Todavía quedan estrellas de rock en la literatura. En la tarde del viernes 2 de octubre, la fila para entrar al auditorio de la Facultad de Derecho de la UBA, en el marco del Festival Internacional de Literatura (FILBA), es descomunal. Somos casi mil los que vinimos a presenciar la entrevista pública de Emmanuel Carrère -periodista, escritor y cineasta francés de 68 años, ganador de premios como el Prix des Prix y el Princesa de Asturias-, con la principal referente del periodismo narrativo de Latinoamérica, Leila Guerriero. El auditorio tiene techos muy altos, columnas antiguas, una platea con butacas de terciopelo rojo y un óleo con una escena eclesiástica de doce metros de altura. A las ocho de la noche, los dos escritores pisan el escenario. La cara de Carrère, ligeramente bronceada, es un mapa de arrugas y pliegues. Lleva un jopo canoso, una camisa leñadora arremangada, remera negra y zapatillas. Se desata una ovación parecida a la de un recital.
Estoy entre el público. Supe que iba a estar acá desde mayo de este año, apenas se anunció que el escritor francés vendría a Argentina. En el ocaso de la pandemia del coronavirus, un amigo me prestó Limónov. Ahí empezó todo. Hasta ese momento, los libros de no ficción escritos en primera persona me producían rechazo. Me parecía que eran demostraciones de ego del autor, que se creía lo suficientemente importante como para pensar que a todo el mundo le importaría su historia. Pero Limónov, publicado por Anagrama en 2011 y traducido a veintitrés idiomas, trastocó esa impresión que tenía sobre la llamada “literatura del yo”. Mientras lo leía, confinada en las cuatro paredes de mi casa, viajé hacia la Rusia profunda y disfruté de las peripecias de Eduard Limónov, un hombre que fue poeta, disidente en la Unión Soviética, exiliado, vagabundo, mayordomo de un millonario, líder proscripto de un partido bolchevique, místico, presidiario. Pero también de la historia de Carrère, que todo el tiempo ponía en diálogo aquello que le sucedía a ese personaje tan singular con su propia experiencia de vida. No para taparlo, sino para ampliar o comprender mejor el fenómeno narrado. Y ahora que estoy en este auditorio a punto de escucharlo, solo espero que revele algún secreto, una pista de cómo hace lo que hace.
Emmanuel Carrère y Leila Guerriero se sientan en el living armado en el escenario y comienza la entrevista pública. “Sus textos están repletos de una electricidad que demuestra deseo por el lector. Parece mirar a las personas desde muy lejos y escribir como si estuviera dentro de ellas”, lo presenta Guerriero. “Cuanto más se acerca a lo narrado, sus preguntas y vergüenzas van en aumento. Sus libros no se parecen a nada. Leyéndolo, parece que se acerca a los demás para comprenderlos, y se acerca a él, para sospechar de sí mismo.” Carrère se queda unos segundos pensativo, en estado de recogimiento, y dice con voz grave: “Yo desconfío todo el tiempo de mí mismo y de mis opiniones”.
Foto: Martín Bonetto
Un aterrizaje en la no ficción
Emmanuel Carrère nació en 1957 en el seno de una familia acomodada de París. Su padre era un ejecutivo de seguros, su madre una reconocida historiadora especializada en la Unión Soviética que llegó a ocupar el puesto de Secretaria General de la Academia Francesa. Carrère fue crítico de cine hasta que en 1983 publicó su primera ficción, La amiga del jaguar. Le siguieron Bravura, en 1984, y El bigote, en 1986, su primer éxito de la crítica. Una novela corta sobre un hombre que se afeita el bigote y descubre que nadie se da cuenta, ni siquiera su esposa. “Todas mis ficciones las escribí como en un trance alucinatorio -dice Carrère durante la entrevista pública con Guerriero-, en menos de tres semanas, cosa que nunca me pasó en libros de no ficción.”
Después de la escritura de esos primeros libros entró en un período de bloqueo creativo extenso, con lapsos de profunda depresión. Para sacarlo de la parálisis, su editor le propuso embarcarse en una biografía. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, sobre la vida del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, que se publicó en 1993, significó su aterrizaje en el mundo de las historias reales. Siete años después, escribió la extraordinaria historia de Jean-Claude Romand, un francés de 38 años que vivía engañando a su familia sobre su profesión y, al verse acorralado, asesinó a su mujer, a sus hijos y a sus padres para que nunca supieran la verdad. El adversario fue la consagración de Carrère como autor de no ficción, y también su propia cárcel.
