El inicio de la temporada lírica del Colón combinó crudeza desbordada con densidad contenida

La temporada lírica del Teatro Colón abrió con el díptico verista –Pagliacci (Ruggero Leoncavallo) y Cavalleria rusticana (Pietro Mascagni)- bajo una premisa que no busca reconciliar lo irreconciliable, sino tensarlo. Con una nueva producción del Teatro, el régisseur Hugo de Ana invierte el orden tradicional y abre la noche con Pagliacci, proponiendo desde el inicio una clave de lectura: el verismo no como ilusión de realidad, sino como artificio consciente, como teatro que se sabe teatro. Su idea de “espectáculo global” no se apoya en la continuidad dramática sino en una atmósfera compartida, una pátina visual que intenta amalgamar dos obras de naturaleza diversa sin borrar sus fricciones.

La escenografía única -concebida como un set cinematográfico articulado por un disco giratorio que multiplica planos y acciones simultáneas- funciona como eje de esa unidad buscada. Andamios y estructuras de metal exhiben el dispositivo escénico.

Hugo de Ana desplaza el centro de gravedad hacia el lenguaje del cine: un Pagliacci de impronta abiertamente felliniana, con ecos de La Strada en la precariedad de esa compañía ambulante, y una Cavalleria de filiación más viscontiana, anclada en una Sicilia áspera, entre la tradición rural y una posguerra de cuerpos descalzos y dignidad erosionada.

Si en la primera la acumulación de estímulos visuales –figurantes por doquier– por momentos satura y diluye el foco dramático, en la segunda la propuesta encuentra un equilibrio más orgánico entre imagen y acción.

Las proyecciones a cargo de Martín Ruiz -algunas generadas mediante inteligencia artificial- se integran con naturalidad al dispositivo escénico y refuerzan la idea de un espacio mental antes que geográfico. Sin embargo, la inclusión de una secuencia fílmica -con imágenes de la vida religiosa en Sicilia- durante el célebre Intermezzo, sumada a la presencia de un director en escena, introduce un elemento redundante que parece desconfiar de la potencia autónoma de la música más que ampliar el sentido de la escena. En un pasaje ya intensamente asociado al imaginario cinematográfico, la intervención visual termina por subrayar lo evidente: hubiera bastado, quizá, con dejar hablar a la música.

El vestuario, en sintonía con la propuesta escénica, construye una paleta austera y verosímil que refuerza el anclaje social de los personajes, mientras que la iluminación -también a cargo del régisseur- modela con eficacia los climas dramáticos, alternando claroscuros expresivos que acompañan la tensión entre lo íntimo y lo teatral.

La diferencia entre las obras

El contraste entre ambas obras se vuelve particularmente eficaz en el plano actoral. Pagliacci se despliega como un territorio de violencia expuesta, sin zonas de consuelo ni personajes redentores.

En ese marco, la Nedda -despojada de toda idealización- de María Belén Rivarola se construye desde la fragilidad, con un desempeño vocal correcto, aunque por momentos de caudal insuficiente. En Stridono lassù, uno de los pocos respiros líricos de la obra, Rivarola ofreció una lograda suspensión poética. Pero la construcción del personaje no termina de asentarse: la figura queda a mitad de camino entre la vulnerabilidad y una tensión dramática que no llega a definirse plenamente.

Más contundente resulta el Canio de Denis Pivnitsky, que se ubica entre lo más logrado de la función: instrumento de buen caudal, proyección firme y una progresión dramática convincente que encuentra en Vesti la giubba un punto alto de concentración expresiva, resuelto con eficacia tanto en lo vocal como en lo teatral.

Fabián Veloz, como Tonio, aporta solidez y claridad en el prólogo, delineando un personaje de acento cínico que establece con autoridad el marco conceptual de la obra. Su Si può? se resuelve con autoridad vocal y claridad en la emisión, apoyado en un instrumento de buen cuerpo que corre con solvencia en la sala.

Sin personajes positivos, en el pesimismo radical la ópera encuentra una crudeza incómoda, por momentos excesiva pero coherente con su lectura.

En Cavalleria rusticana, en cambio, la violencia se repliega hacia una dimensión más contenida, casi ritualizada. Allí, la Santuzza de Liudmyla Monastyrska se impone con un instrumento de gran volumen, registro grave sólido y notable densidad expresiva, como se escuchó en Voi lo sapete, o mamma, aunque por momentos inclinada al exceso sonoro. Yonghoon Lee compone un Turiddu de línea firme y temperamento decidido, pero con tendencia a la exageración gestual.

El dúo entre ambos funcionó como uno de los núcleos más logrados de la obra: allí, la tensión dramática encontró un cauce convincente, sostenido en el contraste entre la intensidad vocal de Monastyrska y el impulso más directo de Lee, logrando momentos de verdadera densidad emocional.

Veloz, en su doble participación, construye aquí un Alfio convincente, de presencia escénica clara, mientras que Guadalupe Barrientos aporta sobriedad y eficacia como Mamma Lucia. Javiera Barrios resuelve una Lola de presencia sugestiva y funcional al conflicto, y Ramiro Maturana compone un Silvio musicalmente sólido y expresivamente sobrio, eficaz en su rol. Santiago Martínez, Mariano Crosio y Ariel Casalis estuvieron a la altura del resto del elenco.

Beatrice Venezi al frente de la Orquesta Estable logra imprimir vuelo a la riqueza musical de las dos partituras. Propone una lectura de trazo claro, atenta a la arquitectura antes que al desborde expresivo. Su dirección alcanza momentos de buen equilibrio, especialmente en Cavalleria. El Coro Estable bajo la dirección de Miguel Martínez, y el Coro de Niños preparado por Mariana Rewerski, cumplen su rol sobradamente.

El resultado es desigual pero estimulante. Entre la crudeza desbordada de Pagliacci y la densidad contenida de Cavalleria, lo que emerge no es una síntesis, sino una fricción productiva.

Ficha

Pagliacci y Cavalleria rusticana

Intérpretes: Orquesta Estable del Teatro Colón, Coro Estable del Teatro Colón (Miguel Martínez, director) y Coro de niños del Teatro Colón (Mariana Rewerski, directora) Dirección musical: Beatrice Venezi y Marcelo Ayub Dirección de escena, diseño de escenografía, vestuario e iluminación: Hugo de Ana

Pagliacci (Ópera en un prólogo y dos actos)

Música y libreto: Ruggero Leoncavallo (1857-1919) Reparto: Denis Pivnitsky y Alejandro Roy (Canio); María Belén Rivarola y Marina Silva (Nedda); Fabián Veloz y Youngjun Park (Tonio); Ramiro Maturana y Samson McCrady (Silvio); Santiago Martínez y Sergio Spina (Beppe)

Cavalleria Rusticana (Ópera en un acto)

Música: Pietro Mascagni (1863-1945) Libreto en italiano: Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci, basado en un relato de Giovanni Verga Reparto: Yonghoon Lee y Diego Bento (Turiddu); Liudmyla Monastyrska y Mónica Ferracani (Santuzza); Fabián Veloz y Youngjun Park (Alfio); Guadalupe Barrientos (Mamma Lucia); Javiera Barrios y Daniela Prado (Lola).

Próximas funciones: miércoles 15, jueves 16, sábado 18 a las 20; domingo 19 a las 17; martes 21, miércoles 22, jueves 23 y viernes 24, a las 20. Lugar: Teatro Colón.

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