alemania Federal. Lo que siguió durante los siguientes 80 minutos dejó de parecerse a un partido de fútbol. Los riesgos desaparecieron, los pases laterales se multiplicaron y ambos equipos administraron un resultado que beneficiaba a los dos. La pelota circulaba sin intención de atacar. Nadie quería alterar el marcador.

La reacción del público fue inmediata. Desde las tribunas comenzaron a bajar silbidos e insultos que se volvieron ensordecedores cuando el árbitro marcó el final. «¡Que se besen!«, gritaban los espectadores, mientras algunos hinchas argelinos arrojaban monedas al campo en señal de protesta. Incluso, el relator de la televisión alemana, Eberhard Stanjek, llegó a oponerse a seguir narrando el partido. El austríaco Robert Seeger, por su parte, sugirió a los televidentes que apagaran el televisor por vergüenza.

La crónica de Clarín publicada al día siguiente reflejó el clima de aquella tarde. «La intención es comentar un partido de fútbol. Pero se hace difícil«, escribió el enviado especial Miguel Ángel Bertolotto antes de resumir el espectáculo con otra sentencia demoledora. «Para el segundo tiempo de fútbol no tenemos nada para contar«.

El escándalo fue de tal magnitud que obligó a la FIFA a modificar para siempre el reglamento de los Mundiales. Desde entonces, las últimas fechas de cada grupo comenzaron a disputarse en simultáneo para impedir que un equipo supiera de antemano qué resultado le convenía. Una solución que se extiende hasta la actualidad.

Durante más de cuatro décadas pareció que aquella historia había quedado archivada y marcada en el corazón argelino. La «Desgracia de Gijón» siguió siendo una herida abierta en la memoria futbolística del país que se extiende hasta la actualidad. «Incluso sabiendo que lo esperábamos, todos estábamos enojados, indignados y estupefactos«, declaró recientemente el futbolista argelino Rabah Madjer, víctima de aquel suceso vergonzoso, a la agencia internacional Reuters. Sin embargo, el destino, a su debido tiempo, volvió a reunir a los mismos protagonistas.

La revancha, en realidad, ya había amagado con aparecer una vez. En Brasil 2014, Argelia alcanzó por primera vez los octavos de final y el destino volvió a cruzarla con Alemania, el otro protagonista de aquella tarde en Gijón. Resistió durante 90 minutos, llevó al futuro campeón del mundo al alargue y recién cayó 2-1 cuando los penales parecían inevitables. No hubo venganza. La herida seguía abierta.

Ahora, doce años más tarde, en su regreso a una Copa del Mundo, el destino volvió a cruzar los caminos. Esta vez no aparece Alemania, sino Austria, el otro protagonista de aquella historia. Cuesta creer que sea una simple casualidad.

El partido de este sábado tendrá, además, un valor deportivo enorme. Con Argentina ya clasificada como líder del Grupo J, Austria y Argelia definirán el otro boleto directo a los dieciseisavos de final. Los europeos llegan como escoltas con tres puntos y mejor diferencia de gol, por lo que el empate les alcanza para conservar el segundo puesto. Argelia, en cambio, necesita ganar para asegurarse la clasificación sin depender de nadie.

Ese triunfo, además, tendría un valor mucho más profundo que el deportivo. No solo le permitiría avanzar de ronda, sino que dejaría a Austria dependiendo de otros resultados para saber si consigue un lugar entre los mejores terceros. Paradójicamente, el empate clasificaría a ambos: Austria lo haría como segunda y debería enfrentarse a España, líder del Grupo H, mientras que Argelia avanzaría como uno de los mejores terceros y, en principio, tendría por delante un cruce más accesible frente a Suiza.

Allí aparece el fantasma de Gijón. La posibilidad de que un empate beneficie a ambos equipos despertó rápidamente comparaciones con aquel pacto de no agresión de 1982. Consultado sobre ello, Ralf Rangnick, el entrenador austríaco rechazó cualquier especulación. «Ninguno de nosotros, ni siquiera con un día de anticipación, sabe cuál será la situación«, aseguró. «Una vez que empiece lo sabremos, pero no influirá en nuestro partido«, cerró.

Hace 44 años, Argelia fue una víctima obligada a mirar desde afuera cómo otros escribían su destino. Dependió de la honestidad deportiva de dos rivales que eligieron otro camino. Este sábado tendrá la posibilidad de cambiar esa historia con sus manos, tomando revancha al dejar a su rival al borde de la eliminación. Austria, por su parte, puede prolongar ese incómodo papel de verdugo. Las cartas vuelven a estar sobre la mesa. El lema se cumple: el fútbol siempre da revancha. Pocas veces, sin embargo, hace esperar tanto para concederla.



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