“Hubo muchos momentos mientras lo hacía en los que me preguntaba por qué me atraía esa historia, qué pensarían mis hijos de mí cuando lo leyeran, incluso durante dos años abandoné el proyecto -dice, frente a un auditorio atento, sobre el proceso de ese libro que se convirtió en el equivalente francés del clásico de Truman Capote, A sangre fría. Al final, con el éxito que tuvo, descubrí que una historia así de monstruosa en un punto tiene que ver con casi todos nosotros. Porque todos somos capaces de mentir un poco para agradar. También aprendí que en la escritura siempre hay que ir adonde uno no quiere ir. Ser conducido adonde no queremos ir y más tememos.”
En 2007 publicó el libro que su madre no quería que escribiera. La historia oculta de su abuelo, un colaboracionista de los nazis. Se tituló Una novela rusa y provocó que su madre dejara de hablarle durante dos años. “No volvería a hacerlo. No fue un libro luminoso, pero me permitió salir de otra depresión. Me salvó la vida”, cuenta en la entrevista con Guerriero. En 2009 publicó De vidas ajenas, en el que cruzó la catástrofe humana provocada por un tsunami en Sri Lanka del que fue testigo con la vida de un juez y una jueza enfermos de cáncer.
En 2014, El Reino, un libro que retrata cómo surgió el cristianismo y, en paralelo, el recorte biográfico de su treintena, cuando se convirtió a la fe cristiana para salir de una crisis personal que lo tuvo al borde del suicidio. En 2020, Yoga, centrado en su experiencia en un retiro de Vipassana y el atentado a la revista Charlie Hebdo, ocurridos en simultáneo, aunque también cuenta una ruptura amorosa y el posterior periplo en el que terminó siendo diagnosticado con trastorno bipolar. En 2022, V13, una compilación de las crónicas que escribió durante el juicio por el atentado de Bataclán. El más reciente e íntimo de sus libros se titula Koljós, fue publicado en 2025. Es la historia de sus raíces familiares, su infancia y la trepidante vida de su madre y de su padre, ambos fallecidos en 2023 con meses de diferencia. Es el libro que lo trae, como excusa, hasta Argentina.
El mismo viernes de la entrevista pública con Leila Guerriero, por la mañana, Carrère está en el bar de la librería Eterna Cadencia a punto de dar una conferencia de prensa para unos quince periodistas, entre los que estoy. Después de deslumbrarme con Limónov en plena pandemia, vinieron todos los otros libros de él que compré y leí con fervor. Diez en total. Creo que es el autor del que más libros leí. En todos sentí que había un mismo trasfondo: el de un autor obsesionado por hurgar, desentrañar y describir la naturaleza humana. La suya, y la de los otros. Me volví adicta a su tono, mezcla de reportaje, ensayo, biografía y autobiografía. Vengo a esta conferencia de prensa decidida a preguntarle cómo lo logra.
Carrère se sienta en una mesa larga rectangular repleta de panificados. “Es la primera vez que los periodistas llegan puntuales a una conferencia de prensa, y que no tocan las medialunas”, bromea Sebastián Lidijover, jefe de prensa de Editorial Anagrama en Buenos Aires. El escritor luce algo cansado. Está vestido con la misma ropa que usará durante la entrevista pública de la noche. Lo secunda una traductora. Responde nuestras preguntas con frases breves, aunque su semblante es afable.
“Tengo la suerte de ser demasiado viejo para que sea mi problema -dice cuando le preguntan por la escritura y la inteligencia artificial-. Si fuese un joven que quiere escribir, pienso que sería un problema grande, porque empieza a haber una hibridación entre la escritura de máquina y la humana.” Un periodista le pregunta cuál es la mayor dificultad que encuentra a la hora de escribir sus libros: “Lo que más me cuesta es tener una primera versión. Después viene el montaje, que es como armar un rompecabezas, y es la parte que más disfruto”. Me llega el turno:
-¿Cómo evitás que la primera persona termine convirtiendo una investigación sobre otra persona en una historia sobre vos?
