Recelo mucho de una memoria solo para fanáticos

Lo primero que vio el escritor valenciano Paco Cerdá (Genovés, 1985) fue un video de YouTube, que es así: durante 18 minutos muestra a un puñado de hombres llevando sobre sus hombros, paso a paso desde Alicante hasta Madrid, el ataúd con el cuerpo de José Antonio Primo de Rivera, fusilado en 1936 a los 33 años luego de fundar, tres años antes, esa fuerza política fascista llamada Falange Española, a la que sólo adherían por entonces, y como mucho, 46 mil personas. A paso acompasado, el cajón sobre los hombros, 467 kilómetros en diez días, haciendo solo las pausas necesarias para una misa, un responso, un rosario. Y luego, paso tras paso, el cadáver avanza.

El autor quedó pasmado delante de las imágenes. Eso recordó ayer por la tarde en un hotel porteño durante la entrevista con Clarín, en la víspera de presentar hoy en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires Presentes (Alfaguara), que el año pasado le valió el Premio Nacional de Narrativa.

La novela, «una no ficción pura», dirá en un rato, es un rizoma de brazos, que es capaz de desplegarse por cada rincón de la vida idolatrada de Primo de Rivera y también por otras vidas olvidadas, silenciadas, arruinadas. Y al mismo tiempo, ese nudo de lazos se repliega y permanece encerrado en esos diez días de marcha lenta, marcial, dolorosa. Paso tras paso. 467 kilómetros. Para edificar un mito.

–Tus libros anteriores, El peón, Los últimos y 14 de abril bordeaban también este periodo histórico de la II República y el franquismo. ¿Qué elementos de aquellas obras pensás que germinaron o que se actualizaron cuando viste aquel documental?

–El primero es el margen. El peón era un libro de historias pequeñas a partir de una partida de ajedrez y lo que significa el compromiso político cuando alguien se sacrifica por una causa. 14 de abril contaba las vidas arrolladas mientras la II República española nacía. Los últimos era una mirada a los pobladores del mundo rural español olvidados. Y cuando vi ese vídeo, pensé en la tensión entre la Historia en mayúsculas y la minúscula de la historia y me pregunté, detrás de todo aquel andamiaje propagandístico casi operístico del desfile durante 467 kilómetros de un muerto, más útil muerto que vivo, qué vidas al margen rodeaban todo aquel traslado. Eso estaba en todos mis anteriores libros porque, justamente, creo que eso está en mi mirada, sea periodística o literaria. Y era muy loco plantear el reto de que, en esos mismos 11 días, se pudiese dar un fresco bastante completo de la posguerra española, pero ese era el reto que me impuse: buscar casos reales de represión, de resistencia, de lucha que subyacían a, posiblemente, el acto de propaganda política más extraordinario y extravagante de Europa occidental en el siglo XX. Eso son 10 días a pie con un cadáver al frente.

–También vos hiciste esa misma travesía de 467 kilómetros. Incluso, caminaste un tramo completo, que correspondía a cada relevo. ¿Qué te dejó en el cuerpo esa experiencia y por qué te parecía necesaria para el libro?

–La primera razón es de orden práctico. No da igual no mover el culo, aunque haya escritores que imaginen y es lícito hacerlo, yo me autoimpongo una ética bastante férrea: no voy a imaginar nada, no voy a recrear ningún detalle si no lo tengo documentado. Para mí era importante saber las horas en las que da el sol, los paisajes que aparecen al lado del camino, cada pueblo por los que atravesaba esa comitiva fúnebre. Entonces, era útil para permear de pequeños detalles, paisajes, la narración. Por otro lado, quería experimentar las implicaciones de ese caminar a paso lentísimo, el paso José Antonio. El caminar tiene unas implicaciones que, al final del libro, apunto, pero, sobre la pregunta, me quedó en el cuerpo la extraña sensación de cómo se puede caminar sin tener sensación de avanzar. Y qué reflejo político puede dejar en uno. Y eso en buena medida fue aquella procesión. Caminemos para no avanzar.

