No suelen ser tan lógicos y previsibles los Superclásicos. La disparidad del que jugaron River y Boca este domingo en el Monumental, se sabía, estaba en el mediocampo, principalmente con la presencia del distinguido Leandro Paredes. Cómo iban a detenerlo los comandados por Eduardo Coudet era la cuestión a resolver. Y los de Núñez le entregaron demasiadas libertades al campeón del mundo, que con un par de pases de crack hizo la diferencia para el triunfo 1-0 (gol suyo de penal) de los dirigidos por Claudio Úbeda. Flojo y livianito lo de River, que se retiró protestando contra el árbitro Darío Herrera por un discutible penal a Lucas Martínez Quarta, mientras que desde el estadio bajaba el popular “Chiqui Tapia botón”.
Si a Paredes le preguntan por las mejores condiciones para jugar un partido, describiría las que le regaló River, especialmente en la primera etapa. ¿Qué quiere Paredes y todos los mediocampistas de buen pie del mundo? Libertad para encontrar el pase y una defensa abierta y descoordinada como la que presentó el elenco de Coudet para meter la daga. Papita para el loro, se le dice en el barrio o el potrero. Difícil entender cómo un equipo profesional como el de Núñez y un entrenador avezado como el Chacho hayan caído en esa sencilla trampa.
Dos veces había avisado con habilitaciones desde treinta metros para Miguel Merentiel. En la primera, Lucas Martínez Quarta cerró de milagro; en la segunda, la definición de la Bestia se fue al lado del palo. La tercera fue la vencida: Lautaro Rivero metió la mano, el VAR llamó y Leandro Paredes no falló con su derecha. El festejo del Topo Gigio sobre uno de los córners será la portada de muchos sitios del planeta. Para partidos grandes así fue que retornó el nacido en San Justo hace 31 años.
Tres pases de Paredes para las corridas de Merentiel, una media vuelta de Maximiliano Salas que se fue lejos y muchas fricciones: eso fue el primer tiempo. River arrancó mejor en los instantes iniciales, pero rápido cayó en la cuenta de la fragilidad de su mediocampo. Jamás los defensores o Aníbal Moreno encontraron el pase entre líneas y, por eso, el local se hizo un equipo pesado, de toques hacia atrás o pelotazos. Encima, Sebastián Driussi, la carta de gol, se volvió a lesionar a los 15 minutos.
Tal vez Boca pudo acelerar un poco más, aunque respetó su plan a la perfección: serenidad, dejar que el tiempo transcurra y confiar en el pie derecho y angelado de Paredes fue la estrategia. El volante central, que estará en el Mundial, manejó los tiempos casi sin tocar la pelota. No necesitó participar demasiado: con tres toques le sobró (los últimos dos, una delicia de tres dedos).
Era endeble el mediocampo de River con Tomás Galván (tiene serias dificultades para controlar la pelota), Kendry Páez y el juvenil Juan Cruz Meza. Aníbal Moreno quedó demasiado solo para saltar en las presiones y allí se produjeron las libertades que Boca esperó con paciencia y aprovechó.
Las culpas de los locales deben repartirse entre los volantes, que no presionaron a Paredes, y la descoordinación de la última línea. Al detener las secuencias en los pases del mediocampista, la defensa de River se parece a una escalera. No hay manera de engañar con la posición adelantada. Y eso que el juego le entregó un par de avisos previos.
Boca se metió atrás en el complemento. El duelo no se lo pedía. Pudo haberlo pagado caro, más allá de las pocas ideas de River. El mejor de los locales, por empuje, fue Marcos Acuña. Al Huevo lo ovacionaron cuando se animó a quedar cara a cara con Paredes, que tuvo un duelo aparte con los hinchas.
El ingresado Exequiel Zeballos tuvo un par de contras para liquidar y Santiago Beltrán le ganó el duelo. River, se insiste, empujó sin ideas. Estuvo firme Leandro Brey en las pocas en las que lo exigieron.
No podía faltar la polémica, claro. En la última, Lautaro Blanco empujó por la espalda a Lucas Martínez Quarta, que cayó en el área. Todo River pidió la revisión de VAR (allí estaba Héctor Paletta) porque Herrera había aplicado el siga, siga. La jugada admite la discusión. Parece un empujón leve, aunque es verdad que esos, en la mitad de la cancha, se cobran todos.
No hubo sorpresas entonces en el Superclásico: Leandro Paredes, que pidió el cambio cuando tenía amarilla y una sobrecarga muscular, marcó la diferencia, como era de esperar. Y un inteligente y paciente Boca, que lleva 10 sin perder en el torneo local, superó con autoridad a un flojo y liviano River, que perdió por primera vez desde el arribo de Coudet.







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