-Contar cosas incómodas o poco agradables respecto de mi persona le hace bien al lector, porque creo que ve ahí algo auténtico y que produce identificación. Lo más problemático es escribir sobre los demás. En De vidas ajenas hay un personaje que es Étienne, un juez, especializado en derecho del consumidor y el sobreendeudamiento. Algo sumamente técnico y específico en las ramas del derecho. A Étienne lo apasiona dedicarse a eso. Yo me fijé como apuesta lograr que ese tema les resultara tan apasionante a los lectores como le resultaba a él. Estoy muy orgulloso del trabajo artesanal que hice y de poder haber escrito ochenta páginas interesantes sobre algo tan específico. Lo tuve que escribir diez para que resulte fluido. Mi pequeño orgullo profesional es ese. Por eso creo que De vidas ajenas, de mis libros, es el que más quiero. Creo que es el más conmovedor y humano que he hecho.
Foto Martín Bonetto
La primera vez que Carrère vino a Argentina, todavía no lo conocía ni había leído sus libros. Fue en noviembre de 2015. Vino a presentar El Reino. Su visita tampoco tuvo demasiada trascendencia pública. Dio un puñado de notas periodísticas y una conferencia llamada “La novela de lo real”, moderada por Silvia Hopenhayn, en un anfiteatro para menos de trescientas personas, en la que habló de sus libros, los procesos de escritura y de su vida, que siempre está adherida a sus historias. Durante esa charla, que aún está en YouTube, se lo vio de traje y camisa, con el pelo oscuro al ras, titubeando sobre el momento en el que debía ponerse los auriculares para escuchar la traducción simultánea de las preguntas de la moderadora y, en ciertos pasajes de la charla, comiéndose las uñas.
En esta segunda visita al país, en cambio, su figura será destacada por los principales medios de comunicación. Además de la conferencia de prensa para periodistas y la entrevista pública a sala llena con Guerriero, dará una charla sobre el proceso de escritura de Koljós moderada por el periodista Javier Sinay (las entradas costaban treinta mil pesos y se agotaron en menos de una hora). Al final de esa charla, firmará ejemplares y se sacará fotos con sus fanáticos que circularán durante todo el fin de semana por las redes sociales. Su presencia será tópico de Twitter: “Esta ciudad está llena de pretenciosos y desempleados no podemos ser tantas personas a las 3 de la tarde haciendo una fila para sacar una entrada para la entrevista de Emmanuel Carrère con Leila Guerriero”, dirá la usuaria @sofiggxda. “Si son tan fans de Carrère, nómbrenme alguna de sus canciones”, replicará @papipoigal. “Emanuel Carrère me tiene un poquito podrido. Ya está, lo dije”, tuiteará @DiegoGolombek.
“En tus libros de no ficción se ve que hacés un procedimiento que yo llamaría de ‘desconexión aparente”, le dice Guerriero, sobre el cierre de la entrevista pública. “Unís dos historias que en principio parecen ser muy distintas, y las hacés encajar. En Yoga fue la meditación y los atentados, en De vidas ajenas el tsunami y la enfermedad terminal, y así en casi todos tus libros.” Carrère dice que es un procedimiento que tomó prestado del psicoanálisis. “Es como hacer fuego. Frotás dos palitos para hacer que el fuego prenda. Salvo en El adversario, que hay una unidad total, en el resto de los libros hago eso, apostando a que de la asociación salga algo esclarecedor. Donde parece no haber conexión, hay conexión.”
Pasaron casi dos horas de conversación. Carrère habló con lucidez y también de manera descarnada sobre sí mismo y sobre el irrefrenable deseo de reconocimiento que lo acecha, que dice haber heredado de su madre. Todavía no siento saciada mi curiosidad sobre cómo logra inmiscuir la primera persona en sus libros: pareciera que ni él sabe bien cómo lo hace. “Cada libro tuyo es mejor, mejor y mejor. ¿Se puede ser siempre mejor escritor de lo que uno ya fue, sobre todo cuando tiene picos muy altos?”, le pregunta, sobre el final, Guerriero.
“Creo que la mayoría de los artistas en un momento flaquean. Un momento donde las obras más importantes ya están hechas. Pero hay libros que parecen llegar muy tarde, como si fueran un regalo de los dioses. A algunos autores les pasa, y entonces sucede que todo lo que escribieron antes parece superficial al lado de eso último que escriben -le responde Carrère-. Podemos desearnos que nos pase algo así.” Después del aplauso final y antes de abandonar el escenario, Carrère abraza a Guerriero y se sacan una foto de espaldas al público. Posa como los traperos, mostrando de fondo a la multitud que lo aclama.











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