Un cementerio es un lugar que casi todo el mundo ha tenido que visitar alguna vez, pero cuyas rutinas diarias apenas conoce nadie. Se va a ver a un familiar, a llevar flores, a limpiar una lápida o a acompañar un entierro, pero lo que ocurre cuando hay que abrir un nicho, preparar una sepultura o retirar los restos que ya estaban allí, suele quedar fuera del alcance de la mayoría. Albert Gaja, en cambio, lleva once años trabajando precisamente en esa parte del cementerio que casi nunca se ve.
Gaja empezó a los veinte casi por casualidad, después de que su padre rechazara una oportunidad para trabajar en el sector funerario y él decidiera probar. “Hice la prueba, me gustó y aquí estoy”, resume. Desde entonces ha aprendido un oficio en el que hay una gran parte física, pero donde también aprendes a trabajar en momentos de máxima emoción.
Hacemos entierros, preparamos nichos y también trabajamos con las lápidas: las hacemos y las colocamos. Lo que más desconoce la gente es esa preparación previa. Cuando fallece una persona y va a un nicho donde ya hay restos de otros familiares, nosotros vamos un día antes para dejarlo preparado. Reducimos el féretro que había antes; esa madera va a un contenedor especial y luego se quema, y los huesos se colocan en una bolsa especial, que se llama sudario. Después se deja al fondo o a un lado del nicho, según el espacio que haya.
Se aprende sobre todo trabajando. Yo, por ejemplo, no era paleta ni venía de un oficio parecido, empecé de cero. Tiene algo de este oficio, claro, pero no es lo mismo hacer una pared en cualquier sitio que trabajar delante de una familia. Es una cosa muy seria y muy delicada.
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Sí, claro. A veces hay 50 personas, 100 o incluso más. Están en silencio, te observan, la gente llora… Es complicado, porque no estás haciendo un trabajo cualquiera. Para ellos es un momento muy importante y tú tienes que hacerlo bien delante de todos.
Sí, fue en Tordera. Al principio siempre vas con un compañero que ya sabe y normalmente solo miras. En el primer entierro, el segundo, el tercero o el cuarto vas observando, y como mucho ayudas a hacer el cemento, pero aun así te quedas un poco en shock, porque estás viendo algo que no sueles ver y, además, lo haces trabajando.
Te acabas acostumbrando porque te haces fuerte, no te queda otra. Pero cuando ves algo injusto, sí que duele. Si un chico de 15 años muere en un accidente, no es lo mismo que una persona que ha fallecido por edad o por una causa natural. Cuando es una persona mayor, la familia suele venir más tranquila. Cuando es un niño, alguien joven o una muerte inesperada, se nota mucho.
La parte física pesa mucho, porque muchas veces trabajas en altura, coges peso, picas, sacas lápidas y mueves restos. Pero lo más duro es lo psicológico. Puedes venir aquí muy fuerte y, aun así, no aguantar. Hay gente que ha empezado y lo ha dejado porque no podía. Incluso hay personas que hacen la entrevista, ven lo que hay detrás y ya se dan cuenta de que este trabajo no es para ellas.
Cuando son jóvenes, muchas veces escuchas cosas como: “¿Por qué a mí?”. Intento hacer oídos sordos, porque después me tengo que ir a mi casa y si me lo llevase todo, sería inviable. En once años he hecho muchísimos entierros y no puedes cargar con todo, aunque haya situaciones que te afecten.
Sí, es delicada. Hay familias que vienen a verlo y otras que no. La mayoría no viene, pero quizá un 20% sí quiere estar presente. En cualquier caso, venga la familia o no, se tiene que hacer igual y con el mismo cuidado, porque ahí dentro hay una persona. Aunque hayan pasado veinte, diez o cinco años, yo intento verlo como si fuera mi padre, querría que lo sacaran con todo el cuidado posible.
La gente a veces no lo entiende, pero el féretro sigue ahí. Aunque hayan pasado 20 años, la madera continúa dentro. Algunos féretros están peor, otros más enteros y algunos salen casi igual, depende del tipo de madera y de las condiciones del nicho. También están los huesos, claro. Y a veces aparecen cuerpos momificados.
Sí. Cuando al nicho le da mucho sol, el cuerpo que hay dentro se seca y no llega a descomponerse de la misma manera hasta quedar solo los huesos. La piel se queda seca y rígida, y puede conservarse el cuerpo entero de la persona. Se pueden ver los dientes, el pelo, las uñas, la boca… Todo. Es impactante, la verdad.
Primero se saca el féretro del nicho y se coloca en el suelo. Después se abre la tapa y usamos un sudario especial, más grande, parecido a los que se pueden ver en ambulancias, de color blanco. Entre dos personas se coge el cuerpo momificado, se coloca dentro del sudario y se cierra. Es una situación que puede impresionar mucho, sobre todo si la familia está presente, porque al final es su madre, su hermano o su familiar, y no siempre esperan encontrarse eso.
Sí, claro. A veces pienso que la vida es más intensa de lo que creemos. Ves a deportistas, a gente joven, a personas de todo tipo, y al final todos acaban en el mismo sitio. Entonces, tras tantos años en esto, entiendes que te vas a morir y que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.
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