Jan Martínez Ahrens tiene 56 años, dirige El País desde junio del pasado año y ahora, este próximo lunes, celebra con todos sus compañeros, en España, en América y donde llega el diario, los cincuenta años de un periódico que nació muerto el dictador Franco y del que entonces casi nadie daba un duro por su porvenir.
Su más antiguo antecesor, Juan Luis Cebrián, director fundador del diario, vivió con él esta semana un encuentro con más de sesenta de los supervivientes de aquella época en la que ahora se asienta el porvenir del periódico de cuya escuela fue estudiante (como Javier Moreno, exdirector por dos veces y ahora director de la Escuela de Periodismo de la que ambos salieron). Jan Martínez Ahrens tiene una larga historia, de subdirector, de director del periódico en América y ahora del diario que lo hizo. Esta entrevista fue hecha en la medianoche madrileña del jueves. Él venía de un programa de televisión. Le espera, al día siguiente, la primera de las celebraciones del medio siglo de su periódico.
–Eres el director de El País del medio siglo. ¿Qué dignifica para ti?
–Volver a los orígenes del periódico, a una época en la que no estuve y ver, para mi alegría, que hay una coincidencia de valores que se ha mantenido estable en todo este tiempo. Todo ha evolucionado: del papel impreso en blanco y negro hemos pasado a las plataformas digitales. Nos hemos transformado desde el punto de vista tecnológico; hemos ampliado audiencias, pero hay un fondo común, una piedra firme y sólida: la defensa de la democracia como zona de acuerdo, de tolerancia, de claridad, también de defensa de los débiles, de reparto de la riqueza. Esos valores se han mantenido, con errores, con desaciertos, y también con muchos aciertos. Eso augura un futuro de otros cinco años por lo menos.
–Tus últimos años han sido americanos. ¿Qué consecuencia ha tenido para ti esta experiencia?
–Nosotros somos un periódico global; América es la globalidad, y este es un periódico global. En América tenemos seis ediciones, y en Estados Unidos funcionan dos, una en inglés, otra en español… Escribimos tanto para un lector de Monterrey como para un lector de Buenos Aires o de Mendoza, de Barcelona o de San Diego. Vamos a los lugares donde ocurren las noticias, sean o no las que más te gusten. Anteponemos el dato al prejuicio. Es un periódico global.
–La Argentina. ¿Cómo la encuentras desde la perspectiva que ahora tienes?
–Argentina siempre ha sido fuerte en términos políticos. Ahora está en una época realmente compleja, con una presidencia que representa muchos valores negativos porque, más allá de las medidas económicas, que también pueden ser cuestionables, es un tipo de gobierno que fomenta el odio, el odio al otro, el odio al diferente, el odio al surdo, el odio a todo aquel que no está de acuerdo con sus ideas. Y esa semilla del odio es terrible porque al final germina. Vemos los primeros brotes, pero no sabes en qué acabará en el futuro… En Europa tenemos una amplia experiencia en ver cómo el odio, si viene del aparato político, si viene de los gobiernos, se multiplica. Y en Argentina es verdad que hay una situación de una complejidad altísima desde el punto de vista económico, con unas tasas de inflación que eran absolutamente insoportables, que reflejaban una mala conducción de la política económica… De ahí hemos derivado en un gobierno, y sobre todo en una presidencia, que se ha ido a extremos que yo considero que son peligrosos.
–¿Qué peligros tiene para esa América en la que has vivido lo que está ocurriendo en Estados Unidos?
–Estados Unidos siempre ha sido un país aspiracional. Un referente de democracia, de libertades, de prosperidad económica, de un cierto capitalismo con rasgos salvajes, pero también muy innovador… Esa sociedad se está transformando. Hay unas oligarquías económicas fortísimas y un poder que muestra muy poco respeto al juego democrático en el interior. En el exterior está fomentando guerras, pisoteando la legalidad internacional, maltratando a socios democráticos, como España, México o Canadá… Aquellos que están más cerca son los que más dolor han recibido. Envalentonó a las fuerzas más radicales, más ultraderechistas, menos democráticas, de cada sociedad.