–Hacías referencia al último capítulo del libro, titulado “Fuentes”, en el que recorrés las referencias, el origen de los datos, o los documentos que consultaste. Y decís ahí que el libro es una “no-ficción pura”: ¿cómo te llevás con la idea del género para dar cuenta de una historia?

–Es difícil encasillar las literaturas y, en algunos casos, además, es inútil. Para mí, hay una frontera básica: no se inventa. Y cuando se imagina, entonces queda claro que se está haciendo una hipótesis. Entonces, cuando proyecto mis historias, lo hago desde una mente periodística que enfoca la realidad: esto puedo confirmarlo, puedo contrastarlo, puedo documentarlo y ahora voy a contarlo de la manera más artística posible. Porque nunca he creído que el periodismo y la literatura estén reñidos ni mucho menos, pero hay una confusión muy grande entre asociar literatura a ficción, no entiendo por qué. Más todavía en la Argentina con maestros como Rodolfo Walsh, Martín Caparrós o Leila Guerriero. Yo digo “no ficción” porque es un cajón de sastre enorme en el que cabe la reflexión, cabe la poesía, cabe un aforismo, caben las ideas, cabe la narración, cabe una crónica, cabe la transcripción de una carta de un hombre que está a punto de ser fusilado… Ahora, lo que no cabe es dar gato por liebre. Eso exige mucho trabajo extra, buscar el color del vestido de la actriz que aparecía, documentarlo para poder contarlo, buscar las cartas del campesino que le enviaba y qué tipo de pluma usaba José Antonio cuando escribió la última carta. Ese es el reto y esa es la gracia para mí: contar de manera artística y como una novela sin ficción.

Presentes sigue esa procesión imperial de un cadáver y reconstruye la vida de ese muchacho, José Antonio, que había fundado un partido muy minoritario casi por motivos familiares más que ideológicos, que tenía tiranteces con sus adversarios y que termina endiosado. ¿Por qué poner el foco en ese entramado?

–Has dicho tres cosas: el irrelevante, el mitificado y el instrumentalizado. La exaltación, la apropiación y la mitificación o la conversión en leyenda. Todo sirviendo a una mano. A la mano que lo mecía todo. Para mí, encontrarme al principio con esa fastuosa procesión sin conocer la trayectoria previa de Primo de Rivera fue como colocarme in media res en la historia. ¿Quién era ese cadáver? O sea, hoy día Primo de Rivera es un desconocido por completo. Yo nací en un pueblo de 3.000 habitantes y mi casa estaba en la avenida José Antonio. José Antonio era el chico guapo que estaba en el colegio de todos los españoles en su retrato junto a Franco y en medio el crucifijo. José Antonio igual a Franco, esa era la idea. Punto final. José Antonio es un enorme desconocido. Por eso, tuve que leerme mil y pico páginas de sus obras completas y te das cuenta de la distorsión enorme. Primo de Rivera es un hombre que está alejado de ese nacionalcatolicismo que impregna el régimen, es un intelectual, hablaba inglés, es abogado, admirador de los poetas, un espíritu romántico. Y esa frase: “Vale más una ilusión que una realidad”. Es seductor y peligroso, porque eso es lo que fueron los fascismos y de alguna forma este libro dialoga con el presente, por los populismos, por los autoritarismos, por el odio. Pero entonces había una voracidad de futuro y ahora no hay futuro. El presente está jodido y mucha gente se refugia en el pasado para jugar con él a las patrias, lo cual es bastante peligroso. Pero me desvío. En aquel momento, había esos planos que cohabitaban y, para mí, lo interesante de esa pata del libro era cómo una dictadura es capaz de convertir a un político casi irrelevante en un mito y cómo opera la palabra de literatos, de periodistas para hacer monstruosidades. Esa es una reflexión que todos aquellos que escribimos deberíamos tener presente. Y siempre Franco detrás, y siempre Franco aprovechándose, y siempre Franco manipulando, y siempre Franco, como ya pasó en El peón, mi libro anterior, detrás de la escena. Y por eso Franco no aparece en todo el libro hasta el momento final.

