“La frase bella y útil es un medio de gobierno, porque es un medio de acción y de influencia”. Nicolás Avellaneda
Estrecho fue el espacio que la historia le dejó… Por un lado, frente a la llamada “historiografía oficial”, Nicolás Avellaneda (1837-1885) debió hacerse un espacio entre el “gigante” que lo antecedió en la presidencia -Domingo F. Sarmiento- y el que lo habría de suceder: Julio A. Roca. Menuda tarea le tocaría a quien, para hacerse dicho lugar, no lo ayudaron ni su escasa altura, ni su carácter melancólico producto de los fantasmas de su padre decapitado por el rosismo que lo perseguirán toda su vida, ni un físico que iría debilitándose progresivamente producto de una grave enfermedad. Y mucho menos, una muerte prematura a los 49 años, a tan solo cinco años de la finalización de su mandato. Por el otro, de cara a la llamada “historiografía revisionista”, Avellaneda quedó sumido –salvo por su posición más propensa al proteccionismo económico– dentro del conjunto de las figuras que se sucedieron en la construcción de una democracia liberal restringida.
No hay dudas: el caso de Avellaneda confirma que, a veces, la historia ha sido injusta con algunos de sus grandes protagonistas.
Por suerte, a las generaciones sucesivas preocupadas por aquello que el pasado aún no dijo, nos queda la posibilidad de formularles preguntas a los bienes patrimoniales que celosamente custodiamos en los archivos y en los museos. Tal, el caso del Museo Histórico Sarmiento que, custodio del patrimonio del sanjuanino, también lo es, a instancias de sus herederos, del del tucumano y que, por estos días, presenta una nueva versión de su “Sala Avellaneda”, inaugurada pocos meses después de la apertura misma del Museo, en 1938. En efecto, con la intención de que algunos de los aspectos destacados y menos conocidos de Avellaneda contribuyan a que su figura no se “achique” bajo la “sombra terribe” de Sarmiento, el Museo ha encarado una reconfiguración de su sala con nuevas preguntas que emergen de abordajes historiográficos y perspectivas más modernas e innovadoras. Se trata de “Nicolás Avellaneda. El político, el pensador, el orador”.
Avellaneda presidente
En primer lugar, resulta insoslayable abordar al Avellaneda presidente de la República, ese cuyo retrato que con los atributos presidenciales, recibe al público en el salón principal del Museo en paridad de condiciones con el de Sarmiento, retratado por su nieta Eugenia Belin. No es para menos: el entonces edificio de la Municipalidad del pueblo de Belgrano –hoy sede del Museo a instancias de otro nieto del autor de Facundo, Augusto Belin–, fue el lugar elegido por Avellaneda para fijar la sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo en ocasión del alzamiento de la provincia de Buenos Aires contra el gobierno federal cuando faltaban pocos meses para la finalización de su período presidencial en 1880. Justamente, la fuerte determinación del entonces presidente no solo de derrotar a las fuerzas rebeldes sino poner fin a la llamada “cuestión capital” es, tal vez, el hecho político más trascendente –y seguramente el más difundido– protagonizado por Avellaneda. Por la significación de estos hechos en este solar, no solo el edificio sería declarado Monumento Histórico Nacional sino que la familia de Avellaneda lo eligiría para que, junto con los bienes de su antecesor, formaran parte del acervo patrimonial de nuestro Museo.
Sarmiento y Avellaneda
Pero es cierto que resulta imposible acercarse a Avellaneda y no cruzarse con Sarmiento. Y no solo en los pasillos y salas del Museo… Casi dando origen a aquello que tan magistralmente Botana radiografió en El orden conservador –a partir de la llave del “control de la sucesión”–, no hay dudas acerca del lugar decisivo que el sanjuanino ocupó en la promoción de quien lo sucedería. La diferencia de edad entre uno y otro -25 años-, pero también la fuerza y proyección pública adquirida por Sarmiento, hizo que existiera entre ambos una relación de maestro-discípulo. Y convengamos que el Ministerio de Culto, Justicia e Instrucción Pública que Sarmiento le legó, terminó siendo –por ser la joya más preciada de la cosmovisión sarmientina– la mejor incubadora para la propia proyección de quien lo sucedería. Así como a la hora de entregar el poder Sarmiento afirmaría que su sucesor sería “…el primer presidente que no sabe manejar una pistola”, su entrañable amigo Wilde sentenciaría que “…en un ministerio pobre, sin importancia administrativa, sin presupuesto y sin influencia política, se hizo Presidente” (Eduardo Wilde. “Nicolás Avellaneda”).
Pero, así como metafóricamente los hijos terminan “matando” al padre; los discípulos siempre buscan la forma de diferenciarse de sus maestros. La política –sí, siempre la política– llevaría a Avellaneda a optar por Roca frente a la posibilidad de la reelección de Sarmiento de cara a la continuidad presidencial de 1880. La política de conciliación llevada adelante por Avellaneda los distanciaría, y Sarmiento le enrostraría que “…acaso por haber andado tanto tiempo en trabajos de conciliación y de acercar extremos, ha perdido usted la conciencia de los contrastes”. A lo que el tucumano le respondería: “Usted inspira la contradicción. Nada menos. Nada más. Cuando uno se encuentra con un hombre que se da la razón tan francamente y de un modo tan completo, al pobre oyente solo se le ocurre disentir para salvar la dignidad comprometida” (citados por Carlos Páez de la Torre en “Algunas notas de la relación entre Sarmiento y Avellaneda”, 2018).