–¿Qué problemas genera para el periodismo el modo en que afronta la información Donald Trump?
–El periodismo serio está siendo acosado desde el poder, sin tapujos y sin velos. Directamente se les denigra en Estados Unidos. Hemos visto que programas legendarios tienen que cambiar de dirección por presiones del poder, como cadenas de televisión que se están tambaleando porque pueden caer en las zarpas del trumpismo. Sucede incluso con cómicos que han sido retirados de la antena por la presión del poder… Ya no se puede ni reír del poder en un país donde reírse del poder era un signo de salud democrática. El periodismo vive en una época de resistencia.
–Claro que sí. Porque también el periodismo, el buen periodismo, se hace grande en momentos como este. Es cuando tiene que demostrar su valía. En Estados Unidos hay magníficos periodistas. Es un país con medios poderosísimos y con un estamento periodístico muy concienciado de cuál es su deber y de cuál es su obligación.
–¿Qué has aprendido del mundo periodístico de América?
–Los periodistas americanos son muy buenos yendo al fondo de los asuntos. Tienen capacidades de muchos niveles. Hacen investigaciones de largo plazo, incluso de años… Hay una competencia sana entre los medios, se contestan unos a otros sin insultarse, sacando exclusivas… Ahora se ha deteriorado un poco ese clima que llegó a ser común también en el primer mandato de Trump.
–¿Y en España? ¿Qué clima observas en el periodismo que se hace en tu propio país?
–Muy crispado. España está crispada, los medios están crispados. Vivimos con una sensación de campaña o precampaña electoral permanente, y ya sabemos lo que pasa en las campañas. La verdad deja de importar muchas veces… Se juega al interés cortoplacista, a la destrucción del enemigo. Ya no hay rivales, hay enemigos, se ha creado un mundo de banderías según el cual o estás en un sitio o estás en otro, y no se admiten ni el diálogo ni el consenso. España está muy bien, pero hay una crisis soterrada que proviene de los problemas de la vivienda y de la insatisfacción con los salarios. Ese el caldo de cultivo de las políticas de hoy.
–Ahora, este próximo lunes, El País que diriges celebra sus cincuenta años. El primer director, Juan Luis Cebrián, celebró contigo y con los primeros sesenta trabajadores de los primeros años del periódico, una fiesta de aniversario… ¿Cómo viviste ese momento?
–Fue entrañable. Llevo muchos años en el periódico, y con muchos de ellos trabajé. Ahí había maestros míos del periodismo. Vi optimismo, fe en este oficio, y a mi eso me ha cargado las pilas. Me hizo reflexionar sobre el oficio. Es una tarea muy desgastante, de la que todos los días sales pensando que no lo has hecho lo suficientemente bien, que hay errores, que no hemos sabido llegar donde deberías estar… Aquella era gente que proviene el periodismo que hacemos ahora con las armas de toda la vida: el periodismo bien. Es un impulso, una descarga de energía… Los periodistas vivimos mucho en el presente, pero hay un pasado en el que había gente que hizo lo que tú estás haciendo ahora, ellos creían en el proyecto, y ahora somos nosotros los que, como ellos, hemos de creer en el periodismo de entonces para hacer el periodismo de ahora.
–De todo lo que pasa en el periodismo en el mundo, ¿qué es lo que más te irrita?
–El falso periodismo que ha proliferado. Antes los medios tradicionales teníamos la intermediación entre el público y lo que pasaban. Casi era un monopolio. Eso se ha roto y a veces es bueno porque han entrado muchas fuerzas nuevas, otra energía… Pero al mismo tiempo se ha colado el intrusismo. Gente que no aprecia el periodismo, la información, y que lo único que busca es el beneficio económico rápido, con medias verdades, con bulos, con las armas más grotescas del sensacionalismo. Y eso me irrita mucho porque nos dificulta el trabajo. Pero aparte de eso, nosotros estamos en una situación donde ya los lectores saben quiénes somos y acuden a nosotros de una forma natural.









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