–Que José Antonio Primo de Rivera sea hoy en día un perfecto desconocido, ¿es un triunfo o es un fracaso de todo este operativo de propaganda que reconstruye el libro?

–Las personas mayores en España recuerdan la imagen que el colegio franquista transmitió de José Antonio, es decir, la distorsión. Las personas de menos de 50 años no tienen en general ni idea de quién fue José Antonio. ¿Es un éxito o un fracaso? Para mí la ignorancia siempre es un fracaso. Hay que saber, hay que saber de Hitler, de Mussolini, de Videla, de Franco, de José Antonio. Hay que saber de todos y de todo, a poder ser, de forma compleja. Lo que es un éxito, y lo digo con tono de voz baja, es que los nuevos populismos no lo reivindiquen porque sería peligroso, porque su figura es muy seductora.

–Decías hace un momento cómo opera la palabra y vos tomás el tono, el registro e incluso los términos de la época para narrar esa procesión. ¿Cómo construíste esa actualización de un discurso evidentemente añejo y, al mismo tiempo, tan perturbadoramente actual?

–Yo quería trasladar la sensación, me refiero a lo sensorial, de estar allí, no de conocerlo, no de entenderlo, no de que te lo expliquen, sino de vivirlo, de sentirlo. Y eso implicaba una “música” concreta. Creo que con las traducciones al extranjero eso se perderá, pero en el mundo hispanohablante se percibirá esa grandilocuencia merengosa, dulzona del lenguaje y la pompa de la retórica falangista. Eso me servía de tensor estilístico interesante en contraposición con la sequedad y crudeza con las que están escritos los capítulos que acompañan ese traslado, que son la cara B de aquella España, los represaliados, los fusilados, los encarcelados, los exiliados, los batallones de trabajo forzado, los campos de concentración, los mutilados… Digo tensor porque al estirar tanto la horquilla, veías una irrealidad acompañada del estilo. “Tenemos voluntad de estilo”, era una frase de la Falange. Estaban obsesionados con el estilo, con la forma. Estaban obsesionados de tal modo que me lleva a preguntarme si no había algo sexual, de camaradería, de virilidad, incluso de homosexualidad no resuelta en mucha de esta gente. Entonces, para mí la forma es importantísima a la hora de trabajar, quería plantearme el reto de contraponer esos dos estilos tan opuestos para que el lector saliese y entrase de la procesión de una forma mucho más evidente. Como evidente era la distancia entre esas dos realidades.

Presentes pone en diálogo la pompa de la procesión mortuoria con un puñado de vidas anónimas que componen un mapa. ¿Vos tenías a priori idea de qué clase de vidas querías contar o fueron apareciendo los casos de ese, llamémoslo así, repertorio?

–Un cortejo que avanza a pie debe tener elementos, tiene que poblarse de realidades variadas para que no sea monótono. Ese era un reto. El que no pareciese todo el rato lo mismo. Y el reto del coro de voces era encontrar las historias para completarlo. Esa es la grandísima dificultad de este libro: que coincidiesen las fechas. Son 11 días. Entonces, un día voy en el coche escuchando a Joaquín Sabina, que me encanta, y suena la canción “De purísima y oro” y hay un verso que dice: “Y, en un barquito, Miguel de Molina / Se embarca, caminito de ultramar”. Y pienso, «hostia, ¿qué haría Miguel de Molina del 20 al 30 de noviembre?”. Busco en la hemeroteca, me aparece un suelto pequeño que dice que reaparece Miguel de Molina en Madrid. Y la escritura tenía algo raro, decía “después de una ausencia”. Busco en Google y veo que le habían dado una paliza. Me compro la biografía de Miguel de Molina, la leo y encuentro el pasaje. Puedo contar toda la vida de Miguel de Molina y esos días en concreto. Ostras, tengo una historia, tengo un fragmento.

