La frontera entre la pobreza digna y la marginalidad es lábil para aquellos que transitan sus bordes. Los casos puntuales de personas o familias que viven en esa cuerda floja suelen ser elocuentes de ese tironeo permanente.
Porque la “mala vida” incuba atractivos impuestos por la necesidad o las pulsiones de vivir por afuera de todo marco moral y legal. Es el caso de Liliana, de treinta y nueve años, oriunda de la provincia de Jujuy. La muerte de su mama indujo a su padre a emigrar con sus diez hijos a Buenos Aires bajo el auspicio de un antiguo vecino conectado con políticos influyentes de un municipio del sudoeste del Conurbano.
Se les proporcionó un enorme terreno en una zona que estaba avanzando sobre su flanco semi-rural donde diversos referentes intentaban moldear aparatos electorales. El paisano les suministró cartones, chapas, garrafas y una perforación para obtener agua de pozo. A su padre, le consiguió un empleo remunerado como cuidador de los caballos de carrera de los jefes políticos comunales.
Por entonces, Liliana tenía diecinueve años y era la antepenúltima de la larga saga de hermanos varones aunque encabezados por Adelina, la primogénita, quien intentó ponerse al frente del clan. Pero desistió impotente respecto de sus novedosas prácticas auspiciadas por vecinos que abusaban de su inocencia y las imponían como un de derecho de admisión.
Uno tras otro fueron cayendo en el consumo y narcomenudeo. Simultáneamente, aparecieron en la ranchada sus novias temporarias. Liliana relata retenida esas experiencias: “los gritos de unos excitaban al resto; y a veces todo terminaba en grandes orgias. El problema se agravó cuando empezaron a nacer los chicos. Mi hermana mayor intentó otra vez asumir el papel de mi finada madre garantizando su inscripción, vacunación y escolarización. Fue imposible: todos parecíamos apasionados por la nueva vida. Con los años, pienso que fue una rebelión respecto de la rutina chata del pueblo jujeño. Adelina, entonces, se recluyó en una congregación evangélica”.
Aquellas “fiestas” familiares y vecinales de la villa tenían su atractivo: “suponía la adaptación a la normalidad de las personas que vivían en Buenos Aires. Hasta cambió nuestro vocabulario con términos que nos daban la sensación de ser más modernos. Lo malo era la violencia y las peleas: en una un vecino invitado mató a su hermano de diecisiete años clavándole una botella rota. Quedó todo tapado por la rosca policial y política como para que el largo corredor de nuestras casas no dejara de ofrecer “la basura”. Tras la tragedia, mi viejo descubrió que había sido engañado y se volvió Jujuy”.
Un día, una vecina le ofreció hacer un curso de dos meses de masoterapia pero que encubría a prostitución domiciliaria. “Fue todo un éxito; aunque significaba vivir los riesgos”. Pero por entonces, conoció a quien, a la postre, se convertiría en su primer marido: un trabajador metalúrgico formal con quien se radicó en otra zona alejada del clan. Fruto del esfuerzo mancomunado lograron adquirir “la tenencia” de un terreno.
Con la colaboración cada fin de semana de su nutrida familia de primos, tíos y parientes logaron en seis meses sentar la loza y construir una vivienda de material: “Así me convenció que era posible vivir acá de otra manera”. En ese contexto nacieron un nene y una nena durante los dos siguientes. Pero “el recuerdo de ‘la joda’ me agobiaba como un fantasma…”.
Mediante un grupo de whatsapp se incorporó a una red de “masajistas” de la zona comandadas por una “administradora” de la zona. “Un día, mi marido abrió el móvil; y tras leer los contactos, mensajes y fotos, sin decir palabra, se armó el bolso y se fue. Solo con los meses pudimos reunirnos para resolver la manutención de los chicos. Es un gran hombre; y como buen paraguayo respetuoso de la palabra”. Los fantasmas de la vida marginal retornaron convirtiéndose su casa en un sitio de fiestas nocturnas. “Perdí el control ‘empedada’ y trayendo a sucesivos “novios”.
“Un día tome conciencia y llame a Adelina para que reencausara mi hogar. En la congregación, conocí a un colectivero con quien tuve a otra nena. Con él, hicimos un primer piso para las habitaciones. Pero empezó a sospechar de todo surtiéndome sucesivas palizas. No eran solo celos: había empezado a consumir ‘tusi’. El templo lo erradicó de casa gracias al auxilio de feligreses con la cruz en una mano y un revolver en la otra”. Adelina, entonces, asumió el papel de madre que no pudo desempeñar con el resto del clan.
La congregación la adiestró en otros oficios cuya demanda floreció tras la cuarentena: elaboración de comida, organización de eventos, locución, peluquería y cuidado de personas. “Vivimos con lo justo, pero los dos mayores, ya adolescentes, se calificaron: la menor ayudando al padre de su novio que vende autos usados; y el mayor estudiando la reparación de aires acondicionados. Mi único miedo ahora es la adicción al celular cada uno encerrado en su habitación vaya a saber chateando con quien”.
“Con lo que gano, alcanza justo; pero a veces debo endeudarme con el financista dueño de un quiosco del barrio… Y todavía no he podido revocar ni un solo ambiente de mi casa”. Pero los tironeos en la cuerda floja persisten. “Continúo con los masajes: los relajantes y los ‘especiales’ por recomendación. Pero extremo los recaudos”. Ante un cliente nuevo no va sola al domicilio: la acompaña su hijo quien le ve la cara al cliente y la aguarda hasta el final de la sesión….w






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