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“Hay una desorientación particular en los 40 cuando te das cuenta de que ya no te estás convirtiendo en alguien, sino que ya te convertiste en esa persona, y nadie te advirtió que la fase de construcción simplemente terminaría silenciosamente”

Una escritora puso en palabras una sensación difícil de explicar que, según su reflexión, puede aparecer al atravesar los 40: descubrir que gran parte de aquello que durante años funcionó como una meta ya fue alcanzado.

El trabajo, la estabilidad, las relaciones, los gustos propios y una identidad definida pueden estar ahí, pero aun así aparecer una sensación extraña, más cercana al vacío que a la infelicidad.

Halle Kaye desarrolló esta idea en una publicación de Bolde, donde planteó que existe una desorientación particular cuando una persona se da cuenta de que ya no se está convirtiendo en alguien, sino que ya se convirtió en esa persona.

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La frase resume el eje de su reflexión: durante décadas, la vida puede organizarse alrededor de la construcción de una versión futura de uno mismo, hasta que, silenciosamente, esa etapa termina.

Para Kaye, durante buena parte de la vida siempre existe algo por delante. Primero aparece el próximo curso y después el título. Luego llega el primer trabajo, seguido por uno mejor. Más adelante aparecen la relación, el dinero, la estabilidad y todas aquellas condiciones que alguna vez parecían necesarias para sentir que finalmente se había llegado a algún lugar.

Ese movimiento hacia adelante tiene una función concreta. Según la escritora, permite atravesar los momentos difíciles porque ofrece una dirección: siempre hay algo que alcanzar y una versión futura de uno mismo hacia la cual avanzar.

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Cuando la atención está puesta permanentemente en la próxima versión, la persona que se es en el presente puede quedar relegada. Kaye describe esa dinámica como una forma de vivir un paso por delante, comparando continuamente lo que ocurre hoy con un futuro que parece estar a punto de ser mejor.

La escritora sostiene que, con el paso de los años, la identidad puede quedar profundamente ligada a ese proceso de transformación. Para alguien menor de 40, explica, la respuesta a quién es puede estar relacionada con quién aspira a ser y con aquello que espera conseguir. Hasta que, poco a poco, llega.

Se consigue el trabajo esperado, la casa, la relación o la persona que se anhelaba. Y aparece una situación inesperada: el momento que durante años se imaginó como una especie de llegada definitiva puede no producir la sensación prometida.

Kaye vincula esta decepción con la llamada “falacia de la llegada”, una idea que describe la tendencia a sobreestimar cuánto nos hará sentir un logro importante. El futuro es imaginado como un destino donde finalmente llegará la felicidad, aunque esa sensación después pueda volver a su nivel habitual.

La reflexión de Kaye no plantea necesariamente que haya algo malo en esa vida. De hecho, ahí encuentra parte del problema. La persona puede haber conseguido exactamente aquello que buscaba y descubrir que alcanzarlo no transformó todo como había imaginado. La vida puede estar bien y, al mismo tiempo, aparecer una sensación difícil de compartir.

La escritora también señala la soledad particular que puede existir en sentirse vacío dentro de una vida que, desde afuera, parece un éxito. En ese escenario aparece incluso la idea de no tener derecho a sentirse así.

Una nueva meta, otro objetivo, otra cima que conquistar. Para Kaye, quizás la dificultad esté justamente en ese punto: Después de pasar toda una vida en camino hacia algún lugar, nadie parece advertir qué hacer cuando finalmente se llega.

Fuente

Minardi Automotores
Vinería La Carreta
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Sunchales dialogo
Municipalidad de Sunchales