Mi abuelo no se puede permitir el olvido. Las personas que tienen todavía a sus familiares en las fosas comunes, las abuelas de Plaza de Mayo, no se lo pueden permitir.

–Hay un momento en el que el narrador pasa a la primera persona para contar la historia de tu abuelo y su padre, fusilado. ¿Por qué incluirte?

–Yo soy bastante pudoroso en general. No tengo redes sociales, no escribo normalmente sobre mí en ningún sitio y me gusta. Pero creo que lo incluí más por necesidad, por honestidad y, que no suene demasiado altisonante, por posteridad, para que quedase aunque fueran tres páginas. Y hacer esa ruptura espacio-temporal tan bestial de 1939 pasar al presente con ese diálogo en segunda persona con mi abuelo vivo, era un reto estilístico interesante. Era un mensaje incluso ético, que dice que esto sigue vivo. Si hasta ahora pensabas que era una historia pasada, estás muy equivocado. El pasado no pasa, la memoria continúa y nos recuerda a cada momento, aunque vayamos reinterpretando el pasado. Y fue realmente emocionante. Mi abuelo no sabía que yo estaba escribiendo este libro. Cuando recibí los primeros ejemplares, le llevé uno y le leí esas tres páginas. Yo había recogido todos esos detalles sobre su vida, sobre ese padre suyo que era electricista, que después fue concejal republicano, que después es detenido, encarcelado y fusilado, y cómo esa muerte genera un trauma de silencio y duelo para la vida de su hijo, que es mi abuelo. Para mí no era historia, para mí era lo que veía cada semana: el cuadro al óleo de su padre en el comedor y mi abuelo siempre delante, todas las semanas. Y cuando se lo leí, pues fue muy emocionante verlo llorar. Y fíjate después, cuando recibí el Premio Nacional, la emoción que supuso para él. Además, recuerdo como uno de los grandes elogios lo que me dijo cuando le leí esas tres páginas: “Y todo es verdad, y todo es verdad”. Él era un gran fanático de Carlos Gardel, le compré los discos hace unos años y venir aquí me ha hecho acordarme mucho de él y me han dado ganas de llorar porque pienso qué bonito sería que estuvieses aquí y que lo viera. Porque murió hace tres meses.

Presentes cuenta el daño del franquismo y también la crueldad de los republicanos, los crímenes de unos y de otros, la salvajada de unos y otros. ¿Qué lectura se hace del libro en un país tan antagónico ideológicamente como España?

–Ha sido tan sorprendente para mí no haber tenido ningún problema ni ninguna crítica. Era un tema inflamable. Y creo que el prisma humanista con el que se ha abordado ha sido uno de los factores que explican la buena acogida. Que no sea maniqueo, que no sea caricaturesca la recreación de aquellos días tan tan duros de España acerca a gente de distinta sensibilidad. Está clara la mirada del libro. Es una posición contra el fascismo y una condena a la represión, pero es ante todo una repulsa de los odios. Y eso sí que está presente hoy. O debería estarlo más, me refiero. Y sí, la Argentina y España tuvimos un golpe, tuvimos una dictadura, tuvimos una represión, tuvimos una desmemoria y estamos teniendo una contramemoria, una reescritura del pasado, una reapropiación indigna. Creo que ese lujo no nos lo podemos permitir. El olvido se lo pueden permitir algunos. Todos no. Mi abuelo no se puede permitir el olvido. Las personas que tienen todavía a sus familiares en las fosas comunes, las abuelas de Plaza de Mayo, no se lo pueden permitir. Recelo mucho de una memoria solo para fanáticos, una memoria OnlyFans, en la que nos recreemos los de nuestra capilla y nuestra comunidad. Ha de servir para algo más la memoria.

Paco Cerdá presentará Presentes esta tarde a las 17:30 en la sala Domingo Faustino Sarmiento, en un acto organizado por el CCEBA y la Embajada de España.

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