Pero justo es decir que Avellaneda no dejó nunca de retribuirle, con honores y con acciones, el camino que Sarmiento le allanó. Algunos de los objetos que se exhiben en la nueva “Sala Avellaneda” del Museo Sarmiento, también buscan dar cuenta de esa relación: luego de dejar la presidencia y a instancias de Avellaneda, Sarmiento ocuparía la presidencia de dos comisiones que llevarían adelante dos operaciones históricas diferentes, aunque ambas de alto contenido simbólico. Por un lado, la de la creación del Parque que, no gratuitamente, se haría sobre los terrenos que pertenecieron a Rosas y que llevaría por nombre la fecha de la batalla que puso fin a la “Tiranía”: el Parque 3 de febrero. Por el otro, la que bajo la inspiración originaria de Mitre, terminaría repatriando los restos del general José de San Martín para su descanso definitivo en el mausoleo de la Catedral de Buenos Aires.
Avellaneda concluiría su mandato, pues, no solo asumiendo con determinación el control de su propia sucesión y tomando distancia de Sarmiento sino también habiéndolo investido de un protagonismo decisivo en dos hechos de su presidencia que por su fuerte carga simbólica buscaron consolidar una narrativa que, sea mediante la condena o la gloria, resultaba indispensable para la “paz y la administración” que se impondrían. “La obra de la glorificación es completa”, fue la frase inicial de su discurso, aquel 28 de mayo de 1880, delante de los restos de San Martín. Pero también, delante de sus antecesores, entre los que tal vez se haya sentido, como nunca antes, como un “primus inter pares”.
Pero hay más, entre los tantos textos pocos difundidos de las postrimerías de la vida de Avellaneda dejaría en claro la devoción de Avellaneda por su “maestro” y fue puesta de manifiesto en una de las expresiones más caras a ambos: la escritura. En ocasión de la aparición de Conflictos y armonías de las razas de América, Avellaneda sostuvo:
“El nuevo libro de Sarmiento, removerá profundamente la atención pública. No son sus memorias políticas, pero es el resumen de su vida como pensador y como artista. Repito la palabra: como artista. Lo que en el Facundo es un cuadro, fuese modificado a través del tiempo en una teoría, pero en una teoría pensada y sentida al mismo tiempo. Entre el Facundo y el nuevo libro han corrido cuarenta años. ¡Cuántos cambios en el autor, de cuántas vestiduras carnales se ha desprendido, y por cuántas transformaciones ha pasado!”. Pero, leed las páginas del nuevo libro, y notaréis este rasgo persistente: el pintor. Sarmiento lo fue siempre: en la juventud, describiendo la pampa infinita y sus monótonos accidentes, viajando en la edad madura, y lo es hoy mismo en la vejez. […] El autor no ha cambiado, es el mismo; pero se ha dado vuelta. Joven era un pintor que pensaba; anciano, es un pensador que pinta. ¡Cuánta facilidad tiene su pluma para convertirse en pincel, pero ya grave, correcto y puro!” (“Sarmiento escritor”, 2 de noviembre de 1882).
Avellaneda, la palabra leída, escrita y pronunciada
Finalmente, si la historia hizo silencios sobre el Avellaneda político y sobre el Avellaneda “discípulo”, tal vez haya sido más ingrata con el Avellaneda de la palabra. Como su antecesor, pero, también, como la gran mayoría de los hombres que dieron forma al país, la palabra ocupó un lugar capital en la corta vida de Avellaneda. Allí está en la nueva sala, la bella biblioteca de ébano con incrustaciones de nácar pero, también los libros que contuvo, que fueron los libros que moldearon y que inspiraron a su entusiasta lector: los de derecho romano, los de economía pero, también, aquellos de las letras clásicas y, sobre todo, los que lo esculpieron como un diestro orador: los de Demóstenes o los de Cicerón, cuyos bustos de su propiedad vuelven a ser expuestos en este nuevo espacio.
Porque tal como afirmó el historiador Ricardo Levene en ocasión de la inauguración de la primera versión de esta sala, el 26 de noviembre de 1938: “Avellaneda encarna el orador magnífico, que labra la frase y enciende el corazón, pero es siempre el hombre de Estado que ha hecho del discurso por su fondo y forma, un instrumento activo y fervoroso del gobierno. La belleza de su palabra es íntima, resplandor proyectado por la idea que ahonda, pone en claro e infunde vida” (“Avellaneda y el ciclo histórico de las primeras presidencias después de Caseros», 26 de noviembre de 1938). En efecto, esa oratoria magnífica fue la que derramó en cada uno de sus discursos (como el de la llegada del ferrocarril a su tierra natal o el de asunción del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires); en cada oda fúnebre (como en la de Vélez Sársfield o en la de Dominguito), en fin, en cada texto que al igual que los de su “maestro”, terminaría dando origen a un corpus de doce tomos compilados en 1910 por quien primero buscó saldar aquella injusticia de la historia: su biógrafo y editor Juan Apolinario Garro.
Pasar la vista por los libros de aquella biblioteca de ébano pero, también, hacerlo por todas y cada una de las páginas de sus Escritos y discursos, es una invitación para descubrir y redescubrir a Avellaneda. Al Avellaneda político, claro, pero también al pensador y al orador.
Esperamos que esta nueva sala del Museo Histórico Sarmiento contribuya a ello y, también, a reponer algo de aquel espacio que la historia pareció quitarle. Esperamos que aún on los límites que imponen las paredes de una sala, hayamos podido formularle buenas y nuevas preguntas a los objetos de siempre. Y que estos nos hayan devuelto nuevas y ricas respuestas. Si es así, como Museo, habremos cumplido con una de nuestras principales misiones.
Diego Barros es sociólogo (UBA) especializado en temas culturales. Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM). Director del Museo Histórico Sarmiento.
- Acto de inauguración
- 5 de mayo a las 18.30
- Museo Histórico Nacional, Cuba 2079








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