En los colegios siempre ha habido dos tipos de profesores: el bueno y el malo.
El bueno: el que gustaba a todo el mundo. El que lo explicaba todo poco a poco. El que ayudaba siempre. El que caía simpático. El que, en el fondo, todos sabíamos que aprobaba casi sin mirar.
Y luego estaba el otro. El exigente. El que te hacía esforzarte más de la cuenta y no te pasaba ni una. El que caía antipático.
Todos sabemos quién es quién. En todas las generaciones. Y también sabemos a quién preferíamos.
Pero esa preferencia no nos lleva a ningún lado.
Un estudio reciente, Easy A’s, less pay: The Long-Term Effects of Grade Inflation, publicado por profesores de las universidades de Texas, Maryland y Georgia ha seguido a cientos de miles de estudiantes en Estados Unidos y ha cruzado un dato muy concreto: cómo de “generosos” eran sus profesores al poner notas… con lo que esos alumnos acaban cobrando años después, durante su carrera profesional.
Resulta que los profesores que inflan las notas de sus alumnos generan peores resultados a largo plazo: menor aprendizaje, peores resultados académicos posteriores y menores ingresos en el mercado laboral. De hecho, incluso en los primeros años de vida laboral ya se observa el impacto: la inflación media de notas reduce los ingresos anuales entre 56 y 145 dólares por alumno en los primeros seis años tras acabar el instituto.
En castellano cervantino: ayudar demasiado puede ser perjudicial.
Con el profe bueno eliminas la exigencia y también eliminas el incentivo a esforzarse. Y, en esencia, el aprendizaje.
En cambio, el profe “malo” obliga a desarrollar habilidades que son fundamentales: disciplina, criterio, autonomía. Y todos estamos de acuerdo en que son importantes. Se lo decimos a nuestros hijos. Nuestros padres nos lo dijeron a nosotros.
Pero cuando la exigencia se materializa (por ejemplo, cuando llega en forma de malas notas) nuestra reacción muchas veces es cuestionable. Protegemos, criticamos al profesor e incluso buscamos suavizar. Sin darnos cuenta, preferimos al profesor “bueno” aunque sepamos que no es el mejor.
Por eso, quizás una de las decisiones más importantes como padre no sea evitarle a tu hijo los profesores exigentes, sino justo lo contrario: apoyarlos aunque corrijan con lapicera roja.
Ese profesor que hoy aprieta no solo está enseñando una asignatura, está entrenando a tu hijo para algo bastante más importante. Y, como muestra el estudio, eso (literalmente) se acaba pagando.






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