El tango ‘Chau, no va más’, para cuando creamos desfallecer

A juzgar por su título, el tango “Chau, no va más”, escrito por Homero Expósito, musicalizado por su hermano Virgilio y cuya letra convendría releer en momentos de frustración es, a priori, un testimonio desalentador. Cómo no creerlo si el autor optó por el término chau, lacónico e imperativo, para descartar cualquier posibilidad de reencuentro. Si hasta se valió del no va más para clausurar esperanzados proyectos. Sin embargo, a poco de adentrarnos en los versos, descubrimos que, contrariamente a lo supuesto, encierra un claro acicate, una sólida voluntad de desvirtuar todo aquello. Cobra énfasis el interés destinado a propiciar los anhelos de quienes no renuncian a creer y a perseverar.

Cuando la vida parece no dar respuesta, cuando arrecian los porqués y el silencio deprime, aflora un bagaje anímico, íntimo o prestado, al cual apelar. La clave radica en querer hallarlo. Y, en tal sentido, este tango desmiente lo apocalíptico del título.

Según se desprende del tenor de su mensaje, Homero jamás le atribuyó al fracaso sentimental el carácter de inexorable. Por el contrario, extrajo de su incidencia la herramienta válida para rehacerse. A quien pudiera padecer olvido y desamor le dedicó esta reconfortante exhortación: “Tomalo con calma. Empezá a pintar, todos los días, sobre el paisaje muerto del pasado. Habrá música nueva en nuevo piano. Viví intensamente hasta equivocarte otra vez y luego volver a empezar”. A ese interlocutor, que imaginó emparentado con vicisitudes como las suyas, le preguntó: “¿Sabés qué es vivir?: vivir es cambiar. Dale un tiro al pasado. Sé que es duro matar el amor sin tener otra piel adónde ir. Pero dale, la vida está en flor. ¡Tenés, tenés que seguir!…”

Alejandro De Muro demuroalejandro4@gmail.com

“La Justicia y las penas que dan pena”

La comparación entre España y Argentina por actos de corrupción y teniendo en cuenta los montos involucrados y las penas impuestas, dejan a la Justicia argentina en una posición muy incómoda.

En España acaban de condenar al ex ministro de Transporte, José Luis Ábalos, a 24 años de prisión por digitar la compra de barbijos por un monto de 40,5 millones de euros durante la pandemia de Covid-19. Todo el proceso tardó 6 años.

En Argentina, por ejemplo, en el caso de Vialidad Nacional después de 17 años de proceso, condenaron a CFK a 7 años de prisión y otro tanto a sus cómplices, estando involucradas 54 licitaciones digitadas por un monto de aproximadamente US$ 2.000 millones.

Dado que en España los tiempos de los procesos de la Justicia y los montos involucrados son muy inferiores y con penas más duras que en Argentina, me llevan a concluir que algo anda mal con nuestra Justicia, sea por su accionar lentísimo como por la magnitud de las sanciones.

Ni mencionar la Justicia penal, como el caso de Adriana Barrionuevo: su ex buscó matarla dándole 37 puñaladas y arruinándole la vida, solo lo condenaron a 10 años de prisión. Los argumentos del tribunal de CABA, si no fuese una situación trágica, son dignos de un programa cómico.

Alfredo Tolchinsky a.tolchinsky.c@gmail.com

La Selección, un ejemplo dentro y fuera de la cancha

Después del partido con Jordania presté atención a las entrevistas con nuestros jugadores. Todos tenían una presencia prolija y, sobre todo, mesurados y sin soberbia en sus palabras. Esto se complementa con que no se oye ruido alguno viniendo del vestuario, como ocurría en otras épocas. Bien por ellos, y por el CEO Scaloni que los comanda. Y ni que hablar de Messi, la modestia en persona. Qué ejemplo para sus 45 millones de conciudadanos…

Harry Ingham isahar6@gmail.com

El pueblo argentino está feliz. ¿Y cómo no estarlo al ver jugar a Messi en la Selección? El diez no deja de asombrarnos. Con su creatividad y esfuerzo, ya convirtió seis goles -uno mejor que el otro- en este Mundial 2026. Y como dice la canción de Fito Páez: “Y dale alegría a mi corazón, que si me das alegría estoy mejor…”

Hugo Modesto Izurdiaga modestoizur@yahoo.com.ar

“¿Cuánto dolor puede soportar Venezuela?”

Hay dolores que llegan sin pedir permiso. La tierra tiembla, las casas se derrumban y, en un instante, la vida cambia para siempre. Un terremoto deja escombros, pero también deja preguntas que duelen más que las piedras. Porque existe otro terremoto, más lento y más cruel: el de la desidia, el abandono y los años en que un país fue perdiendo sus instituciones, su infraestructura y la capacidad de proteger a su gente. Cuando la naturaleza golpea, encuentra a un pueblo que ya venía soportando demasiadas heridas.

Surge una pregunta inevitable: ¿cuánto dolor puede soportar un país antes de olvidar cómo era la esperanza? Venezuela parece vivir una tragedia sobre otra. Sin embargo, entre los escombros siempre aparecen las manos de quienes rescatan, comparten, abrazan y ayudan sin preguntar. Allí, en la solidaridad de su pueblo, sobrevive una esperanza que ningún desastre ha podido destruir.

Que esta tragedia no sea solo una noticia más. Que cada víctima tenga un nombre y un lugar en nuestra memoria. Porque un país puede reconstruir sus edificios, pero reconstruir la esperanza es mucho más difícil cuando durante años también se la ha dejado caer entre los escombros. Y, aun así, mientras haya un venezolano dispuesto a tender la mano a otro, siempre habrá una razón para creer que, incluso después de la noche más oscura, el amanecer sigue siendo posible.

Marcelo Canadea marcelocanadea@gmail.com

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