Cada cuatro años la escena se repite: el tumulto repentino en la vereda, los sobres rasgados por doquier, los rectángulos de colores pasando de mano en mano. El mundial de fútbol anuncia su nueva edición y también un nuevo álbum de barajitas coleccionables.
A lo largo de su vida, la persona promedio verá unos diecisiete mundiales, de los cuales probablemente recuerde solo trece o catorce, según qué tan arraigado tenga el espíritu futbolero. Y del mismo modo conservará, en algún rincón de su casa, varios álbumes de barajitas mundialistas, quizá con la esperanza de sumarles algún día los que emprendan sus hijos o sus nietos. Pero los álbumes de mundiales pasados son como las viejas fotos familiares: para un joven no son más que colecciones de retratos de desconocidos.
El primer mundial en ofrecer figuritas coleccionables fue el de México 1970, año en que la FIFA cedió a los hermanos Panini la licencia para comercializar las imágenes de los jugadores del evento. Estos cuatro modeneses ya habían hecho lo mismo con las ligas del fútbol italiano y, antes que eso, con las imágenes coleccionables que venían en chucherías y cigarrillos. Así que el éxito de la empresa fue tal, que en muchos países se llama aún “panini” a las barajitas, sin importar si son de esa marca o de sus cada vez más escasas competidoras.
Mi primer mundial y álbum asociado fueron, por ejemplo, los de Italia 90, y la edición más popular en Venezuela era de Reyauca, una editora local. El papel era reciclado y usábamos pega blanca para poner las figuritas en su sitio, como en una asignación escolar de artes plásticas. El álbum, una vez lleno, se convertía en un volumen mostrenco y desaliñado, cutre pero verdadero, que nadie en su sano juicio se animaba a intercambiar por lo ofrecido en sus páginas finales: una bicicleta, un balón oficial de la FIFA o algún otro premio destinado a darle al álbum un propósito, una medida de su valor más allá de la experiencia.
Recuerdo haber sido fiel a la edición de Reyauca en el siguiente mundial de USA 94, a pesar de que los niños que llenaban el Panini la miraran con indisimulado desprecio, como el álbum de niño pobre que yo, a decir verdad, no era. Quizá por eso en Francia 98 sucumbí a la tentación del álbum caro, elegante y autoadhesivo, que llené sin emoción a hasta un tercio, cuando mucho. Pero no fui el único en hacer la transición. La última edición de Reyauca fue la del mundial de Japón-Corea del Sur 2002. A partir de entonces, el imperio Panini extendió para siempre sus alas de papel glacé.
Años después, en el marco de alguna mudanza, me los volví a tropezar: cuatro o cinco álbumes dispares y coloridos que, como amigos arruinados de la infancia, sólo sabían hablar de glorias pasadas. Estuve a punto de echarlos a la basura, pero me detuvo el pensamiento de si tendrían valor para algún coleccionista. De modo que allá siguen, aguardando el día del canje final, cuando les sea revelada su valía: un balón de fútbol original, una bicicleta o quizá solo un puñado de euros.











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